sábado, enero 23, 2010

Anochecer de un día (apenas) agitado

En mi casa la temperatura supera uno o dos grados la denonimada sensación térmica. Eso ocurre sólo durante el verano porque en invierno suele estar un par de grados por debajo. Visto que a más de 35° ya no iba a dormir ni media hora más, llené la bañera, sintonicé la Radio de la Ciudad o la 92.7 o la FM Tango -nunca sabré cuál es el estricto nombre de esa emisora pública que en enero sólo emite tangos y síntesis de noticias porque está de vacaciones- y me sumergí en ella -en la bañera- a fin de paliar los ingentes calores.

Allí, es decir, dentro de la bañera, mis neuronas se enfriaron lo suficiente como para hacer sinapsis. Con una voz para nada alucinatoria y asumidamente yoica me dije: "Hoy es justo el día, andá y sacá el pasaje". "Ok, salgo de la bañera, me seco, me visto y se acabó", me respondí en un rapto de errada decisión.

Veinte minutos después me hallaba esperando infructuosamente el colectivo 61 para dirigirme a la terminal ferroviaria de Plaza Constitución, sita a escasas quince cuadras de mi domicilio. No viene. Hay otro que me lleva, el 143... ¡Uy!, ahí viene, pero ¿dónde carajo parará? Apelo a mi memoria emotiva y me parece que ahí. Corro, llego antes que el ómnibus y me paro junto a un tipo que en ese momento le hace señas. Yo también le hago señas y el colectivo para donde no hay indicación escrita de que pare: una a favor, digamos.

El 143 recorre escasas quince cuadras a velocidad mínima y para en todos los semáforos y en todas las paradas. Incluso para en una donde no baja ni sube nadie: el tipo para el bondi y abre sus puertas por las dudas; luego reinicia su marcha cansina, para nada veloz. Al fin, tras muy largos minutos, alcanza Plaza Constitución en el preciso momento en que comienzan a caer gruesas gotas de lluvia y deja a sus pasajeros -cuestión de paradas- como a doscientos metros de la estación ferroviaria, que recorro bajo la lluvia.

Ya en la estación me informo en la ventanilla de informes, hago una breve cola en un sitio equivocado y, finalmente, me dirijo al lugar que corresponde a mi demanda. Lo que quiero, es justo explicitarlo, es comprarle a Ferrobaires un pasaje a Mar del Plata para marzo. Me deprimo bastante. El salón es inmenso en sus tres dimensiones, inhumanamente inmenso. Todas sus puertas y ventanas al exterior se hallan clausuradas y su iluminación se reduce a una serie muy insuficiente y, además, muy mutilada de lámparas de bajo consumo. Saco un número: el 971; están atendiendo al 946. Hay un par de sillones que se hallan ocupados por gente dormida, todo a su largo, quizás desde hace semanas; el resto son unas deprimentes sillas plásticas de jardín distribuídas sin ton ni son. De inmediato, una de las cuatro ventanillas activas llama al número 947: me ilusiono -falsamente- con la velocidad del trámite tras la lentitud del colectivo para hacer quince putas cuadras.

Hay otra ventanilla activa que da cuenta de una moda pedorra y de un absurdo completo: se trata de un puesto de atención exclusivo para discapacitados. Como es exclusivo, su operador ha de pasar horas haciendo huevo porque no hay tal proporción de discapacitados que demanden pasajes ferroviarios hacia el interior de la provincia. No obstante un tipo, del que no alcanzo a identificar discapacidad alguna, se acerca y algo negocia allí. Estoy a punto de hacerme pasar por retrasado mental pero no me parece ético y nunca he sido buen actor. Además, carezco de certificación oficial de mi retraso.

Han pasado unos 15 minutos y todo sigue fijado al número 947. Estoy fatalmente deprimido y estoy cagado de calor, como el resto de los que habitamos ese salón. No sé sabe qué dialogan, gesticulan ni resuelven clientes y operadores que hace un cuarto de hora se hallan cara a cara en cada una de las ventanillas. Recuerdo varios textos de Kafka y me digo que no es justo, que soy un exagerado, un neurótico y un impaciente. Pasan otros 2 minutos y, simplemente, me voy al reverendo carajo. Me tomo el subte y combino bajo tierra para llegar, un poco tarde, a mi laburo. Otro infierno, el subte, no sólo de temperatura sino de espera, lentitud y masas que van de aquí para allá, se atropellan y se llevan por delante.

En ese -lento al pedo- viaje en subte pienso en Puerto Príncipe y en Buenos Aires, pienso en que mi calor y mi fracaso puntual del día son absolutamente nada ante la debacle haitiana, la muerte masiva, la pérdida total, el riesgo de vida.

Entro a mi oficina donde aún funciona el aire acondicionado -lo cortarán en un rato- y su frescura me hace olvidar el pequeño infierno del que vengo, la ineficacia de mi infernal periplo porteño y, por supuesto, también Haití.

Justo cuando entro, un flor de gilastro absoluto que se asume jefe de algo está contando, como novedad absoluta... ¡que llovió!

Sí, ya sé, me acaba de llover -hace menos de una hora- y, mucho más y peor, nos llueve allá, nos llueve acá y nos llueve en todos lados.

miércoles, enero 13, 2010

Apocalypse now

Hace un par de semanas cometí el error de ir a ver "2012". Convengamos que aquello de "estábamos advertidos" es muy noble por parte de su creador, ver una nueva película apocalíptica de Roland Emmerich, padre de engendros como Día de la independencia y El día después de mañana, es estar advertido respecto de lo que veremos.
Efectos especiales a full, de esos que tanto ama (tanto que los repite en una misma película), un guión paupérrimo, plagado de lugares comunes y todos los estereotipos del cine catástrofe de Emmerich: la mala relación de padre e hijos que se afianza al enfrentar el peligro y descubrir que papá es un héroe; Estados Unidos siempre primero y generoso, advirtiéndole al mundo (a algunos) que se está por acabar (una joya la escena en la que el loco de Yellowstone se inmola al grito de "recuerden que Charly les avisó primero"); la increíble valentía y honor del presidente (de EEUU, claro); los perros, que en manos de los desplazados que buscan su destino son símbolo de que el amor es más fuerte, y en manos de la Reina de Inglaterra, de la bajeza de los poderosos; velocidad, escapes y destrucción a niveles superlativos, detenidos de repente para que alguien haga un discurso en el cual, nuevamente desde EEUU, se muestre a la humanidad lo que es ser humano, discursos tan obvios como el de cualquier político.
En síntesis, una basura. Emmerich ya destruyó a la humanidad de cuantas formas se le cruzaron, supongo que si aún no hizo catarsis seguirá haciendo explotar cosas en su Día de la Independencia 2, la cual amenazó con estrenar en breve. Y así nos seguimos acostumbrando a que todo es una película.
Pero hay un detalle, tanto Emmerich como otros seguidores de la teoría apocalíptica de 2012 (mayadictos, nostradamuólogos, revelacionistas, etc.) ponen la culpa lejos de los humanos. Nosotros sólo somos las víctimas de alguna erupción solar, alineación planetaria, agujero negro nebular o asteroide errado de camino. Dicen que Dios, que obviamente sabe de todo, es el que nos avisa, según algunos religiosos para que nos demos cuenta y cambiemos ese destino (pequeña paradoja). Un poco difícil se les hace explicar cómo podríamos cambiar algo si todo viene de afuera.

Ayer, sin estridencias ni efectos especiales, tembló Haití. Hablan de más de cien mil muertos, de Puerto Príncipe destruída, de más de tres millones de personas afectadas. No hablan mucho acá, porque acá habla Redrado, Cristina, Boudou, Patronelli, Abbondanzieri, o sea, acá pasan cosas, y Haití quedá allá. La noticia pasa por el gendarme argentino que murió debajo de los escombros de lo que era la sede de la ONU, o por sus miembros, el arzobispo y los cascos azules.

Miami queda ahí nomás de Haití, y convengamos que si la tierra hubiese temblado allí, aunque no hubiera más que un puñado de víctimas, sería noticia en todos los medios. Pero Haití es apenas un tercio de la isla La Española, un lugar conocido por ser el más pobre de América y uno de los más pobres del mundo, recordado quizás por ser centro de devastación de huracanes en los últimos años, nunca reconocido por ser el primero en el cual los esclavizados se rebelaron y acabaron con la esclavitud.

Un lugar en el cual el 80% de la población vive en la más absoluta pobreza, esa que no conocemos, que recién se estaba empezando a recuperar del último huracán de 2009 y se encontró en pocos segundos con su pequeño universo destruido. Admitamos que si hay algún dios tiene un extraño sentido del humor.

No hay que ser demasiado detallista para ver que algo no está del todo bien en este planeta, sin teorías apocalípticas ni ecologismo extremo, sólo con leer algunos diarios y tener un poco de memoria de los últimos años. Con un simple recuento queda en evidencia que en la última década murió mucha más gente por catástrofes naturales que en la Primera Guerra Mundial. No le quiero dar ideas a Emmerich, pero parece que habría que mirar un poco para adentro antes de echarle la culpa al sol, a la única especie que destruye su propio hábitat.

Casualmente hace poco estuve leyendo algunas conclusiones publicadas en el Congreso de Geología realizado en Londres en septiembre de 2009, en el cual se establece la relación entre el cambio climático y la actividad geológica, y relevando algunos datos parece evidente el crecimiento exponencial de la actividad sísmica.

No quiero parecerme a Al Gore y mucho menos olvidar que la pobreza de Haití, y de tantos lugares que, casualmente, han sido los más afectados por la naturaleza, como algunos países de la costa asiática, es una cuestión política, como lo es la poca relevancia que el tema tiene para los medios. Pero una cosa no quita la otra, más bien suma. Países más pobres no sólo tienen una infraestructura mucho más expuesta a la destrucción sino que no cuentan con los recursos para sobrellevar la crisis y recuperarse de ella. Es humanamente vergonzante que los dos hospitales de Puerto Príncipe, como casi toda la ciudad, hayan colapsado y aún, a 24 horas, estén esperando que de otros países llegue ayuda sanitaria y maquinaria que les permita encontrar sobrevivientes y remover escombros. Pero también lo es que, antes del sismo, un tercio de la población dependiese de la ayuda económica que le envían sus familiares desde esos otros países.

Algo no está del todo bien en este planeta, en gran parte es metástasis de un sistema ya histórico, pero le agregamos un virus letal: la reacción del otro sistema, el natural, que funciona como palillos chinos y al que le quitamos su base.

No sé si el mundo se acabará en 2012, pero parece que Emmerich tiene razón, sólo los más poderosos están en condiciones de ponerse a salvo del diluvio.

jueves, diciembre 31, 2009

Décadas, nombres de números y felicidades

Como si tal cosa, sin estridencias y humildemente hoy temina una década, la primera del nuevo siglo -ya no cero kilómetro pero joya nunca taxi- que mañana inicia su decenio segundo. Muchas felicidades. Es posible que la relativa falta de énfasis en este cambio de década se deba a que, hace diez años, el pasaje de centuria y de milenio se cargó con todos los acentos, temores, cuetes y festejos: ante semejantes números diez veces más grandes y cien veces más redondos, una década no es más que una cagadita de paloma.

Pero hay algo más relevante de esta década que termina -y, a decir verdad, en parte de la que empieza-: la sociedad, la cultura, la semiosis no son ni serán capaces de ponerle un nombre que la resuma en base al nombre de los años que la componen. Por esta razón, quedará un poco en offside, como fuera de caja, sin poder hacer sistema pleno con los ochenta y noventa del siglo XX y los veinte y treinta del XXI. Y sin nombre propio, se sabe, las cosas quedan al borde de su desaparición en tanto tales.

Pienso, por ejemplo, en esa diferencia canónica y tal vez forzada que identifica estilos del siglo XX según décadas: en los veinte el nouveau; en los treinta el decó. ¿Y antes qué?, ¿acaso no hubo estilo predominante durante los primeros veinte años del siglo? Lo que no hubo fue nombre de las décadas y, sin nombre, las décadas parecen ser como discriminados niños expósitos, huérfanos de toda orfandad.

La culpa, por supuesto, es del lenguaje, ese eterno agente de incertidumbre, vacilación, incompletud y ambigüedad. Más precisamente, la culpa es del nombre de los números.

Desde el veinte y hasta el noventa y nueve, los nombres de los números mantienen una raíz común que los asocia según decena. Por el contrario, la decena del diez se parte al medio en cuanto a su nominación: once, doce, trece, catorce, quince -cinco términos sin relación con "diez"- y, luego, diecisésis, diecisiete, dieciocho y diecinueve, derivados de "diez" más especificas unidades. Puede hacerse la prueba con el idioma inglés: se observarán varias diferencias pero también patrones análogos.

Esto dificulta hablar de "los años diez" o "los dieces" visto que el once, el doce o el catorce no son en absoluto "dieces" mientras que el veintiuno o el treinta y dos o el noventa y cuatro son "veintes", "treintas" y "noventas" de pleno derecho lingüístico.

Ni hablar de la década que termina, cuyos nombres de año resultan inseparables ya no del siglo sino del milenio; problema semiótico que la humanidad no se planteaba desde el año 1000, es decir, problema que seguramente nunca se hubo planteado. Hace medio siglo, aún podía titularse Un guapo del 900 en referencia a la primera década del siglo XX pero, ¿qué significaría hoy "Un guapo del 2000" (descarto "Un guapo del 000" que sonaría completamente absurdo)?, ¿un guapo del año, de la década, del siglo, del milenio? Aún tal guapo novecentista podía confundirse con referencias a siglos, como en el título Novecento de Bertolucci o con el quattrocento de Da Vinci, Sanzio y demás renacentistas.

Además: ¿por qué se dice 1810, 1914 y 1990 pero se tiende a decir el 2000, el 2009 y el 2010?, ¿qué lógica forzaría ese artículo ausente en las referencias a siglos previos?

La década que termina no tiene ni tendrá nombre propio, claro ni definitivo. La que se inicia es probable que tampoco. Nos toca, entonces, vivir veinte años -estaríamos en el entretiempo, en la charla de vestuario- que nunca se podrán resumir con nombres de decenas y, entonces, reducir fácilmente a un objeto social único y homogéneo.

A mí me resulta incómodo porque nací y vivo bajo nombres de decenas organizadores de la historia pero es probable que haya otras historias, con otros nombres, con otros números, que más allá de nombres de números, pero recuperando nombres y números (felicidades), enfrenten la lluvia que nos va a caer.

lunes, noviembre 30, 2009

Retiro y otras estaciones terminales

Esta semana, sorpresivamente, abandonó la práctica del fútbol profesional José Luis Calderón. La sorpresa no remite a su juventud, visto que sus 39 años son bastantes para un atleta de alta competición. La sorpresa tampoco refiere a la falta de aviso, ya que hace cerca de un año había prometido su retiro para junio de 2009 y, luego, se dejó convencer o conmover por dirigentes y compañeros. La sorpresa consiste en que la intempestiva decisión ocurre un par de semanas antes de que Estudiantes de La Plata dispute el denominado Mundial de Clubes, versión contemporánea de la otrora Copa Intercontinental.


Calderón no ha sido titular en el último semestre, en parte porque el cuerpo técnico ha consolidado en su puesto al atolondrado Juan Manuel Salgueiro (*); en parte porque arrastra una molestia en su rodilla que le ha impedido, a veces, siquiera ir al banco de suplentes. No obstante, unas finales intercontinentales se asumen una instancia en la que todo futbolista querría participar, aún entreteniendo el fútbol los últimos diez minutos, aún sentado al otro lado de la raya de cal, aún como parte de la delegación y de las prácticas. Se asumen, sí, pero respecto de todo futbolista y no de quien ya se siente ex.


Los deportistas profesionales tienen un oficio raro. A diferencia de la inmensa mayoría, se inician muy niños y se retiran muy jóvenes: "Too old to rock'n'roll but too young to die", como supo sentenciar Jethro Tull. Además, hipotecan buena parte de su vida mediante dedicación full time a un objetivo unilateral que consiste en estar en el mejor nivel competitivo para poder derrotar al adversario. Cuando un futbolista en actividad ha vivido casi cuatro décadas, suele haberle dedicado alrededor de tres al entrenamiento físico, la dieta alimentaria, la restricción horaria, los chequeos médicos, el trabajo sobre la carga, recarga y tonicidad muscular y cien cosas más que el periodismo deportivo se encarga de explicitar pero en este momento no recuerdo.

El retiro del fútbol profesional -que suele referirse en los términos metafóricos de colgar los botines, aplicables a cualquier abandono voluntario de una actividad- es un motivo de larga data que se articula, de modo más o menos libre, con muchísimos otros. Porque modos de retiro, hay al menos decenas.


Ayer escuchaba por la radio a un rara avis en este asunto del retiro del fútbol. Gustavo Lombardi tiene 34 años, fue campeón mundial juvenil con la selección argentina (Qatar 1995) y multicampeón local e internacional con River Plate, jugó en dos clubes españoles y en uno inglés y a sus 27 años decidió que ya había sido suficiente para él. En referencia a la decisión de Calderón -y si no entendí mal- Lombardi infiere que ya habría hecho su duelo: en lugar de comenzar a elaborarlo tras la toma de decisión, la decisión corona un proceso que habría madurado hasta el punto de lo inevitable. Y si mi lectura es correcta, estoy de acuerdo con él.

Se trataría de la inversa de un motivo temático caro a la cinematografía: el policía a punto de retirarse que no es capaz de cancelar el compromiso y la pasión que aún lo ligan al oficio y rigen su vida. Recuerdo ahora Falling Down (Un día de furia, dirigida por Joel Schumacher) y The Pledge (El juramento, La promesa o Código de honor, obra maestra de Sean Penn) pero hay varias más. El tipo, concretamente, no concibe el retiro, no admite la situación, no puede retirarse y, por lo tanto, se hace cargo del nuevo caso y desafío.

Imagino que la lucha de Calderón ha sido otra, contraria. Estimo que ya se sentía un poco al margen hace un año, cuando anunció su retiro para junio, y que cedió a los argumentos de Juan Sebastián Verón y otros sin convencimiento cabal. Infiero que la semana pasada ha sufrido un fenómeno de iluminación, quizás una suerte de extrañamiento, esa sensación de estar fuera de toda caja. Tal vez durante una práctica -idéntica a las que protagonizó por décadas pero esta vez distinta- haya paseado la mirada a su alrededor y haya visto que todo seguía igual con la excepción de quien miraba. Como alguna vez ha señalado Alejandro Dolina respecto de una mítica reunión de ex compañeros de secundaria: el único que no estaba allí era él mismo.


Quizás esta semana Calderón haya sufrido ese pantallazo fugaz pero certero, casi fuera de todo tiempo, en el cual uno se pregunta qué carajo hace allí y se responde, fácil y rápido, desde la mayor obviedad: sobrar.

A otros les pasa, no respecto del fútbol, sino de la propia vida y las consecuencias son muy dolorosas y siempre irreversibles. Pero la decisión profesional de Calderón parece ser del orden del duelo largamente madurado, el extrañamiento respecto de eso que fue, la inconveniencia del sujeto de seguir sujeto a algo que, al fin, se terminó, como supo popularizar Vox Dei hace 40 años, cuando un pequeño José Luis comenzaba a latir en el vientre de su mamá.

Cuando el sentimiento de certeza es firme y claro, un Mundial de Clubes -o cualquier otra instancia institucional- deja de significar lo que supo significar y pasa a ser un evento al que uno sólo podría concurrir como un auténtico colado. Calderón se ha ganado extensamente su derecho a participar pero optó por la renuncia porque se considera afuera: se siente y evalúa un ex futbolista.


Lástima, porque yo soñaba una definición del Mundial de Clubes con gol suyo contra el Barça en el minuto ochenta y pico de la final. Y esa sí, su estación terminal, gloriosa, histórica, merecida. Pero Calderón decidió otra cosa: que su vida no es sólo fútbol ni espectáculo y que sus espacios y tiempos los maneja él, como quiere o como puede.

Tal vez su decisión de retiro sólo lo guarezca -y no me refiero, por supuesto, a resultado deportivo- de una fuerte lluvia que, él sospeche, le podría llegar a caer.


(*) En la foto: Salguerio (7), de frente, viene; Calderón (9), de espaldas, se va. C'est la vie.

viernes, octubre 16, 2009

Exabrupto

Exabrupto (de ex abrupto): 1. m. Salida de tono,
como dicho o
ademán inconveniente
e inesperado, manifestado con viveza.

DRAE

En las últimas horas este país generoso se ha partido, como le es caro y habitual, alrededor de un exabrupto específico que no es más que otro botón de muestra de las muchas salidas de tono, los dichos y ademanes, las obvias inconveniencias, los sorprendentes desvíos y las manifestaciones vivas (o avivadas) que ritman su breve y aparente historia. Como aborrezco de toda cosa nacionalista, supongo que otras regiones jugarán recursos comparables para el sostenimiento de alguna estructura identitaria pero, por estos lares, la cosa resulta ser así, y miles de miles toman partido a favor o en contra del síntoma como si tuviera alguna utilidad tomar partido por la fiebre en lugar de preguntarse por la enfermedad.
En las últimas horas dudé mucho acerca de qué escribir e incluso de si escribir, a la vez que leía decenas y decenas de otras lecturas. Por fin decidí publicar una reflexión de hace poco más de cinco años; previa a la fundación de este espacio que acaba de cumplir cuatro. Y no se los hemos festejado porque -parafraseando a Juan Sebastián Verón- tal vez no haya demasiado que festejar.

Respecto del Diego, el sujeto y el objeto
Nadie (que yo sepa) ha dicho algo inteligente sobre el problema Diego Maradona. Yo tampoco. Creo firmemente (no sólo en este caso) que una adicción jamás es el problema pero repetir esta pavada las 24 horas del día calma, tranquiliza, a quienes la repiten y a quienes la escuchan. Es decir, obtura.
A mí me parece que el problema central se llama Maradona y Maradona es un objeto social. Un objeto social muy particular que se ha construido durante más de tres décadas como por fuera de toda Ley: encanta que haya uno que no está sujeto, es imprescindible creer que lo hay.
"Durante más de tres décadas" no constituye un fallido de mi parte ni un error histórico ni una exageración retórica. Yo tomé conocimiento de Maradona-objeto hace 33 años, cuando una nota de El Gráfico sostuvo que un cebollita de 10 años (fotografía incluida) sería mejor futbolista que Pelé. Y hace 28, un emocionado compañero de secundaria llegó un lunes de octubre afirmando que "ayer debutó en primera el mejor jugador del mundo".
Yo no soy un investigador experto en la construcción social de Maradona pero presumo que tal objeto había comenzado a rodar mucho antes en el marco más acotado y más familiar de Villa Fiorito y La Paternal.
Hay, claro, un Diego-sujeto pero esa sujeción le importa tres pitos a nadie a lo ancho del planeta. Quizás a su padres, quizás a sus hijas, quizás a su ex-mujer, quizás a un par de amigos (si los tuviera). Quizás al propio Diego.
¿Pero quién desbarataría al sujeto agazapado tras semejante objeto? ¿Quién sería capaz de escucha en los intersticios que lo hablan? ¿Qué autoridad señalaría fallas en el discurso del Diego, del Diez, del D10s? Y no me refiero, por supuesto, a capacidad ni disposición profesional (de algunos profesionales, que obviamente nunca serán los activos productores de la tesis de "ese" problema ni del conductismo farmacológico) sino al lugar aparentemente sin salida al cual el objeto ha recluido al sujeto.
Hace unos días, alguien no ajeno al trabajo cotidiano con las operaciones de construcción social de éstos y otros objetos me preguntó si alguna vez había visto a Diego cara a cara, en vivo. Yo –confesé y confieso– nunca lo vi. "Yo sí –me dijo, no sin cierta emoción– y es impresionante…".
El sujeto que encarna ese objeto colectivo (y lo colectivo no lo excluye sino todo lo contrario), impresionante en su completud, brillo, magnitud, no puede escucharse ni ser escuchado. Oscila entre el discurso que engrosa y reviste el carácter mítico de su excepcionalidad y el acting out que, vedado de toda posiblidad de interpretación psicoanalítica, deviene en cambio interpretante de su personalidad incomparable y su idolatrada excentricidad.
Ahora la cosa empieza a cerrar. Diego ha sido "sedado" (curioso eufemismo que debe leerse como "drogado"… ¿no era ése el problema?), secuestrado, recluido contra su voluntad en una discutible institución de rehabilitación y entregado a "cuatro psiquiatras, un kinesiólogo y un enfermero especializado" (¿?), según sostenía hoy alguno de los movileros apostados en Ituzaingó con el objetivo de no discontinuar la necesaria construcción mediática del objeto.
Y ya la Psiquiatría, la Curatela y la Gran Puta Institucional empiezan a decir explícitamente (con una voz autorizada y refrendada por la Ley) lo que ya se venía diciendo en la tribuna, en la calle, en el café y en cuanto foro televisivo se tocara cualquier tema ("el Diego es de todos", etc.): hay que apropiárselo como objeto; hay que negarlo (seguirlo negando) como sujeto, incluso como sujeto de derecho.
Es posible que se lo termine declarando "inhábil" (de hecho, ya se lo estaría "re- habilitando"). Paradojal, cuando Diego es lo que es (objeto social) debido a que "su habilidad es de otro mundo". En rigor, tendría su lógica: una habilidad de otro mundo es pura inhabilidad en éste.
Un objeto es un objeto. No querer ni poder escuchar otra cosa (incluida la responsabilidad social de su construcción) es el mejor y más recto camino hacia la obturación de todas las preguntas. Todas, y no sólo las que eventualmente Diego tuviera para hacer.

Mis disculpas por traer una tan vieja reflexión mientras tantos otros producen nuevas y en tiempo récord, fundan sitios web, imprimen remeras y/o utilizan el síntoma para sostener una posición menos política que mítica. En todo caso, que continúen succionando el objeto -un modo entre otros de darle forma y volumen- y se hagan cargo de la lluvia que nos va a caer.

miércoles, septiembre 16, 2009

Deberías saber por qué

Mientras continúa el circo mediático y legislativo por la Ley de Medios, y se firman acuerdos mafiosos detrás de cámaras, unos pocos recuerdan que pasaron treinta y tres años.
Algunos de los asesinos ya murieron, de muerte natural e impunemente, otros aún esperan juicio. Las Abuelas continúan buscando, nadie ahonda demasiado en Honduras, siguen muriendo palestinos en manos de asesinos intocables, López no aparece, Maradona descansa, Obama se preocupa, Chávez se sigue riendo, los glaciares se derriten, Vocos Canesa habla, Cobos cansa, el campo resigna protagonismo, Del Potro se lo gana, Irak sigue lleno de marines, la gripe A es el enemigo y el guante de Michael Jackson cotiza en Bolsa.
Treinta y tres años después mucho cambió, y nada cambió. Ellos, como tantos más, tendrían hoy una buena vida, o no, pero, en todo caso, debería haber sido su decisión.
Muchos de aquellos que no lo permitieron aún están libres, muchos que los apoyaron aún son figuras públicas o sueñan en privado con volver. Lo que nunca podrán lograr es que olvidemos.






domingo, septiembre 06, 2009

La mano de dios

Anoche, como varios miles, me senté a ver el partido entre Argentina y Brasil, lo que en mí no es extraño, ya que soy básicamente futbolera, pero conozco a muchos que cumplieron con el ritual aunque el fútbol les importe un catzo. Obviamente porque es la selección, es Argentina y es Maradona.
Durante varios meses, in crescendo, asistimos a todos los circos posibles, si juegan en Rosario, quiénes, si Messi sí, si Diego llevará al Benjamín, infinitos análisis de probabilidades, de rendimientos individuales por si acaso, siempre atentos al gesto de Maradona, si estornudó, si dio la formación. Y el Diez jugando de humilde, de papá de sus jugadores, dando apoyo político. Hasta ahí, todo normal, no se podía esperar otra cosa ni de Maradona, ni de los medios. Posiblemente se podía esperar más de los que entraron a la cancha, sobre todo cuando son considerados semidioses (porque dios hay uno sólo y es el DT) y con lo que ganan por patear una pelota se podría evitar la muerte por desnutrición de miles de chicos. Pero, ok, no mezclo los tantos, esto es fútbol.
Y Brasil les pasó por encima, tranquilamente. Los análisis deportivos, tácticos, son miles, de hecho, millones, ya que cada uno tiene el propio, de qué sirvió cambiar el 3-4-3 por 4-4-2, por qué no Palermo, por qué correr a Verón a la derecha, por qué esa ¿defensa?...
Muchos prefieren darle la derecha a Maradona, y aceptar que tan mal no jugaron (verdad), que tuvieron la pelota los primeros 23 minutos (lástima que no hicieron nada con ella), y, de repente, todos se acordaron que era Brasil.

Aunque no hay mucho lugar, ni en mí ni en el blog, para gastar escritura en un análisis futbolístico (para eso está la charla de café) no pude evitar quedarme en una frase de Maradona en su conferencia de prensa post Brasil.
"Yo soy el responsable" dijo enfáticamente cuando se le preguntó si era él o los jugadores. Era un poco difícil responder otra cosa cuando el periodista formuló la pregunta con la introducción "vos siempre te hiciste responsable de todo...", pero aún así seguramente se haría cargo. Conozco muy pocos directores técnicos que se hayan animado a decir "qué voy a hacer con los troncos que tengo en el plantel", pero, además, a estos los eligió él.
De inmediato, como en directa relación con su responsabilidad, continuó diciendo que ya había hablado con Julio (Grondona), con Carlos (Bilardo), y que tenía que hablar con sus hijas. Que tenga que hablar con Grondona es más que obvio, que hable con Bilardo suena extraño, no quiso escucharlo desde el primer día, de hecho le molestó muchísimo tenerlo cerca, pero es miembro del cuerpo técnico, así que suena lógico. Pero ¿hablar con las hijas?. Nunca escuché a Sabella, a Bianchi, a Gareca o a cualquier técnico mencionar la charla con su familia como parte del discurso deportivo. A lo sumo alguna vez agradecen el banque, pero eso es todo.
Sin embargo es parte del ser Maradona, nunca fue él, sino sus padres, Claudia, Dalma y Giannina, el Kun y Benjamín. Siempre fue parte de su discurso, y si bien se mostró muy ofendido por la violación de su privacidad cuando aparecieron hijos, drogas y demás, él fue desde siempre quien se expuso como un clan. No un clan de poder, no un Kennedy, sino un clan que le da humanidad, que lo deja siempre un paso al costado de la crítica brutal.
Lo extraño entonces no es que Maradona diga que tiene que hablar con sus hijas como parte de la derrota sino que todos los demás pongan un manto de respetuoso silencio.
Por mucho menos he visto tribunas reclamando la cabeza de un técnico, pero es el Diego, el mejor jugador del mundo y de la historia (discutible, pero tema aparte), y al mismo tiempo el cebollita que nunca terminó de salir de Villa Fiorito. Es dios, patria y familia, el barrilete cósmico y Fidel. Como dicen algunos en voz baja, un pobre tipo que supo jugar al fútbol y la vida se lo llevó puesto. Como dicen otros, es Maradona, el intocable. Quizás tan intocable como Bianchi, con una diferencia, Bianchi es profesionalmente intocable, y su vida privada es su vida privada. Maradona no es un ex-jugador, técnico de la selección, Maradona es Maradona, y a Maradona siempre hay que darle otra oportunidad. ¿Quién le va a pegar a un tipo que dice que se hace cargo y tiene que enfrentar a sus hijas?.

En algún punto se parece a Charly, ¿qué no se le "perdona" cuando escuchás su música?. En sintonía los medios hablan de desilusión, tristeza, amargura, nadie de bronca, de ineptitud.
En definitiva, Maradona nunca termina de sorprender, pero jamás asombra. Construyó una imagen que siempre le permite caer parado, así nos olvidamos que cayó. Según la mayoría él no construyó esa imagen voluntaria y concientemente, sino que la vida lo fue llevando. Yo no estaría tan segura, al menos no que así sea en un 100%. De hecho en ese respeto al Diez no hay más que hipocresía, ya que se sustenta en creerlo incapaz de ser responsable de su vida.
Con una pequeña ayuda de los amigos es posible que la selección argentina llegue al Mundial, y si no es así, o si llega pero se queda a mitad de camino, no será culpa de Diego, en todo caso será de la vida de Diego, no de él.
Todos los triunfos son de Maradona, todos los fracasos de lo que esos triunfos le provocaron. Y siempre habrá otra oportunidad, porque todo se olvida. Todo menos el gol a los ingleses.
Esperemos que el miércoles no llueva.