sábado, febrero 02, 2008

El tiempo está a favor de los pequeños

Hace ocho meses el mundo era dialéctico, mis pasiones se repartían entre política internacional y enseñanza, noticieros y pizarrones, fútbol y cine, adolescentes y algún adulto o similar.
Hace ocho meses el asesinato de Benazir Bhutto, la política fascista en la Franja de Gaza o el circo de la valija hubieran ocupado el centro de mi atención.
Hace ocho meses Cielo se instaló en mi casa y en mi vida. Tenía entonces diez meses y el dedo en la boca.
En esos diez meses conoció la desatención, violencia, y, finalmente, el abandono. No un abandono estridente, ni abrupto, ni siquiera declamado, sino la última etapa de algo que se gestó al mismo tiempo que ella.
Nos encontramos ambas, unidas por lazos de sangre y algo más, en uno de esos momentos en los cuales no hay alternativas y no sirven las palabras y los juicios, somos lo que hacemos.
Haciendo, hace ocho meses, Cielo se instaló en mi casa y en mi vida.
En poco tiempo revolucionó todo, tras trece años desde los últimos pañales ya había olvidado cuánto cambia la vida cuando un bebé irrumpe en ella.
Inevitablemente recordé la escena de Look who's talking (Mira quién habla) en la cual, con la incomparable voz de Janis Joplin y su Cry, baby de fondo, Kristie Alley llena la mamadera de café, sólo que yo la llené de yerba.
Cuando llegó a mí aún no decía ni una palabra, se refugiaba en su dedo en la boca, hoy habla hasta dormida (literalmente).
Con ella "retrocedí" desde el discurso a la palabra, ya no puedo ver el bosque porque debo enseñarle cómo se llama cada árbol, y para eso primero tengo que verlo yo.
Hoy me contagia su fascinación por los nombres, por nombrar, por saber "cómo se dice", y de ese modo ir dándole forma y sentido al mundo socializado, y a ella en él.
"Ella tiene miedo de no saber nombrar lo que no existe", decía Alejandra Pizarnik, y la veo en Cielo, en su pequeña voz y su mirada ansiosa cuando pregunta "¿ete?" a cada paso, esperando el nombre, el sustantivo, el verbo, no importa, sólo esperando poder aprehenderlo desde la palabra.
Y me sorprendo una y otra vez por la ausencia absoluta de frustración, no existe el fracaso, sólo ensayo y error. No sé en qué estúpido momento aprendemos a avergonzarnos de nosotros mismos, a compararnos con lo que debería ser y asustarnos. No sé en qué inútil eslabón de crecimiento los fracasos no enseñan más que el hecho en sí de fracasar, y nos quedamos ahí. Cielo aún no llegó allí, y si es más sabia que yo, nunca llegará.
Mi vida bloguera, como todo lo demás, se alteró, incluyendo en el proceso una mudanza a un lugar más apropiado. Lentamente voy acomodando mis días a sus 24 horas, y, aún cuando desde mi adolescencia supe lo que es incluir un bebé en la vida, admito que no me resultó tan sencillo, quizás porque no tuve nueve meses para prepararme, sino apenas unos días para decidir.
Pero todo esto, que a nadie le importa, es sólo una introducción, quizás una explicación (que él no necesita), o simplemente el pie necesario para agradecerle a Cinzcéu por no permitir que haya agua estancada Antes de la lluvia.

martes, enero 22, 2008

En este país no se puede comprar

Alguna vez expliqué por qué en este país no se puede techar y ahora intentaré dar cuenta de por qué, según se me refiere, tampoco se podría comprar un techo.
Hace pila de meses que un amigo cercano intenta comprar un departamento chico en zona norte de Buenos Aires, ya sea en el distrito federal o en jurisdicción provincial. Le resulta poco menos que imposible a valores racionales. Voy a centrarme en un único inmueble porque esto es un breve artículo y no una extensa denuncia. Hablamos de una unidad pequeña, económica, en un barrio popular cotizado pero alejado de toda locación estelar.
En agosto de 2007 el agente inmobiliario que hizo pública la oferta, respondía que para empezar a mostrarlo esperaba que se mudaran los actuales habitantes y que si así no fuere arreglaría para mostrarlo aunque siguiera ocupado. La opción para el comprador era volver a llamar en un tiempo incierto; nunca que lo llamaran.
A la semana, el boludo con su dinerillo en mano vuelve a llamar y le dicen que la unidad ya no está en venta porque el dueño se arrepintió y va a seguir alquilando el inmueble.
Días más tarde el departamento vuelve a publicarse a la venta pero cuando el gilastro vuelve a llamar, el pirata intermediario dice que el propietario decidió venderlo a su sobrina.
Un par de meses después, el mismo agente vuelve a publicar la venta del mismo departamento. ¿En qué quedamos? Mi amigo le vuelve a comunicar que está interesado y quisiera visitarlo, pero no hay respuesta alguna. Cero.
A principios de 2008 vuelve a aparecer el aviso de venta. El interesado responde por mail, bajo otro nombre (porque francamente se hinchó los huevos y ya se pregunta si hay un tema de discriminación o qué): "Desde hace más de cuatro meses que queremos visitar el departamento y no hemos tenido respuesta. ¿Realmente lo quieren vender? Por favor, responder a esta dirección".
Unos días más tarde, el imbécil agente al fin responde con una redacción infantil que elude todo criterio de vínculo comercial: "Buen día, el depto estuvo publicado con guardia varios fines de semana ambos días. en este momento esta reservado, en negociación. Comunícate con nosotros en unos días y vemos que sucedió."
El mismo día se expanden las líneas de acción e investigación y mi amigo pide a su hermano que haga (y efectivamente hace) una contraoferta concreta y atendible por el 90% del precio publicado, a conversar. El agente la rechaza con el argumento de que no hay negociación alguna por debajo del precio publicado pero no de que se halle reservado, en negociación (¿sería negociación por sobre la oferta?). Es decir, nada de nada, excepto la mentira.
Mi amigo responde así al mail anterior: "No me comunicaré a sus teléfonos 'en unos días y vemos que sucedió', sencillamente porque yo vengo a ser el posible cliente con dinero en mano y ustedes, apenas, el intermediario y/o corredor. Me gustaría que ustedes se comunicaran conmigo, siempre que no les resulte demasiada molestia. Hace ya casi tres meses les comuniqué vía mail que estaba buscando departamento en la zona y les informé que me interesaba ver esa unidad y contaba con determinado dinero en mano. No se dignaron responderme. Hoy cuento con un capital un poco mayor porque mientras ustedes no me respondían y aparentemente decidían si querían o podían venderlo yo seguí produciendo ingresos. Por lo tanto, no esperen que yo los llame 'en unos días' y respondan a esta dirección si están dispuestos a valorar mi interés y mi oferta contado efectivo. Por supuesto, me gustaría ver antes el inmueble, cosa que hasta hoy no he podido. Les aclaro que no compro el diario todos los fines de semana, durante meses, para ver si publicaron con guardia ese dpto. u otro. Estimo que si me contacté con ustedes en tanto oferente y posible comprador, por la vía que ustedes proponen, me responderían en tiempo y forma en la medida que les interesara venderlo. De hecho, yo no publicaría con guardia antes de responder a los ya interesados pero, claro, yo no soy corredor inmobiliario. Espero (y espero que no sea en vano) su respuesta. Gracias".
Varios días después, el corredor le responde la siguiente estupidez: "Buenos días, de acuerdo a su mensaje, no quiere comunicarse con nosotros vía telefonica. Le propongo que se acerqué a nuestras oficinas para conversar personalmente una posible negociación del inmueble. De no ser así lamento no poder sastifaser sus requisitos. Las entrevistas se concretan solamente vía telefónica".
Mirá vos: un pelotudo de manual trucho que no lee (y no escribe: basta ese "sastifaser") y no vende ni a su puta hermana por veinte pesos.
Ahora bien, mi amigo no se queda en este diálogo absurdo con un ridículo que dice ser corredor, no trabaja y pretende cobrar al comprador casi el triple (un 4% del valor del inmueble) de la máxima comisión que prescribe la normativa vigente. Investiga un poco aquí y allá y da audazmente con la next door girl del inmueble de marras que atenta y amable le informa: "Hasta dónde sé, es un departamento con bastantes complicaciones jurídicas. Los chicos que alquilaban antes lo quisieron comprar y fue un re-lío. Parece que lo heredó alguien que no tiene los papeles, pero lo quiere vender porque necesita la plata. Si no me equivoco pedía el efectivo y cuando estuvieran los papeles recién ahi escriturarían. Los chicos estos no se animaron".
A ver si entiendo y puedo resumir un poco el caso: a) el inmueble no sería vendible porque quien pretende venderlo no es su titular legal; b) pero necesita el dinero ya (quién no) aunque no cuenta con el título de propiedad; c) pero no estaría dispuesto a negociar un centavo del precio que fijó en tanto falso dueño; d) y un pirata inmobiliario miente y miente y a la vez se reserva el derecho a una comisión casi tres veces ilegítima por la intermediación de compra de un inmueble que no está en condición de escriturarse.
¿Será realmente así? ¿O sólo estaré alucinando una fuerte lluvia que va a caer?

lunes, enero 14, 2008

Gente de primera

Mi familia es un dibujo, como lo es toda familia. Tengo familia por parte de padre y familia por parte de madre, como corresponde a todo sujeto bien nacido. Debo aclarar que no tengo tíos ni primos hermanos, esas categorías tan habituales que sirven para discutir sobre política o sobre fútbol en las reuniones de fin de año. Mi familia es un dibujo único, digamos un solo cuadro de historieta, sólo ampliable por remisión a otras historietas, paralelas, lejanas y, por qué no, casi ajenas.
Y después tengo otras cosas, como por ejemplo, familias que uno hereda por amistad histórica y elige por mera y llana afinidad. ¿Afinidad? Quizás, no sé, tal vez sea una afinidad activamente construída que ha hecho de nosotros parte de lo que somos. Familias amigas de familias allá hace cien años, ¿qué importa cómo se originó un parentesco? Los años 60 ya son, también y para algunos, historia; son años fundantes de ciertas cosas.
There was a house in Villa Urquiza que para mí era una rotunda maravilla. Era una casona de, entonces, más de medio siglo (un siglo ya no es lo que era) situada en el centro de un lote doble, lo que permitía rodearla mediante sendos pasillos a su izquierda y derecha, poblados de maleza. Al frente, un pequeño jardín y al fondo, unos cuantos metros de terreno; ambos descuidados y librados a cierta proliferación de la vida silvestre. Al fondo del fondo, donde la cosa ya se me confundía con imágenes de Daktari, un gallinero o los restos de lo que supo ser.
La casa era enorme, dos veces enorme para mi petisa percepción infantil, y tenía olores que por entonces yo no conocía. La casa tenía olores a cagada de cotorra y de tortuga (había una cotorra y un tortuga), a condimentos que los humanos usaban en sus cocciones, a historia y a vegetales y a novedades y a otra vida. Vivían allí la abuela Blanca -que no era mi abuela de sangre pero así la llamábamos- y sus dos hijos solteros: Susana, mi madrina, y el Bebe, sin contar a otros cuantos animales.
Hay recuerdos que uno pierde con los años, por irrelevantes o por pelotudos. Y otros que uno recupera cuando quiere, al menos en lo que haría de ellos esenciales. Yo aún veo esa oscura puerta de cocina que conduce al fondo agreste, esa hierba demasiado crecida, esos bichos viviendo por ahí.
Veo también al Bebe, dentista entre otras cosas, accediendo a mi capricho infantil de tratarme en su sillón de dentista y huelo el olor característico -pero entonces nuevo- de la amalgama. Y lo veo haciendo música sentado al viejo piano y lo veo abriendo a mis ojos la maravilla de un nimio sótano que a mí se me figuraba cual cripta de Tutankamón.
Y a Susana la veo más allá de la casa, siempre atenta a mis cumpleaños y produciendo unas tarjetas locas, escritas en círculo y/o en los márgenes, llenas de magia desafiante, destinadas a ponerme a pensar. Y la veo en mi casa, cocinando scons mientras mi madre vuelve de parir a mi querido hermano. Y la veo regalándome libros infantiles en inglés y otras cosas raras que 40 años después, aún conservo y uso (¿quién regala a un niño de los 60 una lupa de siete aumentos con iluminación a pila?).
Susana y el Bebe no son mi familia de sangre, pero la pucha si son parte de mi familia de vida.
El otro día, el Bebe me cuenta que Susana hace tiempo que está muy mal, que ya no es la que era. Los años no vienen solos pero me cago en esos años que traen tristeza y dolor. No es justo. Obviamente, no hay justicia alguna para estos asuntos de la vida. Susana y el Bebe son de esa gente de primera que uno jamás querría que pasen por el más mínimo sufrimiento ni dolor. Pero al fin pasan, porque por ahí al fin pasamos todos, más temprano que tarde, y a mí no deja de dolerme en un alma en la que no creo.
Tal vez un poco cobarde pero sincero, yo prefiero seguir pensando en esa loca vital que es mi madrina, capaz de sorprenderme cada vez y de enseñarme, con un solo gesto, que aún hay cosas por vivir y por hacer antes de la lluvia.

martes, enero 01, 2008

Esto no es un post

Es un mero recurso técnico para que el contador de este mes muestre un 2 (dos) en correspondencia con los 2 (dos) artículos publicados.

lunes, diciembre 31, 2007

Fechas, ritos y otras supersticiones

Fin de año, nochevieja, año nuevo, felicidades. Pocas cosas son tan arbitrarias como esa marca cronológica que pauta el cambio de año. No importa con qué tuviera que ver la fecha en sus orígenes, está signada por el carácter ya absurdo de toda supuesta motivación.
El 1 de enero carga con las huellas del nuevo amanecer pero no puede justificar el parentesco con tal fenómeno astronómico diario. Carga con las huellas del renacer primaveral pero no puede justificar el vínculo con ciclo biológico ninguno. El 1 de enero es ciento por ciento cultural y dice a gritos su ruptura con eso que se llama naturaleza.
No obstante, vivimos el pasaje de año como una fatalidad cósmica y lo aprovechamos para ordenar nuestras vidas, proyectar diversos e improbables cambios y prometer a nuestros semejantes que, ahora, sí. Como si una fecha caprichosa pudiera producir efectos en nuestras vidas. O sí. Probablemente sí.
Es evidente que somos como el zorro que pergeñó Antoine de Saint-Exupéry (El principito, Emecé, Buenos Aires, 1974):
-Hubiera sido mejor venir a la misma hora -dijo el zorro-. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un rito? -dijo el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días; una hora de las otras horas. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. El jueves bailan con las muchachas del pueblo. El jueves es, pues, un día maravilloso. Voy a pasearme hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De allí, también, aquello del cumpleaños y del aniversario que tantos mortales viven, año tras año, como días especiales, anormales, extraordinarios. Y, en general, de toda conmemoración: hay la necesidad de ritmar alegrías y tristeza, euforia y depresión, dolores y esperanza, de inscribir en el calendario qué día y a qué hora corresponde qué cosa. Por eso el año nuevo llega siempre en fecha, como a pedir de boca del ansioso del zorro. Felicidades.
Acarrea, por supuesto, negocios a su alrededor como todo fenómeno en la era capitalista. Por ejemplo, la venta de caros repuestos de agenda que, desde hace años, prevén un año de quince meses que va de enero a marzo. Obviamente, no existe su complemento de abril a diciembre y, año tras año, se debe pagar por un 25% de papel impreso redundante e inútil. Pero uno cambia su agenda, es un rito -dijo el zorro-, y sus fabricantes, paradójicamente, en diciembre hacen su agosto.
En Buenos Aires y sus suburbios, mientras brindemos y tiremos cuetes al aire, aumentará el costo del transporte público: fecha bisagra cultural y económica, el que va hacia el festejo no pagará lo mismo que el que regresa en virtud de cierta transformación (alrededor de un 20%) nada espiritual que opera este nuevo año.
La televisión cambia sustancialmente en esta fecha que establece el límite preciso entre los compilados retrospectivos del año que se va y las reposiciones de viejos programas hallados en una lata. La gente de la televisión parece salir de vacaciones en masa y sólo atina a dejar los equipos encendidos mientras toman el sol.
Entretanto, medran el pan dulce y el turrón y la sidra. Y el arbolito y la guirnalda (¡ah, la guirnalda!) que engalanan espacios tanto públicos cuanto privados para indicar que no todo puede ser, durante todo el año, más de lo mismo.
Y el cierre de cosas que no cierran ni a palos para poder insistir, en enero, con viejos errores y fracasos pero travestidos de nueva etapa.
Pero, claro, ¿quién no es al menos un poco como el ansioso zorro defensor de los ritos?, ¿quién no disfruta unos jueves de paseo sabiendo que los cazadores bailan? Hasta dios descansó rigurosamente el día séptimo cuando, cuentapropista y monopolista, pudo haber respondido antes al auténtico cansancio (crear el mundo no es poca cosa) que al ritmo sobrenatural de un franco hebdomadario fijo.
Hablando de semanas, el año tiene cincuenta y dos que terminan justo hoy, 31 de diciembre, y este sitio tenía, hasta la fecha, apenas cincuenta y una entradas en el período. ¿Cómo renunciar a la media de un artículo semanal cuando tal número redondo estaba al alcance del teclado?
Será que estamos a fin de año y uno quiere emprolijar las cuentas porque algo viejo termina y algo nuevo comienza. Y que, ahora, sí. O no. Probablemente no.
Pero un rito es un rito y una fecha es una fecha. Por lo tanto, valgan los tradicionales deseos de felicidad y prosperidad para 2008.
Y de que, al menos durante el año que empieza, se postergue esa lluvia que va a caer.

sábado, diciembre 22, 2007

Hogar libre de fascismo

Hoy me llegó la factura de Edesur. Edesur -Empresa Distribuidora Sur S.A., es decir, un invento jurídico- es el monopolio que provee de energía eléctrica a la región urbana en la cual resido. Cuando entro a mi casa, un departamento accesible mediante pasillo a cielo abierto, preside mi trayecto la estrella de Edenor -Empresa Distribuidora y Comercializadora Norte S.A.- cuyas oficinas centrales y cartelón luminoso que alumbra mis retornos al hogar está a doscientos metros, dentro de la zona que monopoliza Edesur. Ok, yo tampoco lo entiendo.
Edesur me ha enviado su última factura por unos económicos $ 23,63 -u$s 7,50- que habría consumido durante todo un bimestre. No me interesa discutir tal pequeño importe sino el curioso fenómeno por el cual la empresa acompaña el envío de su facturación con un creciente número de publicidades. Muchas, cada vez más.
1) La propia factura hace años que incluye al pie un aviso de Missing Children en Argentina. No quisiera desarrollar hipótesis alguna acerca de una institución que no conozco ni investigué; sólo señalar que en el envío de hoy se requiere información sobre una tal Laura del Rosario Orona de 18 años. Convengamos que se trata de una big girl but not a child pero lo curioso es que la mala fotografía remite a una niña que difícilmente supere los 10 años.
2) También dentro de la propia factura, Cinemark y Edesur me invitan a utilizar seis cupones para acceder a salas de cine con descuento: entre $ 8 y $ 11 por una entrada más un pochoclo (sic). La oferta empezó hace 40 días y recién me avisan hoy, pero aún tengo otras 40 jornadas antes de que caduque. Qué bien. Gracias.
3) Más abajo, en el talón que se quedaría el banco si yo pagara en un banco, la factura incluye una oferta de préstamo de un tal Banco Columbia -otro evidente invento jurídico- según la cual podría obtener $ 500 y pagarlos durante seis meses con un costo financiero total del 21% que más o menos duplica la inflación según las mediciones extraoficiales y la cuatriplica o quintuplica según los falsos índices oficiales.
4) El envío suma un folleto de La Caja que me ofrece un seguro automotor para un automóvil que no tengo ni tendré y me promete el obsequio de un bolso Primicia con carrito que sinceramente no preciso. Creo, porque hay tantas notas al pie en letra ilegible que quizás no sea así sino todo lo contrario.
5) También se me remite el newsletter bimestral de noviembre/ diciembre que por alguna razón me llega a diez días del año siguiente. En un arranque de creatividad publicitaria se denomina "Comunicándonos con Ud." -algún día relevaré cuán pelotudos son todos los nombres de newsletters. Hay que decir que semejante cosa al menos informa: la cuestión legal acerca del negligente PUREE -Programa de Uso Racional de la Energía Eléctrica-, los consumos estimados de diferentes aparatos domésticos.
6) Y acá quería llegar, porque de esto quería hablar. El envío incluye un pack de dos autoadhesivos circulares que, en un arrebato de ignorancia, denomina calcomanías. Ambos están rubricados por el Ministerio de Salud, Presidencia de la Nación. Uno reza "En mi habitación no se fuma" y remite al sitio gubernamental www.libresdetabaco.gov.ar. Edesur invita: "Ingresá a la web joven contra el tabaco". Ajá, hay una web joven contra el tabaco con extensión gov.ar. Es decir, sostenida por un gobierno viejo y pagada con el trabajo de todos. Y orientada a la caterva de lúmpenes mantenidos a los que se pide pegar un adhesivo en la puerta del cuarto que aún usurpan en casa de sus padres, quienes pagan todos los gastos.
7) Pero el segundo autoadhesivo es más claro y fascista. El círculo celeste encierra una blanca casita muy infantil y el slogan oficial sentencia: "Hogar libre de humo de tabaco". Edesur agrega la prescripción: "Despegá la calcomanía y pegala en la entrada de tu casa". Ni en pedo.
8) Todos tenemos el derecho de no aceptar que se fume en nuestros hogares. Puertas adentro de la casa se desarrolla eso que se denomina privacidad e incluso intimidad. Así como algunos no fuman ni permiten que se fume, otros encienden velas a tal o cual virgen, prescriben normativas alimentarias y/o establecen límites horarios al acceso.
9) Ahora bien, resultaría curioso -por no decir fascista- que el gobierno estimulara que en los accesos a las viviendas particulares se colocaran letreros que dijeran: "acá sólo se es devoto de la virgen desatanudos" o "en esta casa no se permiten fiambres ni embutidos". Y que Edesur se prendiera cual alegre partícipe, como si tuviera algún rol social- moral- religioso más allá del de brindar y facturar la provisión de electricidad.
10) Hay algún pasaje bíblico que no soy capaz de citar, en el cual la exposición pública de una marca diferencial inscripta en la puerta de la casa pretendía salvar al hogar de no sé qué cosa. Ok, adelante, inscriban lo que quieran. Pero déjenme decir que cuando el Ministerio de Salud de la Nación impulsa semejante inscripción y apuesta a la movilización de masas -rasgo fascista vital- detrás de tal superstición y distinción de corte totalitario, algo está muy mal.
Entre tanto, la gente vota a Fernández, a Scioli, a Macri, y le importan tres carajos estas sutilezas que aquí intentamos decir. Y está muy bien.
Pero no se diga que no dijimos cuándo, por qué y de qué manera nos iba a llover.

domingo, diciembre 09, 2007

Lanús, Tigre, Arsenal

El fin de año futbolístico sorprende al medio argentino con tres novedades en medio de la mediocridad: Lanús, Tigre, Arsenal.

Quería escribir sobre Lanús desde hace un par de meses, con independencia del resultado final del certamen. Mucho se ha dicho acerca de que desde la asumida profesionalización del fútbol local en 1931, los primeros 36 campeonatos, entonces anuales, se los repartieron los únicos cinco clubes grandes. Quizás por aquello de que a nadie -excepto a mí- importa el subcampeón, poco y nada se ha dicho acerca de que, por veinte años, esos cinco grandes también se repartieron todos los subcampeonatos. En 1951 Banfield rompió la regla y obligó a Racing -a la postre tricampeón- al desempate para definir el torneo. Cinco años después, Lanús puso en jaque a River -que arrasó la década- y terminó subcampeón a un par de puntos. Y nada más(*). Hasta que en 1967 se reformuló el calendario futbolístico y Estudiantes de La Plata pateó todos los tableros y abrió la historia moderna del fútbol de esta región.
Iba a escribir sobre aquel Lanús de 1956 y su famosa línea media de Nicolás Daponte, Héctor Guidi -un centrojás que inscribió su nombre en una calle de la ciudad- y José Nazionale, que tiraba caños a los forwards contrarios dentro de su propia área. Y también sobre el exquisito Dante Lugo y los juveniles Alfredo Rojas y José Ramos Delgado, luego figuras de Boca, River y la selección nacional. Pero al fin no escribí. También iba a escribir sobre otro Lanús que hacia la segunda mitad de los 60 brilló de fútbol y goles con Héctor Minitti, Martín Pando -después el propio Ramón Cabrero, hoy artífice del campeonato- Manolo Silva, Bernardo Acosta y Juan José De Mario en el ataque. Pero tampoco escribí. Ni siquiera escribí sobre el Lanús que en 1996 ganó la Copa Conmebol, un mal invento comercial que no puede opacar el mérito deportivo de sus players.
Este Lanús a mí no me sorprende aunque su triunfo me alegra. La base del equipo viene jugando buen fútbol al menos desde que hace dos años Cabrero asumiera su dirección. Hace año y medio fue merecido subcampeón y un año atrás le estropeó a Boca el ya vendido tricampeonato en la mismísima Bombonera -después Estudiantes se encargó de demostrar quién era el mejor. Para este último torneo, fue el equipo que entre altas y bajas hizo menos cambios en su plantilla: cinco vs. cinco. Un plantel que equilibra veteranos con mayoría de juveniles y que está fuertemente identificado con el club, la ciudad y la historia. Como se cansó de repetir Diego Valeri, salir campeón junto a los amigos no tiene precio -para todo lo demás hay una tarjeta...-, y como dijo Cabrero, quienes hoy festejan son sus vecinos de más de medio siglo.
Un equipo titular, según la vieja usanza: Bossio; Ribonetto y Hoyos; Graieb, Pelletieri y Velázquez; Blanco, Fritzler, Sand, Valeri y Acosta. Y Aguirre, Biglieri, Salomón, Benítez, Quintana, Lagos, etc.

No hay antecedente de un subcampeón del fútbol argentino que recién hubiera accedido a primera división tras 27 años de militar en el ascenso. Hace dos décadas Rosario Central fue campeón en el mismo año de su regreso pero había jugado apenas una temporada en la segunda categoría. Tigre lo hizo. Sorprendió con su ansiado ascenso ganándole la promoción a Chicago en Victoria y en Mataderos, pisó fuerte en la primera fecha derrotando a Gimnasia en La Plata y no se bajó de su pretensión de fútbol ordenado y efectivo hasta la última fecha del torneo. Dio un ejemplo a tanto plantel carísimo y a tanto equipo pijotero: durante todo el torneo puso tres en defensa y soltó tres -a veces dos y medio pero a veces cuatro- en ataque.
Cuando todo el periodismo deportivo hablaba de Independiente y Boca -en ese orden-, Tigre jugaba y sumaba. Cuando todos hablaban de las inciertas posibilidades de River, San Lorenzo y Racing, Tigre jugaba y sumaba. Cuando todos hablaban de Boca y Lanús -en ese orden-, Tigre jugaba y sumaba. Terminó siendo el único rival de fuste en la disputa del torneo mientras los cinco grandes ya se asesinaban en sus internas mafiosas, traspasaban sus negocios electorales, se disgregaban en sus crisis terminales y/o jugaban un mediocre fulbito de metegol.
Un equipo titular: Islas; Ferrero y Blengio; Morero, Castaño y Martínez; Ayala, Galmarini, Lazzaro, Rusculleda y Ereros. Y Morel, Diz, Alessandria, Pappalardo, Torres, Giménez, etc. Y un detalle relevante: la numeración del 1 al 11, otrora rigurosa y hoy fuera de control, en Tigre ha sido la regla de su formación: con apenas un par de excepciones, Tigre fijó de antemano los números titulares en las espaldas del equipo que sería y fue titular.

Arsenal de Sarandí está sospechado y no es para menos: es el club fundado por Julio Grondona (Sr.) -presidente de AFA desde hace tres décadas, vicepresidente de FIFA, mafioso reconocido, artífice de la cesión de todo el fútbol a un puñado de tránsfugas del cual es el jefe indiscutido- y está presidido por Julio Grondona (Jr.). Pero yo quiero creer que los jugadores del club no son agentes de la camorra sino auténticos futbolistas que quieren ganar, deportivamente y en la cancha.
Arsenal ha obtenido por primera vez un título internacional -aún se debe uno nacional en primera división- y ha barrido en el camino a varios grandes: San Lorenzo, el entonces último campeón local; un chico pero del país del mejor fútbol: Goiás; River, un grande que no clasifica a la Sudamericana porque, de tan grande, es invitado vitalicio; el popularísimo América de México. Ningún equipo atraviesa invicto tales instancias -sólo cayó contra América en la segunda final y fue campeón por cuestión de goles- si no tiene orden, juego, fútbol.
Arsenal se coronó campeón de una Copa de bajo valor futbolero pero que Boca abandonó en la primera fase, River resignó en su propio estadio y Sao Paulo -como aquella zorra que no alcanzaba las uvas- dice que no quiere jugar más.
Un equipo titular: Cuenca; Mosquera y Matellán; Gandolfi, Casteglione y Díaz; Villar, San Martín, Calderón, Gómez y Yacuzzi. Y Andrizzi -héroe del partido decisivo-, Raymonda, Biagini, Damonte, Garnier, Espínola, etc. Y un detalle referido a juveniles y veteranos, uno de los puntas que salió a disputar el título casi duplica la edad del otro: la experiencia de José Luis Calderón suma 37 años; el atrevimiento de Alejandro Gómez, apenas 19.

Lanús, Tigre, Arsenal. Tres maneras de trabajar en serio, de dar tiempo al tiempo sin desesperar, de atender a objetivos sin histeriquear. Tres lugares para observar -en eslabones menores de la misma cadena, por supuesto- que pese a los grandes negociados, sus nominaciones publicitarias, sus automotrices japonesas, sus monopolios mediáticos y sus múltiples ramificaciones mafiosas, al fin de cuentas el fóbal se juega en una cancha, once contra once hombres, con una pelotita de por medio.
Tres razones para alzar una copa pese a que, más temprano que tarde, los restos del buen fútbol terminen arrasados por la lluvia.

(*) Fe de errata del 23/12/07. Entre 1951 y 1956, hubo otro subcampeón fuera de los cinco grandes: el gran Vélez Sársfield de 1953.