sábado, julio 11, 2009

La Patagonia trágica, rebelde o kirchnerista

Es sábado a la madrugada y acabo de ver por Canal 7, la televisión pública según su indiscutible eslogan, el largometraje documental Querida Mara, cartas de un viaje por la Patagonia, emitido en el ciclo denominado Ficciones de lo real, nombre muy buen puesto, complejo, paradójico y reflexivo, hay que admitirlo. Agarré el film ya empezado pero igual puedo permitirme el comentario porque no soy un profesional de la crítica ni esto es una columna de espectáculos (aunque he leído y sufrido lo opuesto: un crítico profesional que llega tarde, lo confiesa y, no obstante, publica un juicio lapidario: en fin).
Querida Mara es obra del barilochense Carlos Echeverría -director y co-guionista entre otros rubros- y su fecha de producción resulta incierta. El film explicita un "octubre de 2008" lo cual es bastante precisión pero un medio chileno dice "2001, aunque el programa aparece como 2007" y la mayor base de datos mundial del discurso audiovisual en su entrada al director afirma 2009. No importa: ha de ser uno de esos laburos artesanales que insumen una trabajosa década y se van mostrando de a poco, cuando se va pudiendo.
Querida Mara tematiza las condiciones de vida y trabajo del obrero rural contemporáneo. La realización hace centro en un tal José Luis, proletario correntino de Curuzú Cuatiá, trabajador golondrina que migra miles de kilómetros para prestar servicio en el sur de este vasto, desértico y recontra puto país. José Luis es un muy buen y versátil obrero que, con igual eficiencia, esquila ovejas en la Patagonia o levanta paredes en Buenos Aires. Nunca puede levantar cabeza, visto la magnitud de la plusvalía que le extraen (esto lo digo yo, pero es obvio). En Curuzú Cuatiá no hace nada excepto hijos y relaciones amorosas, afectivas, familiares, amistosas, paternales, con su señora, su familia y sus vecinos, todos compañeros de clase: no hace nada excepto su vida.
Y hablando de clase, la película es buena no sólo porque está bastante bien hecha sino porque, en definitiva, resulta clasista en su desarrollo y cierre narrativos. José Luis sabe que es proletario y que eso lo distancia y diferencia de su contratista: cuando la convocatoria para una próxima esquila suena incierta -se comprueba promesa falsa- argumenta ante su mujer que el patrón defiende sus intereses: implícitamente, no los de José Luis y su prole, claro. Luego va a rezarle al Gauchito Gil en lugar de refundar la Internacional: y está bien porque es un film documental y no una instrucción bolchevique.
Digresiones o no tanto. El film me recordó dos experiencias de vida, muy distintas pero ambas patagónicas. La primera me rememoró una aproximación esencialmente romántica en su inocencia originaria pero frustradora de ilusiones y generadora de comprensiones hace allá tres décadas. Por entonces, me fui hasta General Roca -véase el nombrecito del pueblo- a fin de "trabajar" en la cosecha de la manzana. Las comillas significan la distancia entre fantasía y realidad, ni más ni menos. En General Roca pasé todo un día con dos peones muy parecidos al José Luis de Querida Mara que me enseñaron, con su mera práctica y su mejor disposición, un par de cosas: que yo no era para nada igual que ellos pero que me parecía más a ellos que a su patrón, el cual se parecía bastante al mío. Diferencias de grado que no son menores: salario sin vales, jornada laboral, cobertura médica, agua caliente, luz eléctrica, calefacción, una cama digna. Todas estas ignominias que sufría el peón rural en plena dictadura de los 70 (yo lo ví, che, no jodan) las sigue sufriendo el peón rural del siglo XXI según registra y dice Echeverría.
La segunda digresión es más digresiva. Hace unos 15 años ví en un bar universitario, centroestudiantil, un film acerca del único desaparecido en la ciudad de Bariloche: Juan: como si nada hubiera sucedido datada en 1987. Quise verla porque refería al único período de mi vida vivido en Bariloche (nunca más) en función de mi pertenencia a las Fuerzas Armadas (nunca más) debido a esa cosa degenerada que se llamaba servicio militar o colimba: período durante el cual uno perdía todos sus derechos y quedaba sometido al capricho de un bruto fascista, en general, enfermo mental. El documental me gustó por más que me decepcionara (pura demanda privada, obvio) en mostrar poco y nada a los hijos de mil puta que supe conocer en carne propia. ¿Por qué esta digresión? Porque Juan: como si nada hubiera sucedido es un buen laburo de hace dos décadas del mismísimo Echeverría: un tipo, parece, persistente y coherente respecto de un enfoque y una ética político- artística a lo largo de veinte años; y de una obsesión documentalista- regional. Es decir, un fenómeno medio raro visto el resto de lo que hay.
Buena parte de Querida Mara transcurre en el interior de la provincia de Santa Cruz, en estancias superexplotadoras de mano de obra durante la esquila, bajo condiciones laborales que no se subrayan con afán panfletario sino que se dejan leer a través de las imágenes documentadas y los dichos de patrones contratistas y peones estacionales. En ocasión de una visita a Puerto San Julián, aislada e indigna visita de los obreros a cierta lejana urbanidad, se hace explícita la referencia a la masacre perpetrada por el yrigoyenista (al menos en su fidelidad a su comandante político) Coronel Héctor Varela contra peones que se levantaron ante condiciones de trabajo iguales a las que hoy, otros peones, sufren en la misma región, bajo los mismos o análogos patrones.
En la televisión pública que ha puesto en el aire valorables envíos de muy diversa índole (y no es ironía), Querida Mara es un punto a favor de la difusión de ciertos trabajos que difícilmente pudieran llegar a un público masivo vía la televisión privatizada y regida por la pauta del rating.
Ahora bien, Canal 7 y Ficciones de lo real cierran sin hacerse algunas preguntas necesarias que me gustaría dejar aquí: ¿Quién gobernó Santa Cruz durante la última década del siglo pasado y parte de éste y, en apariencia (según muestra el documental), no cambió nada en las relaciones de superexplotación entre estancieros y peones rurales respecto de las últimas nueve décadas? ¿Y quién gobernó (a un mismo tiempo: personalmente la Nación y Santa Cruz a través de personeros) durante los últimos seis años sin que, en apariencia, haya habido algún cambio al respecto? ¿Puede un gobierno progresista y popular durante casi dos décadas de gestión refrendada cada vez por el voto masivo no imponer un digno estatuto del peón rural para la provincia e, incluso, no velar por el respeto de la ley nacional de contrato de trabajo? (un día hablaré del creciente trabajo en negro en la Administración Pública Nacional pero hoy priorizo al recontra jodido peón rural reducido a su pobre subsistencia).
En la televisión pública se acaba de decir lo que muchos ya sabíamos: sí, puede, y también puede versear con una incontrastable redistribución del ingreso y tantas otras mentiras. Entretanto, el peón golondrina migra para ser explotado hoy en la esquila y mañana en la construcción; es puro cuerpo laburante sin más derecho que el de, bajo el paraguas que le mienten, votar y esperar la inminente lluvia.

lunes, junio 22, 2009

Trompadas

Hace mucho tiempo que tenía ganas de publicar este viejo relato y siempre me resultaba demasiado extenso o demasiado derivante respecto de los hábitos retóricos, temáticos y enunciativos de este humilde medio. Hoy tengo una coartada mítica porque su escritura ha cumplido 15 años y nadie bien nacido podría oponerse a una injustificable pero instituída festividad de los 15.
Además, me cansé un poco de la cosa electoral e incluso de la cosa política, aunque la política jamás sea soslayable; también del compromiso con la actualidad social que quién sabe qué carajo signifique. Como en otras ocasiones, va el texto original sin cambio alguno: un cuentito y nada más.

Después del piñón que me comí casi sobre la campana, me había despatarrado en el banquito y estaba déle escupir sangre en el embudo mientras Don Tito me hablaba y me limpiaba la herida. Yo le decía a todo que sí, pero lo único que pensaba era en tragar más y más aire. Cuando oí el campanazo llamando al cuarto, salí de vuelta al medio boqueando como un pescado.
(Oíme lo que te digo: cuando después de un descanso te levantás más filtrado que cuando te fuiste a sentar, no va más. Y cuando no va más, no va más.)
De movida me mentalicé para aguantar todo el roun y, a decir verdad, también para ensuciar un poco la pelea. Mañas del box: tirarmelé encima, chaparlo del cogote, mantenerlo trabado. Cosas que uno aprende. A la segunda o tercera vez que tuvo que separarnos, el referí perdió la paciencia y se engranó. Me dí cuenta que me amenazaba por la cara de turro con que movía el dedito de arriba para abajo enfrente de mi nariz, pero no tengo idea de lo que decía porque el griterío era infernal y yo seguía medio boleado desde el roun anterior. Como la cosa venía mal parida, me recosté en las sogas, cerré bien la guardia, afirmé las piernas y traté de aguantar el chubasco.
El pendejo estaba hecho una furia y me quería rematar cuanto antes. Se me vino con una seguidilla de izquierda y derecha, izquierda y derecha, izquierda y derecha. Algunas pocas se las esquivaba y las demás morían todas contra los guantes o contra los brazos. Por ahí aflojaba un segundo, se paraba a tomar aire, y yo aprovechaba para tirarle unos ganchos al vacío que nunca le embocaba, pero le hacía ver al árbitro que todavía estaba entero.
Más que nada yo necesitaba cuidarme el hígado porque la cara, más arruinada ya no la podía tener. El ojo derecho lo tenía completamente cerrado y del izquierdo se me nublaba la visión por la sangre que me chorreaba de la ceja. Lo que se dice ver, mucho no veía, pero el otro tenía unos guantes azules -un azul eléctrico, medio fosforescente, lindos guantes-, cuestión que le distinguía bastante bien los puños, que de momento era lo que más me importaba. El problema era que no me diera abajo, en la zona hepática, porque ahí sí que se terminaba todo.
Aguanté bastante contra las cuerdas. Calculo que como un minuto. Debíamos estar cerca del rincón de él porque al lado de la oreja sentía a uno que gritaba:
-Dale que lo tenés, dale que lo tenés.
-Uno-dos, uno-dos.
-Sacá la izquierda, sacá la izquierda.
Entre los golpes y el quilombo, sentía el balero como un tambor. Hasta que en una de ésas se me abre un poco de encima y en cuanto saco uno de esos guantazos livianitos para hacer aspaviento, siento que lo toco y que da un paso atrás. Entonces no sé de adónde saqué fuerzas pero me le afirmé y le tiré una derecha en gancho y atrás un cros de izquierda y otro gancho de derecha. Lo ví medio desarmado -mirá vos, si hasta fichaba un poco mejor-, con la guardia demasiado baja y abierta. Entonces lo medí con la zurda y le saqué una derecha fuerte y cruzada. El tipo echó la cabeza para atrás, giró el cuerpo un cachito y me la esquivó por un pedo. Yo no sé cómo pude desequilibrarme así, pero con el envión me fui para adelante. Y ahí, mal plantado como estaba, me calzó un ápercat limpito en el medio de la pera. No demasiado fuerte, pero limpio, bien puesto. Justo acá. Sentí volar el protector y fui directo a la lona.
(Oíme bien una cosa: cuando largás cualquier golpe -ponele, en la media distancia-, siempre ahí, ¿ves?, nunca mal afirmado. Siempre plantadito al piso.)
Dicen que me paré como un resorte y me agarré de las sogas. La verdad es que yo no me acuerdo ni de la cuenta de protección ni de nada.
Qué cosa es el ser humano.
Yo estaba ahí, paradito adentro del cuadrilátero, y ¿sabés lo único que tenía en la cabeza?, la charla con Don Tito el día que vino a casa. En ese momento me vino patente toda esa situación, detalle por detalle.
Todavía me la acuerdo.

Yo cebaba despacito el último mate, miraba los palitos flotando entre las burbujas de agua, y Don Tito me dijo:
-Vos decidís, Negro. El que se va a morfar las ñapis sos vos. Pero yo en tu lugar no agarraría. Es demasiada pelea. No me lo tomés a mal, pero ya andás por los cuarenta. El pibe está invicto y tiene quince nocau. Está bien, ya sé que muchos eran paquetes que le pusieron enfrente, pero ojo al parche que no es ningún invento.
-Vea, Don Tito -dije yo sin sacar la vista del chorrito de agua que caía-, yo soy un profesional. Si hay plata, hay pelea.
-Ya sé que andás precisando la bolsa -dijo él-, pero pensalo. No hay tampoco tanta guita. Ahora que sos retador, vas a garpar el gasto del gimnasio y te van a quedar cuatro sopes.
Pegué una chupeteada larga que ya no tenía gusto a nada.
-Este mate se lavó -dije yo-, ¿le cambiamos la yerba?
-Por mí no, ya me voy -dijo él-. Por favor, atendeme lo que te estoy diciendo.
-Ya lo oí, Don Tito -dije yo-, y le dije que hay pelea.
El Viejo se paró, agarró la gorra y dijo medio entre dientes:
-Por qué carajo querés joderte la vida.
No sé de adónde, pero de golpe, me agarré una bronca terrible. Me paré de un salto sin soltar el mate y apuntandoló con la bombilla me le puse a gritar. Y creo que a medida que se lo decía, recién iba viendo clarito por qué tenía que pelear:
-Usted sabe cuándo me jodí yo la vida -le dije-. Cuando perdí el título. Cuando largué el gimnasio. Cuando se fue la Yoli con los chicos. Ahí me jodí la vida. ¿Sabe qué, Don Tito? Yo necesito la guita, es cierto, pero me cago en la guita. Lo que yo necesito es volver. Yo fui alguien. Gracias a usted, yo fui alguien. Nosotros llegamos a pelear en el Mádison, Don Tito. Nosotros ganamos en el Mádison. Y ahora ¿quién mierda soy? Un perejil. Eso soy: un perejil de cuarta. Usted sabe bien lo que fue mi vida. Tirar y esquivar trompadas. Desde los catorce años no hice más que tirar y esquivar trompadas. Levantarme a las cinco de la mañana y déle tirar y esquivar trompadas. No hice más nada. Y ahora, después de dos años de infierno, me aparece esta pelea ¿y usted quiere que no la agarre? Es mi oportunidad, Don Tito. Volver a entrenar, subir al ring, cachar esos mangos, pagar las deudas, buscar a la Yoli. ¿Qué más? Ser alguien, ¿me entiende? Dejesé de joder, Don Tito. Entrenemé y se acabó.
Don Tito me miraba serio y le daba vueltas a la gorra entre las manos.
-Yo te entiendo, Negrito -me dijo-, pero te tengo que ser franco. En tu lugar, yo no agarraría.
Se frenó un momento y mientras se enrollaba la bufanda en el cuello me dijo:
-Te van a cagar a palos. Pero si no hay remedio ya sabés en dónde verme.
-En el Boxing, mañana a las siete -le dije.
Don Tito se puso la gorra y caminó hasta la puerta.
-Don Tito -le dije.
Se paró en seco y me miró sin decirme nada. Le guiñé un ojo.
-Y no ando por los cuarenta -le dije-. Recién voy a cumplir treinta y nueve.

Y de ese recuerdo me despertó a medias un directo que me reventó la nariz y enseguida un cros de derecha en plena oreja. Empecé a sentir un griterío de locos, una ovación infernal que iba creciendo y creciendo. Y ya no fiché más nada que un montón de foquitos brillando en el techo, igual que esas luces en el Mádison, todas prendidas.
Y a un costadito, en el rinsai, hasta me pareció ver a la Yoli que aplaudía y lloraba.

Ésta es, además (y si no conté mal), mi firma centésima en este querido espacio. Entonces valga la contribución al redondeo de algún ciclo, fríamente numérico y previo a toda lluvia.

domingo, mayo 31, 2009

¿Campañas o proyectos?: el regreso

Escenas de la entrega anterior:
En la agenda que el kirchnerismo fija de la noche a la mañana, acaba de aparecer la falsa propuesta de debatir un Proyecto de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Se sabe que tal operación oportunista se enmarca en la disputa que el gobierno mantendría con los grandes medios y con el Grupo Clarín en particular; se sabe que a este último le ha condonado deudas y aprobado nuevas fusiones monopólicas; se sabe que le ha extendido por decreto y por muchos años las licencias públicas que usufructúa; y se sabe que mañana, tras espurios acuerdos, todo podría pasar al olvido.

El artículo 1 del proyecto, "Alcance", afirma que "El objeto de la presente ley es la regulación de los servicios de comunicación audiovisual" y el artículo 2, "Carácter y alcances de la definición" -la cual no ha tenido lugar en el anterior- sostiene que "La actividad realizada por los servicios de comunicación audiovisual se considera una actividad de interés público". Bien dicho y -valga la redundancia- ya dicho en el artículo 4 de la vigente ley 22.285. No obstante, sigo ignorando el alcance de la definición de tales "servicios", que jamás se hace. El artículo 4, que se llama "Definiciones", promete resolver todas mis dudas:
"A los efectos de la presente ley se considera: Comunicación Audiovisual: la actividad cultural cuya responsabilidad editorial corresponde a un prestador de un servicio de comunicación audiovisual, o productor de señales o contenidos cuya finalidad es proporcionar programas o contenidos con el objeto de informar, entretener o educar al público en general a través de redes de comunicación electrónicas. Comprende la radiodifusión televisiva, hacia receptores fijos, hacia receptores móviles, como así también servicios de radiodifusión sonora, independientemente del soporte utilizado, o por servicio satelital; con o sin suscripción en cualquiera de los casos".
Si hubiera un modo de redactar una definición de varias líneas para definir poco y nada, sería éste. Falacias lógicas, oscuridades y tautologías me dejan en ascuas respecto de, por ejemplo, si debería solicitar una licencia para poder seguir publicando en este espacio. Que la comunicación audiovisual comprenda la televisiva no dice nada respecto de qué otras pueda comprender, si es que comprende algunas otras. Que la comunicación audiovisual comprenda la radiofónica es al menos curioso pues yo hace décadas que escucho radio y nunca identifiqué su componente visual.
Algo más: si el objetivo no fuese informar, entretener o educar sino, digamos, adoctrinar, persuadir, seducir, engañar, desmoralizar o cualesquiera otros tan frecuentes en la comunicación social, ¿quedarían tales actores sociales por fuera de la definición? Sigo leyendo, sólo para corroborar que la cosa empeora:
"Radiodifusión: la forma de radiocomunicación destinada a la transmisión de señales para ser recibidas por el público en general, o determinable. Estas transmisiones pueden incluir programas sonoros, de televisión y/u otros géneros de emisión, y su recepción podrá ser efectuada por aparatos fijos o móviles".
No comprendí casi nada. ¿El público en general o determinable en qué grado?, ¿incluye al receptor determinado de un llamado telefónico?. ¿Acaso los programas sonoros no incluyen a toda la televisión? -al respecto importa citar la curiosísima especificidad de la radiodifusión televisiva que comprendería "señales audiovisuales con o sin sonido" (sic). ¿Y los aparatos de recepción no son todos móviles? -yo a veces llevo la radio al baño y el televisor al dormitorio. ¿Pero qué significa radiocomunicación?
"Radiocomunicación: toda telecomunicación transmitida por ondas radioeléctricas".
Muy bien. Aunque me cuesta mucho articular con lo anterior porque la definición de comunicación audiovisual hablaba de "redes de comunicación electrónicas" las cuales exceden el uso del espectro radioeléctrico e incluirían, por ejemplo, la conexión a internet por hilo de cobre o fibra óptica, mediante las cuales hace años se emite programación radiofónica y televisiva, entre una cantidad creciente de muchas otras cositas sonoras o audiovisuales. Además, si la radiocomunicación se define por su transmisión mediante ondas radioeléctricas y la radiodifusión es sólo una de sus formas, ¿debo interpretar que el proyecto legisla sobre el espectro radioeléctrico o que incluye redes electrónicas y/u otras? Pero entonces las cosas se complican:
"Radiodifusión por suscripción: toda forma de comunicación primordialmente unidireccional destinada a la transmisión de señales para ser recibidas por público determinable, mediante la utilización del espectro radioeléctrico o por vínculo físico, indistintamente, por emisoras o retransmisoras terrestres o satelitales".
Primordialmente no define nada y contribuye bastante a la confusión. Pero lo relevante es que aquí aparece un vínculo físico opuesto -como si el aire, o el éter como se decía antes, fuera menos físico que un cable- al espectro radioeléctrico que da por tierra con lo anterior: ahora dicen que hay una radiodifusión -recordemos: una forma de radiocomunicación; recordemos: mediante ondas radioeléctricas- que no utilizaría el espectro radioeléctrico.
Luego, ya no sabemos de qué cosa se habla y eso que recién estamos empezando con el artículo 4 de 148.
He seguido leyendo salteado en busca de los temas que son caballito de batalla de un supuesto progresismo: combate a la monopolización de licencias, gratuidad de la transmisión del fútbol, abolición de la publicidad abusiva, apertura amplia de la emisión. Como "Todas las voces, todas" que pregonara Armando Tejada Gómez hace cuatro décadas -también como "Un sólo mundo, voces múltiples" que, hace tres, Sean McBride suscribiera bajo el auspicio de la UNESCO-, resulta declaración general de intenciones que, a veces, alcanzaba el estatus de poesía popular.
Pero en el proyecto de ley nada es como se recita, livianamente, en sus defensas político -¿o poético?- generalistas. Todo parece indicar que el paquete de artículos se reduce a la punta de una lanza que, en medio de la batalla, nadie se detiene a leer qué marcas lleva inscriptas. Pero ¿cuál batalla?, ¿la de quién?, ¿contra quién?
Y ya creo oir: "Pero al final ¿estás contra el gobierno nacional y popular y con la dictadura de los monopolios?". Y ya respondo a lo que creo oir: estoy contra todas las opciones falaces que se presentan como opuestas y cerradas -por ejemplo y por supuesto, la del millonario ultraliberal Francisco de Narváez quien dice que el proyecto es el principio del fin de la libertad de expresión; pero también la del gobierno nacional sumido en desesperada campaña sucia- porque en definitiva no son más que los matices ilusorios de una única y fuerte lluvia que nos va a caer.

lunes, mayo 25, 2009

¿Campañas o proyectos?: ¡campañas!

Desde hace unos días quería decir algo acerca de una cuestión puntual -¿fútbol gratis por TV?- del Proyecto de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. No porque el resto de las cuestiones que aborda no sean relevantes sino porque ésa me permitía ejemplificar de qué modo el gobierno nacional miente cuando hace campaña por su proyecto; es decir, de qué modo el gobierno nacional miente que hace campaña por su proyecto cuando en rigor sólo lo usa -como usa a muchos forros- para hacer campaña electoral mediante fondos públicos.
La cosa es que me pongo a tomar algunos apuntes y, cuando voy a guardarlos en la carpeta en que los guardo, me encuentro con un archivo de nombre casi idéntico al que iba a ponerle. "¿Y esto?", me dije. "Esto" era un artículo completo que produje hace exactamente dos meses y por alguna razón olvidada decidí no publicar o postergar o alguna cosa que, justamente, no recuerdo. Olvidada la razón pero hallado el artículo, lo releo, lo corrijo -es difícil resistirse al toqueteo de forma o de fondo de la propia escritura- y me propongo publicarlo, quizás como introducción a otros sobre el tema: quizás no.
Pero como me resulta medio extenso me pregunto si no habrá sido ése el motivo por el cual desistí publicarlo y no me respondo nada porque, ya lo dije, no me acuerdo.

En el último año y pico ha proliferado un tipo de blog -también de sitio web con pretensiones mayores que las usuales de un blog- cuya discursividad se halla explícitamente alineada con la del gobierno nacional y, más específicamente, con los lugares y motivos que fija la agenda, un poco estentórea y otro poco estertórea, del presidente del Partido Justicialista que adopta ipso facto el coro numeroso que sostiene el discurso, la política y el modelo -¿pero cuál carajo es el modelo? Como bien sugería aquí Grismar, estar en contra del actual gobierno no significa aliarse a la actual oposición -me refiero a ésa que se autodefine y es definida como tal- y existen terceras, cuartas y quintas posiciones; también décimosextas y trigésimas por decir unos ordinales cualesquiera.
En esa agenda que el kirchnerismo fija de una noche a su mañana, acaba de aparecer la falsa propuesta de debatir un proyecto de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Se sabe que tal operación oportunista se halla enmarcada en la aparente disputa que el gobierno mantiene con el monopolio mediático de Clarín. Con el de Telefé, por ahora, parece estar de parabienes, quizás debido a esa posición espantosa de que para combatir algo basta con aliarse a cualquiera que se le oponga, en cualquier nivel o aspecto, como es el de la competencia por el rating. Se sabe que a este pulpo de la industria de la comunicación que es Clarín este gobierno le ha condonado o compensado deudas y aprobado de hecho nuevas fusiones monopólicas; se sabe que, además, le ha extendido por decreto y por muchos años las licencias públicas que usufructúa; y se sabe que mañana, tras espurios acuerdos, todo podría pasar a un definitivo olvido.
Pero los fieles del kirchnerismo, oficiales u oficiosos, rentados o voluntarios, han salido a mencionar, aquí y allá, el proyecto de ley como si se tratara del colmo de una profunda reforma progresista y de la herramienta que los grandes medios y sus socios temerían tanto o más que una huelga insurreccional de la clase trabajadora. Y cuando digo que mencionan, me refiero a que mencionan: la utilización de tal proyecto suena más a argumento amenazante que a vocación de debate y, me animo a decir, el proyecto se presenta de tal modo que ni siquiera convoca a su lectura sino a su iletrada defensa: lo que dice sólo se supone, porque el proyecto tiende a su ilegibilidad. Los trust mediáticos juegan a ignorarlo y, de vez en cuando, a deslizar alguna diatriba alineada con la libertad de prensa que, en las voces de sus voceros, significa de mercado. Y los progresistas kirchneristas -perdón por el oxímoron- juegan a nombrarlo como la deuda que un cuarto de siglo de democracia no había logrado saldar. Tardaron 6 años en detectar que la normativa vigente estaba sancionada por la última dictadura hace tres décadas y entretanto extendieron licencias a El Trece y demás trusts. Pero ahora se dieron cuenta, justo durante la campaña electoral adelantada en unos cuantos meses. Ahora sí, por fin sí.
Parece que -excepto, quizás, los abogados de los grandes medios y los productores de los medios ínfimos- nadie lee ni leerá atentamente el proyecto y mucho menos lo discutirá y esto tiene una razón de peso pesado: es un mamotreto mal escrito que -uno lo descubre si es capaz de al menos ojear sus 148 artículos- no subvierte nada demasiado relevante del actual sistema de medios desde el punto de vista de los condenados usuarios.
El proyecto, la redacción, el léxico, los conceptos, el objeto, atrasan unos veinte años. Cuando comencé a leer me asaltó el dejà vu de que esto ya fue. Y claro, recordé una asignatura que cursé hace década y media y cuya bibliografía de base data de los 80 e incluso de los 70. Es lógico que así sea: desempolvaron de mucho apuro un texto que dormía la paz de su sepulcro quizás desde la primavera del 83 y le cambiaron un par de términos.
Pero quiero referirme a lo más básico, a aquello que el proyecto propone legislar y que debería ser el punto de partida de toda norma que se precie. Tengo muchas más observaciones, opiniones y posiciones pero esto no es un contraproyecto sino apenas un comentario humilde y acotado aunque ya extenso.
Y debido a tal extensión, lo interrumpo acá para prometer su segunda parte. Continuará... si la lluvia no nos cae antes.

Avances de la próxima entrega:
El artículo 1, "Alcance", afirma que "El objeto de la presente ley es la regulación de los servicios de comunicación audiovisual" y el artículo 2, "Carácter y alcances de la definición" -la cual no ha tenido lugar en el anterior- sostiene que "La actividad realizada por los servicios de comunicación audiovisual se considera una actividad de interés público". Bien dicho, pero sigo ignorando el alcance de la definición de tales "servicios", que jamás se hace. El artículo 4, que se llama "Definiciones", promete resolver todas mis dudas:

lunes, abril 13, 2009

Verás que todo es cinismo

Días atrás, en mi comentario a la última entrada publicada por Grismar, reflexionaba:
"Hace 20 años Carlos Menem confesó que si no hubiera ocultado su programa de gobierno, no lo habría votado nadie. Hace unos días, Artemio López afirmó que las tendencias de voto que se hacen públicas durante la campaña son falsas... mientras difundía resultados de su consultora que daban ganador por amplio margen a Néstor Kirchner. En estas dos décadas parece haberse aceptado la idea de que el cinismo, la mentira y el engaño son el modo de ser de toda política electoral. Ya lo dijo, a su modo, la Presidente: en medio de la crisis no podemos estar discutiendo el modo de enfrentarla; votemos rápido sin debatir casi nada y listo el pollo. Traducción: la democracia burguesa y su apelación al sufragio es una puesta de cartón pintado".
Pero, claro, entonces me quedaba bastante corto respecto del cinismo; no así en relación a la mentira y al engaño, puesto que un amplio espectro ciudadano no parece resultar engañado sino más bien predispuesto al apoyo activo del cinismo político.
Tras los dichos de Cristina Fernández -reitero: en época de crisis no podemos perder tiempo discutiendo política- se sumaron los de su cónyuge y jefe político Kirchner: quienes encabezan listas electorales no tienen porqué postularse en serio para ocupar los cargos que se someten a sufragio popular. El concepto pergeñado para defender tal criterio -de reminiscencias fuertemente religiosas- es el de candidaturas testimoniales.
Recordé que mucho tiempo atrás rememoraba:
"Hace unos cuantos años, una demócrata decidida me explicaba que las instituciones políticas, la estructura macroeconómica, la política cambiaria y financiera, los planes de inversión productiva, en síntesis, las decisiones que rigen los destinos de un país no dependen del gobierno de uno u otro partido: gane quien gane una elección, la baraja ya ha sido repartida y por lo tanto la suerte está echada. Coincidí (y coincido) pero diferimos en nuestras conclusiones prácticas. Ella iba a votar a los radicales porque juraba que organizarían más conciertos públicos en las plazas; yo, en cambio, asumo que el sufragio nunca cambia nada importante y prefiero que no se me consulte acerca de pelotudeces menores".
Hoy aún aquella tonta y falsa alternativa entre organizadores o no de recitales en espacios públicos ha sido blanqueada. Por un lado, ya no son relevantes -si es que aún existen- los partidos: quienes se autoproclaman peronistas o radicales medran en toda alianza, frente, coalición y/u otra componenda electoral que se pretenda y cualesquiera de estos engendros se basa en personas, nunca en programas. Por el otro, se ha puesto negro sobre blanco que las marcas registradas que encabezan las boletas electorales no guardan mayor relación con quienes ocuparán tales cargos electivos. No es que me desvelen los nombres ni mucho menos pero resulta que los nombres propios -marcas comerciales- son el residuo final de un aparato político en descomposición que hace décadas oculta sus planes de gobierno con el aval entusiasta de una amplia mayoría del electorado.
Es decir: a) han desaparecido las plataformas electorales en tanto propuestas de acción política; b) se han disuelto en algunos nombres y apellidos a la usanza nobiliaria de siglos pasados; y c) tales nombres y apellidos aceptan, admiten, confiesan, ser la mascarada tras la que se ocultan otras cosas, las únicas relevantes.
Sinceramente, nada de esto es nuevo, sino el hábito centenario de los operadores políticos del sistema. Antecedentes recientes de esos falsos candidatos podemos encontrar en los casos del ex poeta rosarino Rafael Bielsa y del impresentable doctor Ginés González que se postuló a no sé qué cargo legislativo, tras los comicios renunció raudamente y migró a hacerse cargo de la embajada argentina en Chile: un amante de la cueca, el buen vino y el ceviche, sin dudas.
Lo novedoso es que, ahora, se prescinde de la engañifa argumentativa y se confiesa abiertamente la estafa: votame para diputado sabiendo que no renunciaré a la gobernación que ejerzo; votame sabiendo que el sufragio es la ficción que convalida la no ficción del poder político que detento. Eso, me parece, es nuevo.
Y es lógico: los mitos terminan cayendo cuando ya no pueden sostenerse y dan lugar a otros. Por ejemplo, al que afirma que este gobierno nacional es popular, democrático y de centro- izquierda; o a ese otro que defiende que esas mismas linduras caracterizan a la hoy -hoy, lunes 13; el 14 quién sabe...- autodenominada oposición.
"Verás que todo es mentira", profetizaba Enrique Santos Discépolo hace demasiadas décadas. Ya no hace falta sensibilidad poética, actividad heurística, experiencia de vida ni formación política para ver bien de frente el cinismo en toda su crudeza. Quien no quiera verlo, que se haga cargo de su voluntaria ceguera; hoy el poder político nos lo dice claramente, con todas las letras y con la misma impunidad con la que se desplomará la lluvia.

viernes, marzo 27, 2009

Obscured by clouds

Me desperté sintiendo y pensando el calor. El reloj titilaba, lo que me indicaba un nuevo corte de luz en algún momento de la noche, pero no la hora, por lo que recurrí a lo que tuviese a mano y no me obligara a levantarme: el control remoto del televisor. Lo encendí y antes de ver la hora me enfrenté a la cara de Alfredo De Ángeli diciendo "cómo nos mienten". Mi reacción inmediata fue estornudar, lo que me llevó a sospechar que estoy desarrollando algún tipo de alergia.
Eran las 4:32, apagué antes de seguir escuchando las mismas frases que se repiten hace demasiado tiempo y decidí que aún podía seguir durmiendo. Mi mente, por su lado, decidió seguir pensando sin que le importase un catzo mi intención onírica.
Que estoy a años luz de ser una mujer K y a la misma distancia de estar con la oligarquía campestre es algo que cualquiera que me conozca y/o haya leído algún viejo post (mío o de Cinzcéu, es la misma base) ya sabe, así que no necesito repetirlo, pero ahí estaba, con mi hemisferio izquierdo pensando en la realidad fragmentada en flashes mientras el derecho me repetía que me durmiese, que en unas horas tendría que trabajar. Obviamente ganó el izquierdo.
Quien me conoce también sabe que no creo en la casualidad, pero no puedo evitar ver cómo, casualmente, suceden algunas cosas. Por ejemplo, cuando casualmente se habla del "clima enrarecido" (¿será el calentamiento global?) algunos ¿ruralistas? denuncian amenazas, al mismo tiempo que protestan por la ausencia de gendarmería en las cortadas rutas que no iban a cortar (casualmente antes se quejaban por la presencia de gendarmería, pero ese es otro capítulo). No sé cómo gendarmería en las rutas impediría las supuestas amenazas, pero ese también es otro tema. Lo que cuenta es que las amenazas huelen mal, y no vienen solas, vienen con interferencia en la señal de TN. Otra gran casualidad.
Obviamente la gran lectura no dicha pero sugerida hasta el hartazgo es que dicha interferencia proviene del oficialismo que se queja amargamente de la obsesión del Grupo Clarín en su contra. Una lectura supuestamente inteligente dice que no son tan idiotas, que no harían algo tan obvio. Pero también se puede pensar que, apoyados en la obviedad de esa lectura, podrían hacerlo porque nadie los acusaría de algo tan burdo. Sin embargo, escuchando y leyendo los discursos de la oposición hay que reconocer que lo burdo, lo insostenible, la estupidez, es lo que abunda. Pero eso también es moneda corriente en el oficialismo.
Escuché mil veces a Lilita Carrió gritando enardecida que estamos en manos de mafiosos (los K), lo cual seguramente son, tanto como muchos opositores con los cuales busca aliarse, aunque contra ellos no despotrica (ahora), pero no la escuché decir (ya lo debe haber dicho) "este es el accionar mafioso del gobierno" acusando directamente a Cristina y/o su marido de firmar la orden de interferir las señales. Tampoco escuché aún discursos de repudio oficialista y lamentos por las acusaciones, pero seguramente también ya lo hayan dicho.
Los más moderados no acusan directamente al gobierno, sino a alguna facción partidaria que podría estar actuando por su cuenta, lo cual, dentro de la estupidez colectiva, no deja de ser coherente, aunque no conozco a quienes tengan la capacidad y tecnología necesarias para hacer algo así sin tener la inteligencia para ver las consecuencias (o quizás, casualmente, sí la tienen, y son las que buscan, pero no desde el oficialismo).
La interferencia a la señal de algunos medios del Grupo Clarín es un hecho, y, más allá del beneficio publicitario, soporta y acrecienta la polaridad nuestra de cada día. Al mejor estilo Maradona-Riquelme, campo-gobierno (o su versión Cobos-Cristina), Coca-Pepsi, EEUU-resto del mundo, parece que seguimos creyendo que sólo hay dos caminos. Hay una tercera posición que se opone activamente a ambos polos, también hay una cuarta, que ni se opone ni apoya, lo mira de afuera como si no tuviese nada que ver con ellos, y una quinta, a la que le conviene que se maten entre ellos.
A veces los leo o escucho y me pregunto si soy yo o realmente son tan torpes, tan obvios, otras trato de verlo como la gran jugada, pero no de ajedrez, sino de truco (en el cual nunca se llega a las buenas).
Mientras escribía este post escuché la noticia del hackeo al sitio del FPV, poniendo una foto trucada bastante ridícula de Cristina con Chávez, por un supuesto grupo ADT (¿serán los de la empresa de seguridad privada?). Algunos dirán "a nosotros también nos atacan", otros "cualquiera puede hacer eso", ambas cosas son ciertas. A mí me recordó que algunos adolescentes tontos e inconcientes en el año 75 y principios del 76, cuando tenían examen o simplemente ganas de irse, llamaban a la escuela y decían que había una bomba. Después miles decían que "ponían bombas en las escuelas" justificando el golpe de hace 33 años.
Pero volviendo al "clima enrarecido", hace unos días escuchaba a la madre de un alumno que decía "está todo podrido, en cualquier momento empiezan a poner bombas de nuevo". No queriendo meterme en la conversación, pero no pudiendo evitarlo le pregunté "¿quiénes?" a lo que respondió con un guiño que debe haber creído inteligentísimo "y...¿Cristina no era montonera?". ¿¿??. Preferí callarme y por alguna extraña asociación me acordé de Susana Gimenez. Increíble de dónde vienen los estímulos a ese "enrarecimiento".
Pobre Susana, mujer incomprendida, ella había escuchado que algunos dinosaurios aún están vivos y libres, ¿por qué no iba a preguntar si uno de ellos era el encontrado en la patagonia?. Que ese referente de un gran espectro social pidiera la pena de muerte y el retorno de la colimba porque mataron a su florista (del cual, en su momento de pena, dijo "vivía para mí", como la gran virtud del pobre hombre), y que no quede como otra típica pelotudez propia, sino que se convierta en una masiva marcha, dice mucho, demasiado, respecto del fascismo.
Me siento completamente superada por la realidad, incapaz de encontrarle sentido, nada cierra. Los sectores que se benefician, que casi siempre me resultaron claros, hoy no lo son. Oposición, kirchnerismo, sectores del PJ, todos pueden entrar en la categoría, y ninguno. Supongo que para muchos hay una única lectura y es muy clara, pero yo lo logro hacerla, cada vez que llego a algún punto yo misma me lo retruco.
Recuerdo que cuando empezaron a bombardearnos con la "inseguridad" me resultaba casi graciosa la cosificación, el tratarla como un ente con vida propia. Ahora admito que la elección del término fue jodidamente acertada, se logró lo que se buscaba, que nadie se sienta seguro, y que se golpée cualquier puerta buscando estarlo. Y todo sigue sonándome a fascismo puro.
Ahora soy parte del "clima enrarecido", porque no tengo la inteligencia necesaria como para responderme tantas preguntas, porque me siento "rara", porque no importa desde dónde empiece a pensar, siempre llego al mismo punto, a la misma palabra: fachos. E, inevitablemente, escucho venir un diluvio.

lunes, febrero 02, 2009

Los que empiezan a perder

Hace mes y pico que estoy un poco obsesionado por la cosa palestina. Un psiquiatra quizás me medicara no sin antes decirme que debería recurrir a mis afectos, socializar mi sociabilidad o cualquier otra pelotudez. Yo opto por leer más, de manera más o menos inteligente pero demasiado compulsiva. Horas y horas al día, como un loco. En este mes leí más sobre el tema que en medio siglo. Más, no menos: eso, creo, es bastante sano, doctor, ¿no cree?.
Sé que el tema no es el que más convoca lectores pero, con todo respeto, no es algo que hoy me importe demasiado: mis disculpas, quizás esto no sea en rigor un blog, con sus consabidos festejos de los cien comentarios que estas entradas jamás tuvieron.
Publico.es acaba de publicar unas declaraciones de Ilan Schturman, alto funcionario del Estado de Israel, el cual "ha iniciado el reclutamiento de centenares de voluntarios que tendrán la misión de contrarrestar las críticas que recibe su Estado en los diarios digitales de todo el mundo y defender los intereses del país en la blogosfera en general". Dice Schturman que están buscando "auténticos embajadores" que expliquen que "la imagen de Israel es muy distinta de la que normalmente se transmite en los medios de comunicación extranjeros". Schturman patina y se pega golpazo, como sus jefes, como el Estado de Israel. Los medios de comunicación extranjeros tienden a ser sionistas por razones básicamente comerciales, pero a veces dicen un poquito de la verdad, porque todo tiene un límite.
Lo que el Estado de Israel ahora dice blanco sobre negro es lo que ha hecho durante sus más de sesenta años de ilegítima y genocida existencia: multiplicar una red de propagandistas a nivel mundial que defiendan lo indefendible, es decir, que mientan; ya lo sugería Joseph Göebbels: algo queda. Lo nuevo es que ante el enorme peso de la barbarie que administra día a día contra los palestinos -y otros-, esa red histórica comienza a resquebrajarse; y ante la posibilidad técnica de que millones exhiban, denuncien y opinen por fuera de los medios tradicionales -gráfica, radio y televisión-, esa red ha quedado relegada a unos cada vez menos propagandistas sionistas, cada vez más pobres en argumentos. Lo que explica la amable leva de nuevos reservistas es que los sionistas sienten que empiezan a perder la guerra: sobre terreno y en los medios, hoy ampliados.
Es por demás sintomático que Schturman argumente que "el mundo de hoy carece de fronteras" cuando la política central del Estado de Israel -y su sostén bélico- existencial, ayer y hoy- ha sido el expansionismo geopolítico, es decir, la conquista de nuevas fronteras. Es que, no casualmente, el Estado de Israel siempre careció de fronteras. ¿Cuáles fueron, de una vez y para siempre, las fronteras del Imperio Romano, Otomano o Ruso? ¿Cuáles fueron en su momento de mayor expansión y cuáles hubieran sido las fronteras definitivas del Tercer Reich de no haber sido derrotado al costo de millones de vidas humanas? ¿Cuáles son las fronteras de los USA, con decenas de enclaves coloniales y militares a lo ancho del mundo y recientes invasiones genocidas a Irak y Afghanistán en razón de su "seguridad nacional"? ¿Cuáles son las fronteras admisibles e incluso admitidas de cualesquiera engendros político- militares de amañada retórica nacionalista pero auténtica vocación imperial?
No lidiamos con el pacífico hogar de unos muy supuestos y demasiado milenarios hijos de Israel (Jacob) sino con uno de los más poderosos y sangrientos brazos del capitalismo mundial.
Si uno piensa en territorios, ciudades, barrios o aldeas y en definitiva, vidas humanas, resulta escalofriante la colección de mapas históricos que ofrece el sitio de la Delegación General de Palestina. Invasión, invasión e invasión; única conclusión posible. Un muro que serpentea a fin de separar a cada colono invasor de cada poblador palestino. No he podido hallar el argumento de unos contramapas sionistas. Verás que todo es mentira, decía el bueno de Discepolín.
Pero quizás estos sean "excesos" de un gobierno o de un régimen y no el elemento fundante del Estado de Israel. Veamos entonces qué decía a fines del siglo XIX el padre fundador del sionismo:
"[Muchos judíos] no podían seguir a Theodor Herzl cuando dijo que quería 'colonizar Palestina', crear allí un Estado judío y para hacerlo 'prestar servicios al Estado imperialista que protegerá su existencia'. […] En Israel, todavía, son los textos fundadores del sionismo los que alumbran la política actual. Cuando en 1897 Herzl se dirigió al gobierno francés, con la esperanza de obtener su apoyo para la fundación de Israel, escribió: 'el país que nos proponemos fundar incluirá el Bajo Egipto, el sur de Siria y la parte meridional del Líbano. Esta posición nos hará dueños del comercio con la India, Arabia y África del Este y del Sur. Francia no puede tener otro deseo que el de ver los caminos de la India y de China ocupados por un pueblo dispuesto a seguirla hasta la muerte'". (Hirtt, Nico; "Moyen Orient: le prix de l’apartheid" en Bellaciao.org. Traducido para Rebelion.org y Tlaxcala por Caty R., 20 de julio de 2006.)
Curiosa coincidencia geopolítica con los objetivos geopolíticos de la guerra de los seis días de 1967. ¿Y dios y su tierra prometida? ¡Ah, bueno!, eso es para la gilada creyente, no para la rosca política. ¿O alguien cree que Schturman plantearía esa pavada de los embajadores en la blogósfera en reunión con Hillary Clinton o Barack Obama? Y nadie me rompa las bolas con esto porque acabo de releer el bíblico "Números" y es la promesa divina de la expulsión bélica de quien habitare la famosa "tierra prometida"; es decir, unos 3200 años de continuidad místico- religiosa que muchos aún leen literalmente como místico- genocida.
En definitiva, Schturman anda convocando a una red mundial de propagandistas en defensa del Estado de Israel vía web. Yo, que tengo una autoridad política mucho menor que la suya, pero una ética, y eso es bastante -y apuesto que mejor presencia que Schturman en esa misma web- no puedo convocar a una red contraofensiva simplemente porque nadie me daría ni cinco de pelota. Lamentablemente y en este sentido, nuestra resistencia está condenada a ser como la de los palestinos -es la de los palestinos; con todas mis disculpas por la enorme diferencia entre cuerpo y escritura-: oportuna, fragmentaria, puntual y muy casera, cual Qassam.
Acá, toda avanzada propagandística sionista no será respondida, por aquello de que al fascismo no se lo discute, se lo combate en la calle. Y esto aún no es una calle sobre la que cae la lluvia, sino un medio al humilde -y quizás infructuoso- servicio de que la lluvia no caiga.