Un mundo hecho mierda
Entre mucha pésima película que puede verse, reverse y volverse a ver a través de la televisión por cable, el otro día sufrí Hollywood homicide por la señal Space, con un predecible Harrison Ford en la piel de un policía bueno que va tras un negro malo. A todos los clichés de este cruce del policial malo con la mala comedia hay que sumar la última media hora de insoportable persecución que culmina, obviamente, con el héroe y el negro en un forcejeo patético sobre lo alto de un techo hasta que uno de los dos cae y se mata. No diré cuál de los dos a fin de no estropearle el final a quien incurra en mi error y la vea completa.
Excitado por tanto vértigo al reverendo cuete y en busca de algo que ameritara ser visto, he ido a parar, rato después, al canal Europa Europa, justo cuando iniciaba la emisión de Dealer (2004). No tenía la menor idea de qué sería pero la presentación me resultó inquietante y atractiva y me hizo gracia que el primer título en español tradujera el nombre del film sin plus de creatividad pero al menos con indiscutible rigor: "Dealer".
Pasé toda la película intentando descifrar en qué hablaban hasta que finalmente confirmé una de mis dos o tres hipótesis: era húngaro. El film está escrito y dirigido por el joven Benedek Fliegauf, más conocido y premiado de lo que mi ignorancia me permitía entonces imaginar.
Como es de esperar, el protagonista (sobria y justamente interpretado por Felícián Keresztes) es un dealer que recorre en bicicleta los alrededores de una aparente Budapest -en ningún momento es explícito y podrían ser los de cualquier ciudad contemporánea- repartiendo heroína, cocaína y hongos que porta en su riñonera pero, sobre todo, asistiendo y observando un mundo trágico y vacío del cual es parte constitutiva e inseparable. Y lento, porque en Dealer todo es lento, lentísimo. Debo confesarlo: si me hubiese enterado de que era un film de Europa del Este dominado por la lentitud, hubiera huído hacia unos viejos dibujos animados: así es el prejuicio. Pero si bien no suelo tolerar semejantes demoras descriptivas y narrativas, en este caso el film me atrapó y no pude dejar de mirar y escuchar durante sus dos horas y pico (137 minutos dice Europa Europa; otros afirman que son 130 ó 160: supongo que serán distintos cortes y no distintos relojes).
Unos colores lavados, por momentos casi nulos, sumamente fríos. Unos paisajes suburbanos o semirrurales vaciados de público, como abandonados. Unos fondos casi permanentes de efectos sonoros, una suerte de vientos sibilantes que se filtran por no se sabe qué hendijas y es difícil decidir si es brisa que se hace música o música que se hace brisa o ambas cosas o ninguna de las dos. Una estructura bastante clásica de periplo a través de espacios diversos y sufridos personajes como la que caracteriza el recorrido del detective cínico de la novela negra, sólo que aquí no hay reflexión irónica, ni estallido violento, ni objeto a indagar.
Unas escenas largas, muy largas, larguísimas, con la cámara girando muy lentamente alrededor de personas y objetos y personas-objetos porque, una vez que se entra al lenguaje propuesto por el film, ya resulta complicado establecer tal distinción. Y mientras el ojo de la cámara da vueltas, moroso e indeciso, como si buscara sin apuro el punto de vista que no acierta a encontrar, la escena se llena de la palabra dificultosa, entorpecida, dubitante, reiterativa de los personajes en cuestión. Palabra, más que diálogo, porque el dealer habla bastante poco e incluso deja sin respuesta aquellas interpelaciones para las que no podría haberla. El falso detective que nunca investiga se vuelve un pseudoanalista que nunca analiza y la palabra, que no devela nada, es sólo el soporte verbal de unos relatos íntimos y trágicos acerca de un mundo sin sentido.
El film tiene, entre muchos otros, un gran mérito: pivota su historia alrededor de un humilde traficante de drogas y algunos clientes a quienes provée pero no incursiona en los esperables temas de la adicción fatal, el tráfico impune, el flagelo social o el transitorio escape alcanzado mediante el consumo. Algo de esto aparece, aquí y allá, a nivel de superficie del film pero por sobre esas imágenes o palabras puntuales hay mucho más: presos de la vacuidad, la impotencia, el desencanto y la infelicidad están los actuales consumidores, los ex consumidores y los jamás consumidores.
Sugiere, contagia, una curiosa claustrofobia surgida en espacios muy amplios o muy abiertos pero, en definitiva, sin puerta de salida.
El dealer, ex adicto que hace tiempo dejó la heroína, se plantea abandonar también el tráfico. Pero ¿para qué? Hacia el final, cuando se le sugiere que con el dinero ahorrado podría viajar por el mundo, conocer nueva gente y renacer a otra vida, el dealer responde (o algo así, porque no sé húngaro y debo confiar en los titulados) que la cuestión es que se ha quedado sin ideas.
Recordé la frase con que una ex compañera de trabajo solía describir a un número creciente de sujetos a nuestro alrededor: "Están hechos mierda". Podría ser un buen título español de Dealer, para una de esas versiones que siempre se empeñan en trastocar las opciones autorales.
Aunque después de ver este interesante film, uno está tentado de utilizar la primera persona del plural. Porque una de las cosas que Dealer relata es que este mundo ya se nos ha largado a llover.
Excitado por tanto vértigo al reverendo cuete y en busca de algo que ameritara ser visto, he ido a parar, rato después, al canal Europa Europa, justo cuando iniciaba la emisión de Dealer (2004). No tenía la menor idea de qué sería pero la presentación me resultó inquietante y atractiva y me hizo gracia que el primer título en español tradujera el nombre del film sin plus de creatividad pero al menos con indiscutible rigor: "Dealer".
Pasé toda la película intentando descifrar en qué hablaban hasta que finalmente confirmé una de mis dos o tres hipótesis: era húngaro. El film está escrito y dirigido por el joven Benedek Fliegauf, más conocido y premiado de lo que mi ignorancia me permitía entonces imaginar.
Como es de esperar, el protagonista (sobria y justamente interpretado por Felícián Keresztes) es un dealer que recorre en bicicleta los alrededores de una aparente Budapest -en ningún momento es explícito y podrían ser los de cualquier ciudad contemporánea- repartiendo heroína, cocaína y hongos que porta en su riñonera pero, sobre todo, asistiendo y observando un mundo trágico y vacío del cual es parte constitutiva e inseparable. Y lento, porque en Dealer todo es lento, lentísimo. Debo confesarlo: si me hubiese enterado de que era un film de Europa del Este dominado por la lentitud, hubiera huído hacia unos viejos dibujos animados: así es el prejuicio. Pero si bien no suelo tolerar semejantes demoras descriptivas y narrativas, en este caso el film me atrapó y no pude dejar de mirar y escuchar durante sus dos horas y pico (137 minutos dice Europa Europa; otros afirman que son 130 ó 160: supongo que serán distintos cortes y no distintos relojes).Unos colores lavados, por momentos casi nulos, sumamente fríos. Unos paisajes suburbanos o semirrurales vaciados de público, como abandonados. Unos fondos casi permanentes de efectos sonoros, una suerte de vientos sibilantes que se filtran por no se sabe qué hendijas y es difícil decidir si es brisa que se hace música o música que se hace brisa o ambas cosas o ninguna de las dos. Una estructura bastante clásica de periplo a través de espacios diversos y sufridos personajes como la que caracteriza el recorrido del detective cínico de la novela negra, sólo que aquí no hay reflexión irónica, ni estallido violento, ni objeto a indagar.
Unas escenas largas, muy largas, larguísimas, con la cámara girando muy lentamente alrededor de personas y objetos y personas-objetos porque, una vez que se entra al lenguaje propuesto por el film, ya resulta complicado establecer tal distinción. Y mientras el ojo de la cámara da vueltas, moroso e indeciso, como si buscara sin apuro el punto de vista que no acierta a encontrar, la escena se llena de la palabra dificultosa, entorpecida, dubitante, reiterativa de los personajes en cuestión. Palabra, más que diálogo, porque el dealer habla bastante poco e incluso deja sin respuesta aquellas interpelaciones para las que no podría haberla. El falso detective que nunca investiga se vuelve un pseudoanalista que nunca analiza y la palabra, que no devela nada, es sólo el soporte verbal de unos relatos íntimos y trágicos acerca de un mundo sin sentido.
El film tiene, entre muchos otros, un gran mérito: pivota su historia alrededor de un humilde traficante de drogas y algunos clientes a quienes provée pero no incursiona en los esperables temas de la adicción fatal, el tráfico impune, el flagelo social o el transitorio escape alcanzado mediante el consumo. Algo de esto aparece, aquí y allá, a nivel de superficie del film pero por sobre esas imágenes o palabras puntuales hay mucho más: presos de la vacuidad, la impotencia, el desencanto y la infelicidad están los actuales consumidores, los ex consumidores y los jamás consumidores.
Sugiere, contagia, una curiosa claustrofobia surgida en espacios muy amplios o muy abiertos pero, en definitiva, sin puerta de salida.
El dealer, ex adicto que hace tiempo dejó la heroína, se plantea abandonar también el tráfico. Pero ¿para qué? Hacia el final, cuando se le sugiere que con el dinero ahorrado podría viajar por el mundo, conocer nueva gente y renacer a otra vida, el dealer responde (o algo así, porque no sé húngaro y debo confiar en los titulados) que la cuestión es que se ha quedado sin ideas.
Recordé la frase con que una ex compañera de trabajo solía describir a un número creciente de sujetos a nuestro alrededor: "Están hechos mierda". Podría ser un buen título español de Dealer, para una de esas versiones que siempre se empeñan en trastocar las opciones autorales.
Aunque después de ver este interesante film, uno está tentado de utilizar la primera persona del plural. Porque una de las cosas que Dealer relata es que este mundo ya se nos ha largado a llover.
