jueves, mayo 24, 2007

Porteño de ley

Durante más de una semana el canal Todo Noticias (TN) publicitó como el hecho político más trascendente de la década el llamado "Debate Capital" entre los tres candidatos básicos en las próximas elecciones a Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que se llevó a cabo anoche en su programa A dos voces.
Como una abeja reina, rodeados de asesores, colegas y fotógrafos llegó cada uno, y se ubicó en el sitio que "democráticamente" le tocó por sorteo. Todo muy serio, en un ambiente muy rojo, blanco y azul (los colores de TN, no hay que ser mal pensado), nadie olvidó la corbata ni la escarapela. Cada uno con su carpeta a tono con el traje.
En el centro quedó el actual Jefe de Gobierno, Jorge Telerman, a su derecha el Presidente de Boca, Mauricio Macri, y a la izquierda el Ministro de Educación, Daniel Filmus.
Todo perfectamente organizado, cada tema, espacios, tiempos, incluyendo los nueve minutos "libres" en los cuales la superposición de voces entre los tres hacía que fuese prácticamente imposible entender, y aquel con voz más potente y contundente "ganó" el bloque.
Telerman, con su experiencia mediática y su capacidad para el sarcasmo, Filmus, varios cuerpos detrás tratando de mostrarse serio, responsable y culto, y Macri, que se olvidó de que era un debate y sólo hizo publicidad, usando a los demás candidatos como fondo, tal como hiciera alguna vez con una montaña de basura y una niña ostentosamente pobre.
Todos comprenden los problemas de la ciudad, todos van a hacer algo, el otro nunca hizo nada y obedece a oscuros intereses, que no son los del pueblo. Cada uno enarbolando el pasado del otro y tratando de ocultar el propio. Una típica campaña. Telerman y Filmus sacándose chispas por su relación con K, pero uniéndose para atacar al de otro género, Macri, quien como una estúpida marioneta recitó de memoria su spot.
Según leí y escuché en algunos medios, el debate "aclaró posiciones". Yo debo ser bastante tonta, ya que no me aclaró nada que no estuviese claro desde siempre. También escuché en alguna radio que fue un "ejemplo de responsabilidad cívica y política" (¿?). Yo vi un debate en el cual cada uno intentó demostrar que conoce la ciudad mejor que los otros y tiene la única y verdadera solución, mientras trataba de hundir al rival sin demasiado entusiasmo, y en el que ninguno pareció obligado a responder o explicar las acusaciones más allá de devolver la estocada, en un tono, aún dentro de ese marco de acusaciones, amistoso.
Hace algunos años me llamó la atención un nuevo estilo en la mediatización política. El formalismo y acartonamiento desaparecieron con el tuteo (voseo, estamos en Argentina), y el llamarse por sus nombres. CQC y Jorge Lanata, que entrevistaba a "Néstor" (Kirchner) y lo tuteaba, cuando era candidato a presidente, o a "Lilita" (Carrió) o a "Luis" (Zamora), fueron pioneros en ese estilo, y si bien no es algo trascendente sino una simple y aparente cuestión generacional, ese relajamiento en el trato provocó un cambio en el sentido de la relación.
Anoche los candidatos se trenzaron en discusiones en las cuales eran Jorge, Daniel y Mauricio, tres "amigos" debatiendo en un ambiente hiperformal, en un tono informal. Aún Macri, aleccionado para no responder acusaciones y sólo mostrar sus pro-puestas, no pudo evitar caer en esa interna. Y quizás ése fue el mayor triunfo del debate, que por momentos parecían estar debatiendo, pero sólo por el tono, no por lo dicho. Cada uno actuó su personaje con soltura (incluso Filmus, aunque tardó en distenderse) haciéndome sentir espectadora de algo privado y ficticio, como una novela. Y cada uno quedó convencido de haber ganado.
No sé si será cierto que mucha gente decidió su voto por este debate, por suerte yo no soy porteña, pero si lo fuera, lo que me quedaría claro es que sólo puedo quedarme observando cómo se inunda la ciudad cuando empieza a llover.

viernes, mayo 18, 2007

About films

En materia de cinematografía hay dos cosas que en general me resultan difíciles de soportar: el cine argentino y el cortometraje. Con sus honorables excepciones, claro, porque hay interesantes films argentinos y excelentes cortos. Pero, como se sabe, hay también mucho cortometraje argentino, cruce fatídico en el cual se potencia lo peor de ese estilo regional y lo peor de ese formato fílmico. Por si fuera poco, hay la sección nocturna de una señal de cable que tiende a esa encrucijada exasperante bajo el llano y explícito título de Cortos I-Sat.
El cine argentino arrastra desde siempre un problema grave: todo lo que en él se dice, se dice mal. No hay palabra que no suene fuera de lugar, extemporánea, salida de caja, impertinente, gratuita y ajena. Alrededor de ese obstáculo, sus films suelen oscilar de extremo a extremo: ponen en boca de sus personajes altas reflexiones de corte abstracto- filosófico o recurren a una caricatura de lenguaje arrabalero plagado de puteadas y poco más. Con sus honorables excepciones, ya he dicho.
Las escuelas de cine, que a juzgar por sus productos de fin de curso resultan bastante malas, parecen estar intentando un camino distinto. Es aún peor. Seguramente alentada por esa definición aberrante según la cual hacer cine sería contar una historia en imágenes, la tendencia consiste en expulsar toda palabra del lenguaje fílmico. Expulsar, que no es lo mismo que eludir o que evitar, implica arrancar la palabra de donde siempre estuvo, de donde es inconcebible que no esté.
Así, el cine argentino -pero muy en especial el corto argentino- nos instala en un mundo imposible. No es el mundo del sordo porque el sordo habla y ve mover los labios de quien habla; tampoco el del sordomudo porque el sordomudo satura la vista con su habla gestual. Es más bien un mundo expoliado del lenguaje verbal aunque pleno del resto de sonidos. Sólo en el seno de este inhumano país de fantasía puede comprenderse que una pareja o dos amigos se reúnan en un bar al sólo efecto de agitar sus cucharitas dentro de sus pocillos de café. Lo peor es que nos invitan a compartir ese tilín- tilín- tilín que parece ser todo lo que el film tiene para decir.
Sin embargo, si uno mira de vez en cuando Cortos I-Sat termina descubriendo, cada tanto, una perla. Normalmente se trata de realizaciones simples y baratas que ponen en movimiento lo que al resto le falta: algún recurso y algún talento para narrar, para decir, para dar a ver y a oir. Es el caso del atractivo e inteligente About freedom de Guillermo Gravino, exhibido en la madrugada de ayer. Y si bien en cine suele ser problemática tal atribución individual al director, en este caso es de una indiscutible justicia porque Gravino resolvió por sí mismo todos los rubros que precisó resolver.
Un turista de origen inglés visita un balneario bonaerense, Quequén, y a media mañana se dirige hacia la playa con una cámara de mano. El turista (Gravino) no para un minuto de hablar. Horror para los catedráticos del "contar visual": un único protagonista al que no le vemos más que, un par de veces, los pies; una voz que es pura palabra desde el principio al fin. Siempre en off, dice el mismo tipo de tontería que cualquiera diría para sí si estuviera solo a orillas del mar, en una playa poco concurrida en la cual nadie comparte su idioma. Protesta por la presencia de perros, observa a los distintos bañistas, fija su atención en una joven, lamenta que la joven tenga un perro, etc. Luego les pone nombres a sus vecinos de arena y les inventa historias verosímiles: inventa una molestia de Irma por algún viejo asunto de familia -incluso simula la voz de una Irma que masculla contra su hermana mientras sumerge las pantorrillas en el agua-, bautiza como Jorge a un presunto bancario que disfruta del mar con su novia y denomina Ricardo a un humilde surfer que sortea olitas enfundado en neoprene.
El tipo de registro exclusivamente documental, los bordes ennegrecidos que enmarcan los planos, el sonido de fondo de una aparente cámara ruidosa -el trabajo está realizado en MiniDV-, el frecuente y desprolijo uso del zoom siempre en función narrativa y la constante voz off que comenta e interpreta todo lo que vemos producen un efecto de inmersión en ese punto de esa playa: olvidamos que estamos frente a un artefacto montado. ¿Acaso no es ése uno de los objetivos de cualquier ficción bien narrada? ¿Y no es también ese olvido -"that willing suspension of disbelief" según dijera Samuel Coleridge- un fragmento de nuestra pequeña libertad?
La chica del perro de la cual el inglés invisible se ha enamorado pero no se ha atrevido a acercársele, finalmente decide abandonar la playa. Siempre bajo el ojo atento de la cámara, camina lentamente por la arena hacia un chalet blanco de dos plantas y techos azules que miran al mar. El narrador resuelve inventarse para él mismo una historia feliz: la hace su joven esposa, la hace adelantársele a preparar un almuerzo en pareja y a refrescar la habitación en la que dormirán la siesta. Pero la chica se sale del guión recién pergeñado y antes de alcanzar la casa, recoge una bicicleta y se dispone a partir. El narrador decide entonces defender su happy end, la película vuelve unos cuantos segundos atrás, la voz off repite el relato del chalet compartido, el almuerzo y la siesta… Corta a negro y el film culmina antes de que la bella esposa pueda montar el rodado y estropear su final.
"Lástima que esto no pueda hacerse en la vida real -dice el narrador sobre el cierre-, ¿o sí?". En parte no, en parte sí, así de complejas son estas cuestiones acerca de la libertad que About freedom aborda con sencillez, belleza, talento y eficacia. Pero lo que con certeza queda demostrado es que en la vida real y con más criterio que dinero puede hacerse un corto muy atractivo, lleno de palabra, fresco y soleado, sin amenaza de calladas lluvias.

sábado, mayo 12, 2007

Pequeños sueños

Cuando era aún tan chica como para creer que todo lo importante del mundo pasaba allá arriba, encima de mi cabeza, vi en una revista una antigua Casa de muñecas. Quedé fascinada, aunque ya entonces comprendía que el mundo también pasaba por una dimensión a la que no alcanzaría ni subiéndome a una silla.
Pero ese mundo no me impediría tener mi Casa de muñecas. Cajas, papeles, tijeras, goma, era todo lo que necesitaba.
Inconciente de la trascendencia futura del término escuchaba a mi mamá decirle a mis hermanos "eso no lo tires, dáselo a la cartonera", y así comenzó mi breve vida de arquitecta.
La ventaja de construir mi propia Casa de muñecas era que podía mudarme cuantas veces quisiera, o redecorarla más asiduamente que Liz Taylor la suya. Me sentía toda una adulta decidiendo si pondría cortinas en el dormitorio, o aquella mesa redonda que alguna vez fue un frasquito de Vick Vaporub quedaba mejor en la cocina.
Claro que una casa sin quien la habite no son más que paredes, y mis pocas muñecas eran demasiado grandes para poder dormir en una cama hecha de cajas de fósforos. Nuevamente fue mi madre la que me ofreció la solución, en forma de algunos sobrecitos de Plastilina. Empezó así mi breve vida de escultora.
Tiempo después el mundo comenzó a trascurrir al nivel de mis ojos, y olvidé mis Casas y mis muñecas.
Caminaba por el centro, distraída como siempre, con la mente proyectada en lo que haría unas horas más tarde, cuando un cartel en la vidriera de una juguetería me llamó. "Casa de muñecas de Barbie- original- $600". Creí que era un error ¿seiscientos pesos? ¿más que la mitad del sueldo que los docentes lograron con amenazas de paro? ¿más que el sueldo de miles?. Siempre supe que los productos de Barbie, esa muñeca sin gracia que tanto recuerda a la rubia tarada a la que Luca Prodan le cantaba, eran caros, pero me pareció exagerado. Tenía que verla, así que entré.
Una amabilísima vendedora me la mostró. Un engendro plástico de unos cincuenta centímetros, estilo palacio de Disney pero rosa, muy rosa, en cuyo balcón hacía precario equilibrio una de las tantas Barbies Algo, vestida de princesa, enorme para ese pequeño lugar.
"La muñeca está de muestra" se apresuró a aclararme la vendedora. Era extraño que "la casa de Barbie" no permitiera que Barbie entrase en ella. "Es la original, de dos pisos" continuaba, intentando ver mi Visa o Mastercard.
Por dentro una mezcla de estilos con un mal gusto impecable mezclaban en molduras del mismo plástico microondas, jacuzzi, mesas, sillones, etc. Todo moldeado en el cuerpo de la casa, e inamovible, excepto un par de pequeños muebles centrales. Todo tan rosa que asqueaba.
Ni su mejor voluntad pudo impedir que vea la desilusión de la vendedora cuando me fui.
Volví a sentir que el mundo pasa por una dimensión a la que no llegaré ni subiéndome a una silla, una dimensión a la cual tampoco quiero llegar, pero alcanzo a ver. Y me quedé allí, en aquella en la cual no existían las muñecas "originales" o "truchas", en la que una Casa de muñecas era crear un universo, jugar a ser grande, apostar a la fantasía. Me pregunté a qué jugarán, a qué apostarán, aquellas niñas a las que les compren la original Casa de Barbie.
Mientras me alejaba me di cuenta que faltaba un objeto en esa casa. No había visto ningún paraguas.

jueves, abril 26, 2007

Peligro de gol

La cosa es así. El jugador recibe un pase corto sobre el lateral, parado en la posición de wing derecho, en su propio campo, cuando su equipo acaba de recuperar el dominio del juego. Recibe la pelota y dos adversarios le van encima. Acá juega el talento, la inteligencia y la técnica para sacar a ambos del medio con un par de fintas y en apenas cuatro baldosas. El jugador cruza la mitad de cancha, levanta la cabeza y el panorama no es claro. Tiene campo libre pero ninguna alternativa de juego, acelera y se sabe que la aceleración nunca es la mejor amiga de la claridad. Engancha frente a otro y vuelve a acelerar. Nuevo enganche ante otro (no puede pensar, el tiempo urge) y ya está dentro del área penal adversaria. Frente al arquero la tira larga hacia su derecha y en un último esfuerzo la empuja hacia el arco y supera con un toque el cruce inútil del zaguero que cierra por detrás. Gol. ¡¡¡Gol!!! Seis adversarios en el camino, más de medio equipo contrario contando al último defensor desesperado.
Diego Maradona lo hizo, minutos después de un puñetazo ilegítimo que ha pasado a la historia como "la mano de dios". Y Lionel (¿se dirá Leonel, Láionel o cómo?) Messi lo hizo. Lo hizo cual un calco exacto de aquel partido mítico del 86, cuando él no había nacido a la fama ni a la vida, sin planearlo y sin manotazo previo.
A mí no me emocionan esos goles hechos por evidentes dotados, exigidos por el vértigo y la dinámica del juego, en su indiscutible capacidad individual.
En el último Mundial el mejor gol, a mi juicio, fue el segundo de Italia contra Alemania en semifinales. Tras el cero a uno (otro golazo de Andrea Pirlo + Fabio Grosso) sobre el filo del tiempo de juego, Alemania se desbandó en ataque.
Fabio Cannavaro, el mejor jugador del torneo, rechaza una pelota en el borde de su área pero como le queda corta, pica a disputarla y la gana. La cede a Francesco Totti, el intrascendente armador, que la pone deliciosamente para el ataque del suplente Alberto Gilardino quien arrastra pelota y marcas hacia la derecha. Entonces, habilita libre y franco a Alessandro Del Piero, a su izquierda, que define de un modo exquisito, lejos del arquero teutón. ¡Ciao, ragazzi!
Cannavaro, Totti, Gilardino, Del Piero: un equipo, cuatro tipos en función colectiva; al menos cuatro veces más que el heroísmo, la magia o la mano de un dios sobre algún reciente Moisés que baja de la montaña.
El mejor gol de la historia de los Mundiales fue el cuarto de Brasil a Italia en la final de 1970. No sé cuántos toques de aquí para allá hasta que Pelé junta a un par largo de italianos cerca de la medialuna y le dice a Carlos Alberto: "estoy aburrido, tomá y metela, no da para más".
Superioridad de equipo, parada futbolística, dominio de la pelota y del trámite. Y capacidad para definir allá, en el gol, lo que ya se supo acá, en el juego. Los que alguna vez jugamos fóbal sabemos qué es la superioridad en una partida. Nada que ver con dioses, magos ni milagros.
Nada que ver con supuestos talentos individuales que tras indescifrables contratos millonarios sufren como pocos, como nadie, una parte de esta inclemente lluvia.

jueves, abril 19, 2007

La etiqueta que etiqueta

Por razones que no vienen al caso y siguiendo algún enlace, he ido a parar a una entrada de un weblog del sitio Periodista digital. Del sitio no puedo decir mucho porque el diseño de sus páginas de inicio, con una exagerada cantidad de enlaces y elementos, se ha encargado de que nunca terminen de bajar. Mientras, el proceso ocupa el cien por ciento del uso de mi CPU y mi navegador se cuelga y me mira como pidiéndome que alivie su dolor con un piadoso CTRL+ALT+SUPR. Por esa razón no enlacé la home de referencia: en solidaridad con otras conexiones, CPU y navegadores.
La cuestión es que al cabo de aquel artículo, alcancé a leer el cartelón que precede el formulario para la publicación de comentarios. Nadie quiere comentarios basura, spam, trollers ni otras cosas molestas que medran por doquier tales como los auténticos imbéciles que de vez en cuando uno se cruza, dentro o fuera de la red. Normalmente se apela a cierta confianza en que no será tanto ni tan grave y, de hecho, rara vez lo es. Si los editores de un sitio desean prevenir una parte de los eventuales conflictos, pueden incluir una nota breve y cortés: "Por favor, sea pertinente y respetuoso o deberemos borrar su comentario. Gracias". De todos modos hará poca mella en un impertinente o irrespetuoso.
"Por favor" y "gracias" suelen ser términos bastante extendidos para dirigirse a lectores, clientes, usuarios o simples semejantes e incluso los utiliza gente vulgar que no ha tenido la suerte de conocer ciertas normas de etiqueta y carece de determinado roce social.
O sí, tuvo esa suerte, pero se caga redondamente en las prescripciones de salón y, sin embargo, dice habitualmente "por favor" y "gracias".
En cambio, Periodista digital opta por educar al soberano y pone por delante lo que algún grosero podría mandarle poner por detrás. Dice así:

Normas de etiqueta en los comentarios
Desde PERIODISTA DIGITAL les animamos a cumplir las siguientes normas de comportamiento en sus comentarios:
- Evite los insultos, palabras soeces, alusiones sexuales, vulgaridades o groseras simplificaciones
Los insultos son relativos: con frecuencia "imbécil" (alelado, escaso de razón) es mucho más descriptivo que insultante. Otro tanto ocurre con las palabras soeces entre las que algunos clasifican "mierda" o "culo" que son los nombres castellanos de la mierda y del culo. Las vulgaridades son propias del vulgo (común de la gente popular) y no se pretenderá, supongo, restringir los comentarios a una elite educada en palacio o con blasones de familia. Las alusiones sexuales suelen ser necesarias cuando se tocan (con perdón del verbo) cuestiones sexuales, como un artículo que he visto por allí mismo acerca del tiempo medio del coito en España.
Por último, se nos anima a evitar la simplificación grosera. No se sabe si lo grosero vuelve a referir a la falta de cortesía y decoro ("sos un simple pelotudo", "simplemente es una mierda") o bien al carácter grueso de la simplificación ("naturaleza y cultura", "burgueses y proletarios").

- No sea gratuitamente ofensivo y menos aún injurioso.
Se sabe que la ofensa y la injuria dependen de sus instancias de lectura. En derecho se trataría de delitos de acción privada y por lo tanto no cabe un tercero o árbitro que dictamine, en general, qué resulta injuriante. Hay quienes se ofenden a muerte si se los interpela mediante la ironía y hay otros que viven injuriados por los usos y costumbres ajenas, los estilos contemporáneos o la simple opinión divergente.
Aún más difícil resulta establecer el criterio de gratuidad. Tratar de hijo de puta a un cabal hijo de puta no sería gratuito: el tipo se ha ganado el mote a fuerza de una firme y sostenida hijaputez. En fin, no se sabe qué hacer al respecto.

-Los comentarios deben ser pertinentes. Respete el tema planteado en el artículo o aquellos otros que surjan de forma natural en el curso del debate.
Nunca he visto surgir temas de forma natural, como sí he visto muchas veces brotar plantas, crecer hongos o caer la lluvia. Ahora bien, si los comentarios deben respetar el tema planteado en el artículo, ¿no serían impertinentes aquéllos que retomen otros surgidos en el debate? ¿Y cómo surgirían estos otros temas si todos respetaran el original?
Esto sin contar que la más sencilla y acotada entrada suele habilitar no menos de dos, tres o más temas; un artículo más extenso y complejo, quizás una docena.

- En Internet es habitual utilizar apodos o 'nicks' en lugar del propio nombre, pero usurpar el de otro lector es una práctica inaceptable.
En parte debo coincidir: la utilización de un nombre ajeno a sabiendas de que lo es suele servir a una ética bastante oscura y a prácticas que van más allá del simple uso de un nick.
Lo que claramente me revienta es la apelación general y enrasadora a "internet" para sostener la muy respetable política editorial de un sitio. Me recuerda al tipo que bajó del monte con unos borradores legales diciendo que, arriba, se los había dictado un dios. Mejor sería dejar de lado la pretensión de universalidad y hacerse cargo de la propia postura. De lo contrario, podría tratarse de una "grosera simplificación".

- No escriba en MAYÚSCULAS. En el lenguaje de Internet se interpretan como gritos y dificultan la lectura.
Ya hablar de "el" lenguaje de internet, singular y determinado, es un despropósito de proporciones. Y dejemos de lado que las mayúsculas de molde suelen facilitar la lectura, tal como lo saben alfabetizadores primarios y diseñadores publicitarios. Pero aún así, ¡¿ENTONCES POR QUÉ COÑO ME GRITAN "MAYÚSCULAS" Y "PERIODISTA DIGITAL"?!

Cualquier comentario que no se atenga a estas normas podrá ser borrado y cualquier comentarista que las rompa habitualmente podrá ver cortado su acceso a los comentarios de PERIODISTA DIGITAL.
¿Por qué se comienza con "les animamos" y se finaliza con "ser borrado" y "ver cortado"?, ¿por qué desaparece aquella primera persona que animaba, a manos de una instancia impersonal que borrará y cortará?, ¿por qué ese volantazo enunciativo para pasar de la sola animación a la amenaza de corte?
No hacía falta, ya era evidente que Periodista digital impone más normas que un código contravencional y que se reserva el derecho a interpretarlas. Y está bien, sólo que prefiero (yo, no internet ni la cultura ni la sociedad) que me hablen claro y directo en lugar de dar tanta voltereta alrededor de una moralina medio victoriana o de una norma vendida como universal.
En este artículo, por ejemplo, el que quiera comentar puede decir lo que le venga en gana. No borraremos lo dicho en razón de que haya usado palabras soeces o letras mayúsculas, no prescribimos ninguna norma de etiqueta -por ejemplo, se puede comentar en smoking o en calzones- e incluso puede no cerrar su comentario diciendo que va a llover.

viernes, abril 13, 2007

The clown

Imagino la cara de Alfred Hawthorn Hill, ese cuasimimo reconocido mundialmente como Benny Hill, ante la decisión de la BBC de quitar su Show de su programación para Estados Unidos, donde contaba con un elevado rating. Ya en 1989 había sido eliminado de Inglaterra.
Los argumentos de la BBC son muy claros. Benny Hill es "sexista, abusivo con las mujeres y retrógrado" y "refleja una Inglaterra anticuada". Teniendo en cuenta que dentro de unos días se cumplirán 15 años de su muerte, suena bastante lógico que esté un tanto desactualizado, lo que no sabía era que reflejaba a Inglaterra. Y yo que creía que eran los Stones.
Supongo que sus dotes de mimo, su inteligencia paródica, su humor irreverente, su capacidad para adaptar técnicas del cine mudo, sin perder el tono del vaudeville de sus orígenes, ese estilo único que le permitía detenerse en un primer plano gestual por varios segundos y hacernos llorar de risa, o aquellos finales con cámara rápida y ese Yakety Sak, de Boot Randolph, inmortalizado como "la música de Benny Hill", son detalles que no cuentan.
El juego entre su imagen burlona, cínica, por momentos torpe y burda, con el resto de los personajes, estereotipos británicos acartonados, protagonizados por Bob Todd, Nicholas Parsons, Henry McGee, y ese inolvidable, calvo y bajito, Jackie Wright, queda opacado por su "sexismo" al mostrar mujeres que hoy resultan casi angelicales. Un sexismo tan ingenuo, tan inocente frente a cualquier serie o película actual.
¿"Abusivo con las mujeres" será porque solía terminar siendo perseguido por alguna a bastonazos? ¿o por aquella insoportable mujer que no dejaba de hablar sin decir nada, a la que sólo pudo silenciar el control remoto de un televisor? (si ambos tenían la misma frecuencia ¿el "abuso" sería hacia la mujer o hacia la TV?).
Nada ponía más en evidencia su machismo que ver al pequeño Jackie Wright parodiando a un recio vaquero estilo John Wayne.
Sinceramente me harta el discurso machista/feminista que nos impide reírnos de nosotros mismos, que vive protegiéndonos de quién sabe qué ataques del sexo opuesto.
Los graffitis eran un capítulo aparte, la ironía perfecta.
Supongo que son más sanas y políticamente correctas otras series de la BBC, como Extreme Makeover, donde un grupo decide cómo debe ser la casa de los demás, o Niñera S.O.S, en la cual una infalible y perfecta baby sitter humilla públicamente a madres por la conducta de sus hijos, o aquellas en las cuales la ciencia médica y la psicología se unen para convertir a una mujer en algo "bello", explicando, por ejemplo, que nadie puede ser feliz con una nariz así.
Sin duda la decisión de la BBC pone en evidencia una Inglaterra "moderna", como su directora de publicidad indicó, una en la cual los marines fueron secuestrados en aguas internacionales, una en la cual nos dicen lo que debemos ver y de qué debemos reírnos.
Resulta bastante significativo que la BBC, que jamás consideró necesario dar explicaciones respecto del por qué de emitir o quitar algún programa, en este caso haya enviado un comunicado a través de Amy Mulcair, su directora de publicidad.
Quizás mañana su aliado, EE.UU., decida que deben quitar del aire los capítulos de Los tres chiflados, ni hablar de Los locos Addams y los Hermanos Marx. Que Zeus proteja a Alfredo Casero y a esos machistas a ultranza que se hacen llamar Les Luthiers.

Benny Hill murió solo, rechazado por una sociedad victoriana después de haber brillado en épocas de Flower Power. Su humor puede gustarnos o no, pero sin duda prefiero ser yo quien elija de qué reírme cuando empiece a llover.

Después de haber escrito este post me enteré de la muerte de Kurt Vonnegut, el genial y ácido escritor que alguna vez se enfrentó a quienes quisieron prohibir sus obras por considerarlas obscenas. Obviamente no hay comparación entre Benny Hill y Vonnegut, pero sí en las mentes de quienes los censuraron.
"¿Qué son los conservadores? Son personas dispuestas a mover cielo y tierra, si es necesario; y que están dispuestas a arruinar una compañía o un país o al planeta, con tal de probar ante nosotros y ante sí mismos que son superiores a todos los demás, con la única excepción de sus amigos. Ellos cuidan mucho de sus amigos; cuidan que no vayan a dar a la cárcel y esas cosas." (Kurt Vonnegut, alguien que conocía la lluvia).

La risa y la lágrima

"PLAYBOY: Otra manera de tratar la tristeza, de tratar esos problemas que usted no puede resolver, es a través del humor. ¿Es ésa su manera?
"VONNEGUT: Pues, lo intento. Pero la risa es una respuesta a la frustración, lo mismo que las lágrimas; y no resuelve nada, del mismo modo que las lágrimas no resuelven nada. Reír o llorar es lo que hace un ser humano cuando no puede hacer nada más."

Gracias, maestro, por tantas buenas historias, por tantas risas inútiles, por tanta lección de ironía, por tanta incorrección política y por tanto humor agridulce que usted supo cultivar y enseñó a cultivar.
Y disculpe si no atiné a citar alguno de sus mejores pasajes pero es que no pude hacer nada más.
Hasta siempre, Kurt Vonnegut, descanse en paz mientras lo releemos y lo volvemos a disfrutar.

El autorretrato ilustra la tapa de la edición española de Guampeteros, fomas y granfalunes (Grijalbo, Barcelona, 1977) que incluye la citada entrevista con Playboy. En El guinõ, otro homenaje al maestro a través del cual me anoticié que el pájaro voló de su jaula.