martes, mayo 02, 2006

Crazy

Crazy tiene cuatro años y medio. Cuando me la regalaron tenía 25 días, venía de un criadero donde no era más que un producto en oferta disponible a la primera demanda, sin que importase si era el momento de alejarla de su madre.
Cuando la vi le encontré sentido a aquello de "pequeño, peludo y suave", era una bola renegrida que temblaba su miedo. La apoyé sobre mi pecho y trepó a mi hombro, mimetizándose con mi pelo hasta que no pude definir donde terminaba ella y empezaba yo. Me mordió la oreja y en ese momento supe que me había convertido en su humana.
Horas después debatíamos con mi hijo cómo la llamaríamos, yo le explicaba que no existía poder en el mundo capaz de convencerme de usar alguno de los miles de nombres de sus juegos de video, mientras él me respondía que mucho menos le pondríamos el de un escritor loco, hombre y encima "de hace mil años" (sí, acepto que haber propuesto Apollinaire o Eliot fue desubicado, pero Tzara no estaba tan mal).
Mientras, ella olfateaba la casa, hasta toparse con el potus. Lo miró desconfiada, retrocedió, avanzó, y escuchamos por primera vez su voz, un agudo ladrido desafiante a ese potus que se daba el lujo de colgar displicente frente a sus ojos. Mi hijo me miró y dijo "está crazy", ella se dio vuelta y corrió alegre hacia él. Entendimos que estaba decidiendo su nombre y así fue.
Ya había cumplido un año cuando mi mamá me trajo su canario para que lo cuide unos días mientras viajaba. Mi torpeza al tratar con pájaros enjaulados hizo que se me escapase la primera vez que intenté alimentarlo. Un canario enjaulado no sabe volar, cayó al suelo y comenzó a aletear desesperado chocándose contra las paredes, mientras yo intentaba inútilmente agarrarlo. Crazy apareció de repente y observé horrorizada como el pequeño pájaro desaparecía dentro de su enorme boca. En pocos segundos pasé de la sorpresa al dolor, la bronca, y al cómo le explicaría a mi madre. Crazy se acercó, abrió el hocico y depositó al canario paralizado de espanto, pero vivo y sano, a mis pies.
Fuimos creciendo juntas en completa paz hasta que hace unos meses un amigo me dio una gatita no más grande que mi mano, alguien la había abandonado al pie de un árbol, donde sin duda no sobreviviría más de unas horas. La dejé en el suelo, desde donde Crazy observaba sin tomarse el trabajo de levantarse. La gatita se acercó a ella (provocando un instante de parálisis en todos los presentes) y se prendió de su teta. Crazy la dejó, la limpió, y la adoptó, aunque no tuviese leche.
Janis (su maullido me recordó tanto el Cry de Joplin que el nombre fue inevitable) creció, se cuelga de las orejas de Crazy, la acecha, la ataca, siente especial devoción por morderle la cola, ella la deja hasta que se pone demasiado pesada y agarrándola suavemente del cuello la revolea un par de metros. Janis cae, se sacude y vuelve al ataque. Yo sólo las observo, sintiendo que tengo mucha suerte de formar parte de sus vidas.
Cuando llegó a sus primeros celos las cosas se complicaron. "Hay que buscar un ovejero para conservar la raza" era la consigna. Está bien, me dije, quienes me la regalaron querían un cachorro y a mí no me preocupaba demasiado, aunque eso de “conservar la raza” me sonaba de algún lado. Crazy me miraba como intentando explicarme que su raza no iba a extinguirse si la dejaban decidir a ella.
Una y otra vez trajeron hermosos perros de exposición, una y otra vez ella los mandó a freir Doguis. Nunca antes la había escuchado gruñir, ni visto su cuerpo tensarse para el ataque, liberando dos o tres dentelladas peligrosamente cerca del cuerpo de esos perros, con los cuales dejó muy clara su posición al respecto.
“Tenés que atarla” me dijo un día el dueño de uno de esos perros. Lo miré demostrándole que no era una broma inteligente y se apresuró a explicarme: “cuando los rechazan es porque tienen miedo, tenés que atarla, ponerle un bozal y dejar que actúe el macho”. Reconozco que no fue cortés de mi parte responderle que le diera ese consejo al novio de su hija, pero algunas cosas me superan.
"No le gustan los perros", decían algunos. "Debe ser machorra" concluían. "Será gay" dijo mi hijo encogiéndose de hombros.
Hace unos días, en una operación con táctica de guerrilla, logró llegar a la frontera sin vigilancia, y escapó hacia donde estaba el flaco de la esquina.
Patricio, el flaco de la esquina, solitario, de ojos tristes y un poco gruñón, mezcla rara de razas indefinidas, con algo de Collie y lobo estepario, la estaba esperando.
Ahora duerme tranquila aquí, a mi lado, y yo sólo espero que sus locos bajitos nazcan antes de la lluvia.

10 comentarios:

Emilio

Ya se sabe; a ellas siempre le gustan los bohemios. Ten cuidado con los cazafortunas.

1+

No sé si la sugerencia referente al novio de la hija fue descortés: Considero que quienes tratan a un perro como a una posesión deben actuar de modo similar en sus relaciones humanas. Seguramente, metáfora más o menos, esa es la línea que le baja al yerno con respecto a la hija y que aplica él mismo en su pareja (si lo dejan, claro).
Dale mis cariños a Crazy.

Grismar

Emilio: ¿será cuestión de bohemia? Quizás sólo de conocer a Patricio hace mucho, o de que el criterio de raza (y su pureza) no existe más allá de la mente humana. (aunque es cierto, Patricio es un bohemio).
1+: es verdad, posiblemente sea como decís. Una pena que no existan bozales para algunos de la especie humana.
Se los di, gracias.
Besos a ambos.

vitore

Me alegro por Crazy. Donde esté el amor que se quite el sexo sea perruno o humano. Besos para ti y para el zoo chico ese que tienes en casa: Crazy, Cry y elcanariodetumamá....¡Ah! y un ladrido de buen rollo para Patricio.

Gaby

Decime ,grismar,no pasa eso también con los seres pensantes? Tanto elegimos y nos quedamos con lo "menos mejor"? Aunque, si está enamorada, hay que dejarla ser feliz!
Saludos!

Cinzcéu

Leo una y otra vez el post y me emociona como la primera vez. Creo que los animales domésticos (y sobre todo, respetados y queridos)se humanizan y nos humanizan: por un lado adquieren nuestra locura, es decir, parte de nuestra cultura; por el otro nos muestran lo que podríamos llegar a ser si fuésemos tan buenos animales como ellos.
Me encantó el post y no digo más.

Grismar

Vitore: aún le debo un post a la tortuga, en cualquier momento le dedico uno, me mira con carita de sentirse abandonada.
Gaby: difícil pregunta. Si decidimos, decidimos, y que sea "lo menos mejor" siempre será para el parámetro de otro, cuando elegimos supongo que consideramos que es lo mejor, si después no lo es, es otra cosa, es después, pero como siempre vivimos ahoras, nos quedamos con lo mejor.
Cinzcéu: sí. No digas más, no es necesario, gracias.
Besos.

maun

Más de un perro y un humano desearían ser tratado como Crazy!! y qué falta nos hace a muchos humanos aprender a respetar a animales y por supuesto a otros humanos. Me emocionó el relato.
Saludosss!!

El Mono Sapiens

Una historia de amor de las que tanto nos gustan al Tucán y a mí. Tierna, conmovedora, pero con alto contenido erótico y final feliz. ¿Qué más se puede pedir para un fin de semana que se pretende lluvioso?
Hermosísimo cuadro de familia.

Grismar

Maun: te olvidás de un detalle: a más de un humano le gustaría ser tratado como nos trata Crazy. Besos.
Mono: tiene razón, nada mejor que una historia de amor para antes, durante y después de la lluvia. Besos para ud. y compártalos con el Tucán.