El fin de año futbolístico sorprende al medio argentino con tres novedades en medio de la mediocridad: Lanús, Tigre, Arsenal.
Quería escribir sobre
Lanús desde hace un par de meses, con independencia del resultado final del certamen. Mucho se ha dicho acerca de que desde la asumida profesionalización del fútbol local en 1931, los primeros 36 campeonatos, entonces anuales, se los repartieron los únicos cinco clubes grandes. Quizás por aquello de que a nadie -excepto a mí- importa el subcampeón, poco y nada se ha dicho acerca de que, por veinte años, esos cinco grandes también se repartieron todos los subcampeonatos. En 1951 Banfield rompió la regla y obligó a Racing -a la postre tricampeón- al desempate para definir el torneo. Cinco años después, Lanús puso en jaque a River -que arrasó la década- y terminó subcampeón a un par de puntos. Y nada más
(*). Hasta que en 1967 se reformuló el calendario futbolístico y Estudiantes de La Plata pateó todos los tableros y abrió la historia moderna del fútbol de esta región.
Iba a escribir sobre aquel Lanús de 1956 y su famosa línea media de Nicolás Daponte, Héctor Guidi -un centrojás que inscribió su nombre en una calle de la ciudad- y José Nazionale, que tiraba caños a los forwards contrarios dentro de su propia área. Y también sobre el exquisito Dante Lugo y los juveniles Alfredo Rojas y José Ramos Delgado, luego figuras de Boca, River y la selección nacional. Pero al fin no escribí. También iba a escribir sobre otro Lanús que hacia la segunda mitad de los 60 brilló de fútbol y goles con Héctor Minitti, Martín Pando -después el propio Ramón Cabrero, hoy artífice del campeonato- Manolo Silva, Bernardo Acosta y Juan José De Mario en el ataque. Pero tampoco escribí. Ni siquiera escribí sobre el Lanús que en 1996 ganó la Copa Conmebol, un mal invento comercial que no puede opacar el mérito deportivo de sus players.
Este Lanús a mí no me sorprende aunque su triunfo me alegra. La base del equipo viene jugando buen fútbol al menos desde que hace dos años Cabrero asumiera su dirección. Hace año y medio fue merecido subcampeón y un año atrás le estropeó a Boca el ya vendido tricampeonato en la mismísima Bombonera -después Estudiantes se encargó de demostrar quién era el mejor. Para este último torneo, fue el equipo que entre altas y bajas hizo menos cambios en su plantilla: cinco vs. cinco. Un plantel que equilibra veteranos con mayoría de juveniles y que está fuertemente identificado con el club, la ciudad y la historia. Como se cansó de repetir Diego Valeri, salir campeón junto a los amigos no tiene precio -para todo lo demás hay una tarjeta...-, y como dijo Cabrero, quienes hoy festejan son sus vecinos de más de medio siglo.
Un equipo titular, según la vieja usanza: Bossio; Ribonetto y Hoyos; Graieb, Pelletieri y Velázquez; Blanco, Fritzler, Sand, Valeri y Acosta. Y Aguirre, Biglieri, Salomón, Benítez, Quintana, Lagos, etc.
No hay antecedente de un subcampeón del fútbol argentino que recién hubiera accedido a primera división tras 27 años de militar en el ascenso. Hace dos décadas Rosario Central fue campeón en el mismo año de su regreso pero había jugado apenas una temporada en la segunda categoría.
Tigre lo hizo. Sorprendió con su ansiado ascenso ganándole la promoción a Chicago en Victoria y en Mataderos, pisó fuerte en la primera fecha derrotando a Gimnasia en La Plata y no se bajó de su pretensión de fútbol ordenado y efectivo hasta la última fecha del torneo. Dio un ejemplo a tanto plantel carísimo y a tanto equipo pijotero: durante todo el torneo puso tres en defensa y soltó tres -a veces dos y medio pero a veces cuatro- en ataque.
Cuando todo el periodismo deportivo hablaba de Independiente y Boca -en ese orden-, Tigre jugaba y sumaba. Cuando todos hablaban de las inciertas posibilidades de River, San Lorenzo y Racing, Tigre jugaba y sumaba. Cuando todos hablaban de Boca y Lanús -en ese orden-, Tigre jugaba y sumaba. Terminó siendo el único rival de fuste en la disputa del torneo mientras los cinco grandes ya se asesinaban en sus internas mafiosas, traspasaban sus negocios electorales, se disgregaban en sus crisis terminales y/o jugaban un mediocre fulbito de metegol.
Un equipo titular: Islas; Ferrero y Blengio; Morero, Castaño y Martínez; Ayala, Galmarini, Lazzaro, Rusculleda y Ereros. Y Morel, Diz, Alessandria, Pappalardo, Torres, Giménez, etc. Y un detalle relevante: la numeración del 1 al 11, otrora rigurosa y hoy fuera de control, en Tigre ha sido la regla de su formación: con apenas un par de excepciones, Tigre fijó de antemano los números titulares en las espaldas del equipo que sería y fue titular.
Arsenal de Sarandí está sospechado y no es para menos: es el club fundado por Julio Grondona (Sr.) -presidente de AFA desde hace tres décadas, vicepresidente de FIFA, mafioso reconocido, artífice de la cesión de todo el fútbol a un puñado de tránsfugas del cual es el jefe indiscutido- y está presidido por Julio Grondona (Jr.). Pero yo quiero creer que los jugadores del club no son agentes de la camorra sino auténticos futbolistas que quieren ganar, deportivamente y en la cancha.
Arsenal ha obtenido por primera vez un título internacional -aún se debe uno nacional en primera división- y ha barrido en el camino a varios grandes: San Lorenzo, el entonces último campeón local; un chico pero del país del mejor fútbol: Goiás; River, un grande que no clasifica a la Sudamericana porque, de tan grande, es invitado vitalicio; el popularísimo América de México. Ningún equipo atraviesa invicto tales instancias -sólo cayó contra América en la segunda final y fue campeón por cuestión de goles- si no tiene orden, juego, fútbol.
Arsenal se coronó campeón de una Copa de bajo valor futbolero pero que Boca abandonó en la primera fase, River resignó en su propio estadio y Sao Paulo -como aquella zorra que no alcanzaba las uvas- dice que no quiere jugar más.
Un equipo titular: Cuenca; Mosquera y Matellán; Gandolfi, Casteglione y Díaz; Villar, San Martín, Calderón, Gómez y Yacuzzi. Y Andrizzi -héroe del partido decisivo-, Raymonda, Biagini, Damonte, Garnier, Espínola, etc. Y un detalle referido a juveniles y veteranos, uno de los puntas que salió a disputar el título casi duplica la edad del otro: la experiencia de José Luis Calderón suma 37 años; el atrevimiento de Alejandro Gómez, apenas 19.
Lanús, Tigre, Arsenal. Tres maneras de trabajar en serio, de dar tiempo al tiempo sin desesperar, de atender a objetivos sin histeriquear. Tres lugares para observar -en eslabones menores de la misma cadena, por supuesto- que pese a los grandes negociados, sus nominaciones publicitarias, sus automotrices japonesas, sus monopolios mediáticos y sus múltiples ramificaciones mafiosas, al fin de cuentas el fóbal se juega en una cancha, once contra once hombres, con una pelotita de por medio.
Tres razones para alzar una copa pese a que, más temprano que tarde, los restos del buen fútbol terminen arrasados por la lluvia.
(*) Fe de errata del 23/12/07. Entre 1951 y 1956, hubo otro subcampeón fuera de los cinco grandes: el gran Vélez Sársfield de 1953.