lunes, mayo 31, 2010

Silencio, hospital

Es el último día de mayo y hace mucho que estoy empeñado en que la lista que muestra los meses de publicación -"Lo que ya han dicho", a la derecha de su pantalla, mi estimado lector- y el número de artículos publicados en cada uno no exhiba el agujero de un mes calendario faltante. Por supuesto que no es necesario que así sea y tampoco es demasiado razonable pero es un viejo capricho que, al menos por ahora, se hizo tradición.
El humilde objetivo se satisface con una publicación mensual. No hace falta que sea inteligente ni interesante sino apenas que exista y, sin embargo, requiere de un esfuerzo cada vez mayor. Desde hace un largo tiempo ocurre en este sitio lo opuesto a lo que pasaba en épocas de su fundación: el hecho más trivial ameritaba la escritura y los artículos se atropellaban unos a otros. Ahora, en lo que a mí respecta y por motivos varios, nada me resulta de interés suficiente y/o no me estimula el deseo de escribir.
No pretendo que esto constituya una originalidad de este sitio: demasiados blogs siguen derroteros semejantes. Más bien parece ser la norma que un puñado de honrosas excepciones tiende a confirmar. Gráficamente, el fenómeno puede expresarse con la forma de un tobogán.
Inauguramos este espacio el 8 de octubre de 2005 y en los veinticuatro días de aquel primer mes calendario publicamos 16 artículos; en noviembre, 15; en diciembre, 10. La proyección anual de 41 publicaciones en menos de tres meses sería de 176 artículos. En el otro extremo, en los primeros cinco meses de este año las entradas eran -ésta es la séptima- hasta hoy 6 lo que proyecta una producción anual de 14,4 publicaciones.
Por supuesto, la caída más pronunciada se observa entre 2005 y 2006, es decir, entre la ficción de las 176 entradas matemáticamente proyectadas a partir de la breve euforia inaugural y la no ficción de los 71 artículos efectivamente publicados al año siguiente. Luego la cifra decae a uno por semana (52) en 2007, uno por quincena (26) en 2008 y apenas poco más de uno por mes (15) durante 2009.
En cambio, si en lugar de números anuales se focaliza la producción mes a mes, su expresión gráfica se parece más bien a la del pulso cardíaco de un paciente que entró en coma hace ya un par de años.
Visto el cuadro clínico, esta entrada innecesaria y por demás olvidable viene a cumplir el rol del aparato que monitorea el funcionamiento del respirador. Como puede verse, he satisfecho el objetivo de la publicación mensual mediante un método muy viejo: el de ponerse a decir que no se tiene nada para decir.
En fin, ya vendrán tiempos mejores si antes no se viene la lluvia.

viernes, abril 30, 2010

Marte ataca

Es bien sabido que en este país los medios de prensa mienten (incluso éste que apenas es medio y no es de prensa) y constituyen el gran partido de la oposición. También se sabe que todo funcionario del Ejecutivo miente, así como toda voz ligada al oficialismo. Pero este deporte nacional -ni el pato ni el fútbol: la mentira- sólo se juega en cuestiones domésticas, diría que menores. De allí que la presidente Cristina Fernández agite que hay "un país real y otro virtual", el de la gente y el de los grandes medios; y que la diputada Silvana Giudici la desmienta mediante la misma falacia pero inversa: sí los hay pero es justo al revés, el de la gente y el del oficialismo versero. Verás que todo es mentira, escribió Enrique Santos Discépolo, pero no estaba del todo acertado.
La verdad hay que buscarla en los intersticios del discurso, tanto de los medios privados cuanto de los gubernamentales. La verdad hay que buscarla en el argumento menor o marginal, en la nota de color o bien fuera de caja, en la información de relleno o bizarra.
Eso: bizarra. En esos espacios uno halla -si es capaz, como yo, de leer bien- las grandes verdades trascendentes que el barullo político oculta menos por acción conciente que por necia omisión de las cosas relevantes.

No hablés con marcianos
Este subtítulo, por supuesto, es mi traducción libre del libre titulado de la última edición de The Sunday Times: "Don't talk to aliens, warns Stephen Hawking".
La advertencia resulta de una prudencia elemental. Visto lo muy vasto del universo es estadísticamente probable -afirma Hawking- que los aliens existan pero -reflexiono yo- las especies terrestres, en particular la humana, enfrascada como está en polemizar sobre boludeces, no se lo toma demasiado en serio y por ahí a uno lo recluyan en un psiquiátrico por el mero hecho de dirigirle la palabra a un extraterrestre.
En nuestro país y por mencionar sólo dos casos, La Nación opositora titula "Stephen Hawking admitió la existencia de extraterrestres" y Telam, la agencia oficial(ista) de noticias, baja un cambio en el título, manda un "casi seguro" y señala en su bajada que "los humanos deberían hacer todo lo posible para evitarlos".
Es lo que yo decía: no hablés con marcianos.

¿No será mucho, Ministro?
Esta pregunta -retórica e irónica, claro- fue mi primera reacción, ignorante, a una brevísima nota de TN que reproducía declaraciones de Eduardo Sileoni, Ministro de Educación de la Nación, al término de la presentación del libro educativo "Los medios y el Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010" realizada en compañía de Julio Grondona y Diego Maradona, entre otros reconocidos educadores.
La Copa Mundial de la FIFA es un colosal fenómeno cultural, sostuvo Sileoni y a continuación precisó que "el último Mundial fue visto por 27 mil millones de personas".
En este punto tuve una suerte de revelación. Recordé que los extraterrestres existen (o casi seguro, en fin, es lo mismo), que quizás sean nómadas y conquistadores, que podrían llegar hasta aquí con el objetivo ruin de saquearnos y someternos.
En un relámpago de lucidez comprendí todo. Los aliens ya están acá y desde hace años. Según los números que maneja Sileoni habría al menos cuatro o cinco por cada ser humano. La legítima incertidumbre de Hawking acerca de qué formas podrían llegar a tener se hace certeza: tienen forma de persona y miran los Mundiales por TV. Los extraterrestres llevan una vida humana normal (o casi seguro, en fin, es lo mismo) pero cometen un error en su estrategia de conquista planetaria que los vende: se hacen los otarios durante los censos nacionales pero responden a las mediciones del rating televisivo.
Como la sumatoria de los censos nacionales arroja unos 6 mil y pico de millones de humanos en el planeta y el Mundial 2006 lo vieron 27 mil millones de personas, queda claro que hay más de 20 mil millones de aliens que vieron el último Mundial. Y eso sin contar a los muchos marcianos que no les gusta el fútbol: imaginensé.
No había salido aún de mi conmoción cuando hallé otra verdad recluida en un pliegue de página, en un rinconcito olvidado.

Estudian a un marciano
Este subtítulo es interpretativo, sí, pero quiero brindar servicio a la humanidad y advertirla de lo que se le viene: ¡Don't talk to aliens! ¿Ok?
La noticia se halla publicada, por ejemplo, en el oficialista a rajatabla El Argentino que la copia de punta a punta, sin mención alguna de fuente, de la ultraoficialista Telam pero también en el monopólico y destituyente sitio de TN que, dicho sea de paso, también roba casi todo -ni el pato ni el fútbol: la mentira y después, el choreo, casi en empate técnico.
Se trata de un indio de verdad, es decir nativo de la India, que dice que hace 74 años que no come ni bebe absolutamente nada. Y no hablamos de vino o de birra, ¿eh?: hace 74 años que no toma ni agua.
Un equipo de científicos comandado por el Ministerio de Defensa de la India lo estaría estudiando. El interés del Ministerio de Defensa se vincularía a que un soldado en la frontera del desierto que no comiera ni bebiera sería mucho más barato que uno que pide pan y se muere si no le dan. Lo del equipo de científicos que le creería a un viejito psicótico en brote delirante -y/o muy hábil simulador en su exposición mediática- contra siglos y siglos de la más básica ciencia biológica era más difícil de entender.
Pero ahora me resulta obvio de obviedad absoluta que el anciano no es ningún indio sino uno de miles de millones de marcianos que habitan el planeta. Uno de los más de 20 mil millones que vió el último Mundial por TV. Se ve que le falló algún gen, algún chip o lo que sea tengan adentro estos aliens y cometió la pelotudez de censarse; capaz que hasta tramitó el DNI o se anotó en la AFIP india.
Por favor, científicos serios: no le dirijan la palabra, no se le acerquen, usen barbijo y alcohol en gel, pónganlo ya en cuarentena, no le contradigan el delirio, aparten de mí ese cáliz, que ese perro no me toque, si te he visto no me acuerdo.
Y, por favor, periodistas serios, ayuden: no está en juego ningún modelo sino la vida en el planeta, sin duda amenazada por lluvias extraterrestres.

lunes, marzo 08, 2010

Kill Language: Vol. 2

Se planteaba en la entrega anterior que si definitivamente vamos a hablar mal, al menos exhibamos un repertorio amplio de barbaridades. A tales efectos se ofrece aquí la segunda y última parte de un listado parcial de tonterías que suenan en los medios y también más allá.

- Como se sabe, las disciplinas deportivas suelen dividirse en categorías conforme el rendimiento demostrado. En las categorías más bajas se compite por el ascenso a niveles de mayor jerarquía; en las más altas, entre otros objetivos, por mantener la jerarquía. No hay noticia de que unos equipos derrotistas se disputen la meta deportiva de alcanzar el nivel inferior.
Bueno, sí, hay noticia y es muy frecuente: se trata de "la lucha por el descenso", frase tan común del periodismo deportivo mundial cuya búsqueda vía Google arroja tres millones de entradas. En su empeño por descender estos equipos han de contratar discapacitados motrices o veteranos retirados tras las olimpíadas de Münich. Así cualquiera desciende.

- Y hablando de categorías deportivas, unas pocas palabras acerca de las juveniles, cuyos nombres están todos mal puestos. Un plantel de jóvenes de hasta 20 años cumplidos, no debería denominarse sub- 20 ya que sub significa debajo y los 20 años están por debajo de los 21 pero en absoluto de los propios 20.
Valga entonces otra premisa lógica que se suma a las que ignora el gobierno porteño: así como los últimos diez incluyen los últimos dos y las partes constitutivas no están cerca del todo, queda dicho que nada puede estar por debajo de sí mismo.

- Hay una barbaridad que suelen repetir, no tanto (pero también) los comentaristas profesionales como los deportistas involucrados. De cara a un próximo partido que, es obvio, puede arrojar tres resultados finales, el jugador declara algo así: "Sabemos que no podemos ganar pero vamos a dejar todo en la cancha".
Podría pensarse que el partido está arreglado para el triunfo adversario y, ante el fraude descarado, el equipo robado expondrá toda su entereza y dignidad deportiva. No, no se trata de eso: el tipo quiso decir que saben que pueden no ganar, cosa que ni falta hace aclarar puesto que se sabe siempre.
En una misma línea incoherente, cuando el cuerpo técnico no ha definido el equipo y el jugador no sabe si será titular o suplente, afirma: "Sé que no puedo jugar pero me mato entrenando". Claro que podés jugar, lo que no podés es hablar en castellano.

- Quizás porque por estos lares la zeta suena como ese y la ese final sea marca registrada de plural, la palabra "feliz" parece estar perdiendo su concordancia de número. Quien hace mucho que repite el error es Juan Román Riquelme, a quien rara vez se lo nota feliz pero confiesa estarlo muy seguido. Riquelme parece haber hecho escuela y cada vez con más frecuencia se oyen manifestaciones como ésta: "Estamos muy feliz de haber conseguido un triunfo". La Escuela de Los Que Están Muy Feliz viene haciendo estragos en la lengua española y su slogan de cabecera devuelve más de trescientas mil entradas, Google mediante.
De ningún modo: yo estoy muy feliz y vos estás muy feliz, por lo tanto, estamos muy felices. Ambos, nosotros, todos, muy felices.

- Así como en términos de felicidad Riquelme tiene problemas de número, otro tanto le ocurre a Juan Sebastián Verón en materia de repetición. Tal vez porque es habitual que le pregunten varias veces la misma pavada, suele desconocer cuántas veces respondió. Por ejemplo, dice: "Nosotros vamos a salir a ganar" y ante la siguiente pregunta reitera: "Te vuelvo a repetir: vamos a salir a ganar". No sólo Verón, por supuesto: el fenómeno está en plena expansión y es usual que se use la muletilla para referir a una segunda mención, es decir, a una repetición simple.
La cosa es así: la primera vez te digo, la segunda te repito (si preferís, te vuelvo a decir) y recién la tercera te vuelvo a repetir porque ya te repetí la anterior. Y no te vuelvo a repetir más.

- Desde hace ya bastante se ha impuesto un hábito verbal exasperante que consiste en preceder los sustantivos con el sintagmita "lo que es". Quienes usan y abusan de esta ridiculez no salen a la calle sino a lo que es la calle, no viajan al centro sino a lo que es el centro y no dominan el idioma sino lo que es el idioma.
Esta vez no es un futbolista quien se me figura como ejemplo canónico, sino Borja Blázquez, cocinero y comunicador. Este joven vasco coloca lo que es el producto (porque además llama producto al principal ingrediente, por ejemplo, un pescado) en lo que es la sartén, agrega lo que es la sal, sirve lo que es el plato y saluda a lo que es el público mirando a lo que es la cámara. Basta, Blázquez, callate y cociná.

- Por último, nada. Se viene imponiendo la costumbre de empezar toda respuesta con esta molesta muletilla cuyo significado es nada, es decir, ninguno. A veces se intercala en el discurso como una suerte de pausa; a veces se refuerza con una previa negación. Por ejemplo: "Contanos, ¿qué proyectos artísticos tenés para este año?; "No, nada".
El lector desprevenido habrá comprendido que el tipo no tiene plan alguno: quizás esté en un pozo depresivo, se tome un año sabático o busque trabajo de plomero. No es así: está ensayando una obra de teatro, terminando de grabar un disco, estudiando un guión cinematográfico y evaluando una oferta de la televisión. Ocurre que el lector no es el oyente: "No, nada", se dice sin énfasis, casi con desgano, como restando interés a la pregunta, a la respuesta y al tema en cuestión.

-Entonces, para ir cerrando, Cinzcéu, ¿creés que esta entrada interesará a los lectores y cosechará muchos comentarios?
-No, nada. Sé que no puede leerse lo que es este artículo pero te vuelvo a repetir, nada, estamos muy feliz de escribir acá antes de que caiga lo que es la lluvia.

lunes, marzo 01, 2010

Kill Language: Vol. 1

Hace algunas semanas, El guinõ comentaba un latiguillo del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires: "en dos años hicimos más que en los últimos diez". Como allí se señala, debería ser claro que los últimos dos son parte necesaria de los últimos diez y por lo tanto la proposición resulta ofensiva para la lógica formal y para el sentido común. Se sabe que Mauricio Macri, un muchacho malcriado con ninguna dote para el discurso verbal, nunca va más allá de la repetición de slogans publicitarios que no siempre se entienden en virtud de su pésima dicción. No obstante, la triple mención de esa incoherencia acerca de los dos y los diez años en escasos cinco minutos de una reciente entrevista televisiva puede resultar demasiado.

Si definitivamente vamos a hablar mal, al menos exhibamos un repertorio más amplio de barbaridades. A tales efectos, se ofrece aquí un listado parcial de tonterías que suenan en los medios y también más allá.
Como se me alargó más de lo previsto, va en dos entregas sucesivas.

- La creatividad publicitaria del gobierno de la Ciudad es inagotable. A propósito de un par de arenales dispuestos para asolearse, la comunicación oficial repite en las radios públicas: "La ciudad tiene playas y están muy cerca: en Parque Roca, Villa Soldati y en Parque de los Niños, Núñez".
El problema es análogo al anterior, sólo que la incoherencia lógico- temporal ha devenido inconsistencia lógico- espacial. Núñez y Villa Soldati, barrios de la ciudad, no se hallan "muy cerca" sino que son parte constituyente de ella. Resulta extraño pensar la parte como cercana al todo: nadie dice, por ejemplo, "La vivienda tiene dormitorios y están muy cerca: uno pasando el baño y otro junto a la cocina".

- Y una más de los mismos equipos creativos (ésta ni siquiera la crearon ellos) respecto de la prevención del dengue: "Antes que preocuparse, mejor ocuparse". ¿Ocuparse de qué? Ya se sabe: cambiar el agua de los floreros, sacar los neumáticos del patio (¿quién no tiene unos cuántos neumáticos juntando agua en el patio?), etcétera. En definitiva, "descacharrizar", término que este aviso no utiliza pero todos sabemos qué significa: combatir el mosquito.
Ahora bien, preocuparse es, justamente, ocuparse antes (en eso consiste toda acción preventiva) con lo cual el curioso slogan debería interpretarse como "Antes de ocuparse antes, mejor ocuparse". "Pero, ¿cuándo?", podría preguntar un oyente confundido; "¡Antes!", podría responder el locutor preventista.

- Un aviso publicitario del programa El juego limpio explica de qué va la cosa: "Nelson Castro te muestra lo que verías si la realidad fuera transparente". En rigor, "si la realidad fuera transparente", nadie vería absolutamente nada. Transparente es el aire, ¿vieron? No, no vieron el aire, porque es transparente.
Una realidad transparente sólo permitiría ver lo que pudiera haber tras ella, literalmente en el más allá. ¿Qué muestra Castro en El juego limpio?, ¿es un programa metafísico o espiritista?
La metáfora de la transparencia no aplica a la realidad sino a la discursividad que la produce. La pretensión de El juego limpio sería la de un discurso transparente que muestra la realidad tal como es; no deformada u ocultada por esos otros discursos opacos que transparentan tan mal.

- Hace algunas décadas el discurso periodístico impuso un concepto cuyo conocimiento devino indispensable: la sensación térmica. Antes bastaba con saber la temperatura ambiente y, antes, con inferirla a partir de nuestra sensación (térmica, por supuesto) pero hoy se ha vuelto necesario conocer el número que mide esa abstracta y colectiva sensación.
Lo curioso es que en su reducción a una sola palabra, se haya optado por el término inespecífico y no por aquel que diferencia y significa por comparación. En efecto, sobre el eje común que es el frío/ calor ambiente medible como la temperatura, digamos, objetiva, se ha impuesto un concepto tan "térmico" como el anterior: la sensación, digamos, subjetiva, al efecto de significar algo así como: "Ojo, porque hace 30° pero vas a sentir como 35°".
Luego, carece de sentido hablar de la temperatura versus "la térmica" ya que lo térmico sólo puede remitir a la temperatura. Por otro lado, es sabido que "la térmica" es un interruptor que se activa al calentarse un circuito eléctrico; nombre por demás adecuado pues hace sistema con el resto de las llaves existentes en una casa o local que nada tienen que ver con la temperatura (las que accionan cerraduras, las de paso de agua o gas, las de encendido de artefactos, etc.).
Pero todo esto es accesorio respecto de lo escuchado hace unos días en boca de un comunicador del canal TN al cual estas cosas del lenguaje le nefregan debido a su limitada capacidad de raciocinio. Lo usual es que cuando temperatura y sensación coinciden se diga que coinciden mediante frases tales como "la térmica es la misma" o bien "no se observa variación". Lo realmente curioso es que ante una temperatura de 35° y una sensación de la misma magnitud, un periodista profesional anuncie sin ningún pudor: "No hay sensación térmica". ¿No hay?, ¡mirá vos! ¿Por qué no salís con pasamontañas, bufanda y sobretodo? Total, ¡no hay sensación térmica!
Y además salí sin paraguas, porque está a punto de llover pero ¡no hay sensación de lluvia!

[Continuará]

miércoles, febrero 17, 2010

Sé que no sé

Hace unos días todos los medios nos informaban que Eduardo Vázquez, baterista de Callejeros, había intentado asesinar a su esposa quemándola. Era un hecho, nada de accidente, ni siquiera de hecho confuso, sino un claro e intencional deseo de matar.
Poco después un amigo de Vázquez no dudó en decir frente a todas las cámaras que no creía en lo que decían, que debía tratarse de un accidente. Fue el primero.
Los titulares de C5N, TN, y demás, sentenciaban, condenaban, con placas que rezaban frases tales como "El drama de Callejeros". Quedó claro de inmediato que Vázquez no podría ser jamás Eduardo Vázquez sino el baterista del grupo. Y el grupo es Cromañón.
Que los medios mienten, manipulan, inventan y tergiversan toda la información no es novedad, pero hay casos testigos de la mala leche. Creo que éste es uno.

No habían pasado aún 24 horas y ya se hablaba de las denuncias de su esposa por violencia, de sus palabras cuando la internaron, frases por cierto muy claras y coherentes para una mujer con las quemaduras que ella sufría. Y, por supuesto, lo que ella supuestamente dijo es que su marido intentó matarla.

Los estudios de televisión se llenaron de "especialistas" que nos explicaban que no era casual que intentase matarla con fuego, Eduardo Feinmann (¿qué puedo decir sobre él?) dejó de llamar "asesino" a la Hiena Barrios y comenzó a decirlo de Vázquez, con cara de "yo soy jugado y llamo a las cosas por su nombre". Y como no podía hacer otra cosa criticó la página de Callejeros en la que el grupo dice lo lógico, que están shockeados, que no saben qué pasó, y se solidarizan con ambos. No sé qué esperaba Feinmann que dijesen.

Poco después, porque la realidad sigue su curso más allá de las cámaras, comenzaron a surgir las dudas, las declaraciones, tanto de Vázquez como de los médicos que atendieron a Wanda Taddei y desmintieron que hubiese dicho lo que decían que dijo, sino un sólo balbuceo: "pucho, alcohol". Cuando leyeron la declaración de Vázquez en TN, la remataron con un "ésto no se lo cree nadie". Resulta que yo sí la creía, o, al menos, no la descartaba.

Para completarla aparecieron los familiares de víctimas de Cromañón, no todas (nunca fueron más que un grupo), sino aquellas que aún exigen que todos los integrantes de Callejeros estén presos, haciendo misas por la salud de Wanda (no vi que las hicieran por cualquiera de las otras víctimas que comparten sala con la mujer del baterista, también quemadas), y hablando en varios medios, diciendo cosas como que a ella le pasa exactamente lo mismo que a sus hijos. Creo que Wanda Taddei, compañera y esposa de Eduardo Vázquez, no estaría muy de acuerdo con esa comparación. Comparación que, además, no tiene ningún sentido, aún en el caso de que realmente se hubiese tratado de un intento de asesinato, ella está quemada, ninguna víctima de Cromañón lo estaba, y fue un hecho privado.

Escuché las cosas más absurdas, como que empaparte con alcohol y encender un cigarrillo no puede quemarte. Quienes lo dicen no pasaron jamás por la experiencia, ni tienen en cuenta el material de la ropa que vestían, que es clave en casi todos los casos de quemaduras.

Pero la presión de la mala leche no termina. Cuando la declaración de Vázquez fue considerada por el propio fiscal como coherente con las pruebas, cuando se desmintieron todas las acusaciones mediáticas, incluyendo los dichos de Wanda y las denuncias de violencia, cuando se blanqueó lo que realmente dijo, cuando los dos hijos de ella relataron lo mismo que dijo Vázquez (y cualquiera sabe que chicos de ocho y cinco años no son bebitos que no saben lo que vieron ni lo pueden contar, y que no defenderían a quien intentó matar a su madre), cuando todo apunta y apoya la versión del accidente (accidente estúpido y de zarpados inconcientes, pero eso es otra cosa), el juez Eduardo Daffis Niklison le niega la excarcelación, decide que si sale "podría entorpecer el normal curso de la investigación" (yo me pregunto cómo), y al mismo tiempo admite que "no hay elementos que lo puedan incriminar", y que hay que esperar que Wanda Taddei declare.

Es inevitable pensar si este juez no pensará igual que Homero Simpson frente a la Venus de Jalea: "si lo dice la tele debe ser cierto".

Vázquez lleva más tiempo preso que miles cuyo delito estaba probado, y nadie puede explicarme por qué. Dicen que no se puede confiar en la Justicia porque deja libre a criminales, pero no veo que muchos griten por lo opuesto, por dejar encarcelado a alguien de quien no se tiene un sólo indicio de culpabilidad más allá de la mala leche mediática que lo crucificó por ser baterista de Callejeros.

Obviamente cuando los hechos empezaron a desmentir todo lo que habían dicho, los medios hicieron lo tradicional, pasaron el caso a la página 20. Por suerte llegó la lluvia para darles tema.

sábado, enero 23, 2010

Anochecer de un día (apenas) agitado

En mi casa la temperatura supera uno o dos grados la denonimada sensación térmica. Eso ocurre sólo durante el verano porque en invierno suele estar un par de grados por debajo. Visto que a más de 35° ya no iba a dormir ni media hora más, llené la bañera, sintonicé la Radio de la Ciudad o la 92.7 o la FM Tango -nunca sabré cuál es el estricto nombre de esa emisora pública que en enero sólo emite tangos y síntesis de noticias porque está de vacaciones- y me sumergí en ella -en la bañera- a fin de paliar los ingentes calores.

Allí, es decir, dentro de la bañera, mis neuronas se enfriaron lo suficiente como para hacer sinapsis. Con una voz para nada alucinatoria y asumidamente yoica me dije: "Hoy es justo el día, andá y sacá el pasaje". "Ok, salgo de la bañera, me seco, me visto y se acabó", me respondí en un rapto de errada decisión.

Veinte minutos después me hallaba esperando infructuosamente el colectivo 61 para dirigirme a la terminal ferroviaria de Plaza Constitución, sita a escasas quince cuadras de mi domicilio. No viene. Hay otro que me lleva, el 143... ¡Uy!, ahí viene, pero ¿dónde carajo parará? Apelo a mi memoria emotiva y me parece que ahí. Corro, llego antes que el ómnibus y me paro junto a un tipo que en ese momento le hace señas. Yo también le hago señas y el colectivo para donde no hay indicación escrita de que pare: una a favor, digamos.

El 143 recorre escasas quince cuadras a velocidad mínima y para en todos los semáforos y en todas las paradas. Incluso para en una donde no baja ni sube nadie: el tipo para el bondi y abre sus puertas por las dudas; luego reinicia su marcha cansina, para nada veloz. Al fin, tras muy largos minutos, alcanza Plaza Constitución en el preciso momento en que comienzan a caer gruesas gotas de lluvia y deja a sus pasajeros -cuestión de paradas- como a doscientos metros de la estación ferroviaria, que recorro bajo la lluvia.

Ya en la estación me informo en la ventanilla de informes, hago una breve cola en un sitio equivocado y, finalmente, me dirijo al lugar que corresponde a mi demanda. Lo que quiero, es justo explicitarlo, es comprarle a Ferrobaires un pasaje a Mar del Plata para marzo. Me deprimo bastante. El salón es inmenso en sus tres dimensiones, inhumanamente inmenso. Todas sus puertas y ventanas al exterior se hallan clausuradas y su iluminación se reduce a una serie muy insuficiente y, además, muy mutilada de lámparas de bajo consumo. Saco un número: el 971; están atendiendo al 946. Hay un par de sillones que se hallan ocupados por gente dormida, todo a su largo, quizás desde hace semanas; el resto son unas deprimentes sillas plásticas de jardín distribuídas sin ton ni son. De inmediato, una de las cuatro ventanillas activas llama al número 947: me ilusiono -falsamente- con la velocidad del trámite tras la lentitud del colectivo para hacer quince putas cuadras.

Hay otra ventanilla activa que da cuenta de una moda pedorra y de un absurdo completo: se trata de un puesto de atención exclusivo para discapacitados. Como es exclusivo, su operador ha de pasar horas haciendo huevo porque no hay tal proporción de discapacitados que demanden pasajes ferroviarios hacia el interior de la provincia. No obstante un tipo, del que no alcanzo a identificar discapacidad alguna, se acerca y algo negocia allí. Estoy a punto de hacerme pasar por retrasado mental pero no me parece ético y nunca he sido buen actor. Además, carezco de certificación oficial de mi retraso.

Han pasado unos 15 minutos y todo sigue fijado al número 947. Estoy fatalmente deprimido y estoy cagado de calor, como el resto de los que habitamos ese salón. No sé sabe qué dialogan, gesticulan ni resuelven clientes y operadores que hace un cuarto de hora se hallan cara a cara en cada una de las ventanillas. Recuerdo varios textos de Kafka y me digo que no es justo, que soy un exagerado, un neurótico y un impaciente. Pasan otros 2 minutos y, simplemente, me voy al reverendo carajo. Me tomo el subte y combino bajo tierra para llegar, un poco tarde, a mi laburo. Otro infierno, el subte, no sólo de temperatura sino de espera, lentitud y masas que van de aquí para allá, se atropellan y se llevan por delante.

En ese -lento al pedo- viaje en subte pienso en Puerto Príncipe y en Buenos Aires, pienso en que mi calor y mi fracaso puntual del día son absolutamente nada ante la debacle haitiana, la muerte masiva, la pérdida total, el riesgo de vida.

Entro a mi oficina donde aún funciona el aire acondicionado -lo cortarán en un rato- y su frescura me hace olvidar el pequeño infierno del que vengo, la ineficacia de mi infernal periplo porteño y, por supuesto, también Haití.

Justo cuando entro, un flor de gilastro absoluto que se asume jefe de algo está contando, como novedad absoluta... ¡que llovió!

Sí, ya sé, me acaba de llover -hace menos de una hora- y, mucho más y peor, nos llueve allá, nos llueve acá y nos llueve en todos lados.

miércoles, enero 13, 2010

Apocalypse now

Hace un par de semanas cometí el error de ir a ver "2012". Convengamos que aquello de "estábamos advertidos" es muy noble por parte de su creador, ver una nueva película apocalíptica de Roland Emmerich, padre de engendros como Día de la independencia y El día después de mañana, es estar advertido respecto de lo que veremos.
Efectos especiales a full, de esos que tanto ama (tanto que los repite en una misma película), un guión paupérrimo, plagado de lugares comunes y todos los estereotipos del cine catástrofe de Emmerich: la mala relación de padre e hijos que se afianza al enfrentar el peligro y descubrir que papá es un héroe; Estados Unidos siempre primero y generoso, advirtiéndole al mundo (a algunos) que se está por acabar (una joya la escena en la que el loco de Yellowstone se inmola al grito de "recuerden que Charly les avisó primero"); la increíble valentía y honor del presidente (de EEUU, claro); los perros, que en manos de los desplazados que buscan su destino son símbolo de que el amor es más fuerte, y en manos de la Reina de Inglaterra, de la bajeza de los poderosos; velocidad, escapes y destrucción a niveles superlativos, detenidos de repente para que alguien haga un discurso en el cual, nuevamente desde EEUU, se muestre a la humanidad lo que es ser humano, discursos tan obvios como el de cualquier político.
En síntesis, una basura. Emmerich ya destruyó a la humanidad de cuantas formas se le cruzaron, supongo que si aún no hizo catarsis seguirá haciendo explotar cosas en su Día de la Independencia 2, la cual amenazó con estrenar en breve. Y así nos seguimos acostumbrando a que todo es una película.
Pero hay un detalle, tanto Emmerich como otros seguidores de la teoría apocalíptica de 2012 (mayadictos, nostradamuólogos, revelacionistas, etc.) ponen la culpa lejos de los humanos. Nosotros sólo somos las víctimas de alguna erupción solar, alineación planetaria, agujero negro nebular o asteroide errado de camino. Dicen que Dios, que obviamente sabe de todo, es el que nos avisa, según algunos religiosos para que nos demos cuenta y cambiemos ese destino (pequeña paradoja). Un poco difícil se les hace explicar cómo podríamos cambiar algo si todo viene de afuera.

Ayer, sin estridencias ni efectos especiales, tembló Haití. Hablan de más de cien mil muertos, de Puerto Príncipe destruída, de más de tres millones de personas afectadas. No hablan mucho acá, porque acá habla Redrado, Cristina, Boudou, Patronelli, Abbondanzieri, o sea, acá pasan cosas, y Haití quedá allá. La noticia pasa por el gendarme argentino que murió debajo de los escombros de lo que era la sede de la ONU, o por sus miembros, el arzobispo y los cascos azules.

Miami queda ahí nomás de Haití, y convengamos que si la tierra hubiese temblado allí, aunque no hubiera más que un puñado de víctimas, sería noticia en todos los medios. Pero Haití es apenas un tercio de la isla La Española, un lugar conocido por ser el más pobre de América y uno de los más pobres del mundo, recordado quizás por ser centro de devastación de huracanes en los últimos años, nunca reconocido por ser el primero en el cual los esclavizados se rebelaron y acabaron con la esclavitud.

Un lugar en el cual el 80% de la población vive en la más absoluta pobreza, esa que no conocemos, que recién se estaba empezando a recuperar del último huracán de 2009 y se encontró en pocos segundos con su pequeño universo destruido. Admitamos que si hay algún dios tiene un extraño sentido del humor.

No hay que ser demasiado detallista para ver que algo no está del todo bien en este planeta, sin teorías apocalípticas ni ecologismo extremo, sólo con leer algunos diarios y tener un poco de memoria de los últimos años. Con un simple recuento queda en evidencia que en la última década murió mucha más gente por catástrofes naturales que en la Primera Guerra Mundial. No le quiero dar ideas a Emmerich, pero parece que habría que mirar un poco para adentro antes de echarle la culpa al sol, a la única especie que destruye su propio hábitat.

Casualmente hace poco estuve leyendo algunas conclusiones publicadas en el Congreso de Geología realizado en Londres en septiembre de 2009, en el cual se establece la relación entre el cambio climático y la actividad geológica, y relevando algunos datos parece evidente el crecimiento exponencial de la actividad sísmica.

No quiero parecerme a Al Gore y mucho menos olvidar que la pobreza de Haití, y de tantos lugares que, casualmente, han sido los más afectados por la naturaleza, como algunos países de la costa asiática, es una cuestión política, como lo es la poca relevancia que el tema tiene para los medios. Pero una cosa no quita la otra, más bien suma. Países más pobres no sólo tienen una infraestructura mucho más expuesta a la destrucción sino que no cuentan con los recursos para sobrellevar la crisis y recuperarse de ella. Es humanamente vergonzante que los dos hospitales de Puerto Príncipe, como casi toda la ciudad, hayan colapsado y aún, a 24 horas, estén esperando que de otros países llegue ayuda sanitaria y maquinaria que les permita encontrar sobrevivientes y remover escombros. Pero también lo es que, antes del sismo, un tercio de la población dependiese de la ayuda económica que le envían sus familiares desde esos otros países.

Algo no está del todo bien en este planeta, en gran parte es metástasis de un sistema ya histórico, pero le agregamos un virus letal: la reacción del otro sistema, el natural, que funciona como palillos chinos y al que le quitamos su base.

No sé si el mundo se acabará en 2012, pero parece que Emmerich tiene razón, sólo los más poderosos están en condiciones de ponerse a salvo del diluvio.