lunes, noviembre 30, 2009

Retiro y otras estaciones terminales

Esta semana, sorpresivamente, abandonó la práctica del fútbol profesional José Luis Calderón. La sorpresa no remite a su juventud, visto que sus 39 años son bastantes para un atleta de alta competición. La sorpresa tampoco refiere a la falta de aviso, ya que hace cerca de un año había prometido su retiro para junio de 2009 y, luego, se dejó convencer o conmover por dirigentes y compañeros. La sorpresa consiste en que la intempestiva decisión ocurre un par de semanas antes de que Estudiantes de La Plata dispute el denominado Mundial de Clubes, versión contemporánea de la otrora Copa Intercontinental.


Calderón no ha sido titular en el último semestre, en parte porque el cuerpo técnico ha consolidado en su puesto al atolondrado Juan Manuel Salgueiro (*); en parte porque arrastra una molestia en su rodilla que le ha impedido, a veces, siquiera ir al banco de suplentes. No obstante, unas finales intercontinentales se asumen una instancia en la que todo futbolista querría participar, aún entreniendo el fútbol los últimos diez minutos, aún sentado al otro lado de la raya de cal, aún como parte de la delegación y de las prácticas. Se asumen, sí, pero respecto de todo futbolista y no de quien ya se siente ex.


Los deportistas profesionales tienen un oficio raro. A diferencia de la inmensa mayoría, se inician muy niños y se retiran muy jóvenes: "Too old to rock'n'roll but too young to die", como supo sentenciar Jethro Tull. Además, hipotecan buena parte de su vida mediante dedicación full time a un objetivo unilateral que consiste en estar en el mejor nivel competitivo para poder derrotar al adversario. Cuando un futbolista en actividad ha vivido casi cuatro décadas, suele haberle dedicado alrededor de tres al entrenamiento físico, la dieta alimentaria, la restricción horaria, los chequeos médicos, el trabajo sobre la carga, recarga y tonicidad muscular y cien cosas más que el periodismo deportivo se encarga de explicitar pero en este momento no recuerdo.

El retiro del fútbol profesional -que suele referirse en los términos metafóricos de colgar los botines, aplicables a cualquier abandono voluntario de una actividad- es un motivo de larga data que se articula, de modo más o menos libre, con muchísimos otros. Porque modos de retiro, hay al menos decenas.


Ayer escuchaba por la radio a un rara avis en este asunto del retiro del fútbol. Gustavo Lombardi tiene 34 años, fue campeón mundial juvenil con la selección argentina (Qatar 1995) y multicampeón local e internacional con River Plate, jugó en dos clubes españoles y en uno inglés y a sus 27 años decidió que ya había sido suficiente para él. En referencia a la decisión de Calderón -y si no entendí mal- Lombardi infiere que ya habría hecho su duelo: en lugar de comenzar a elaborarlo tras la toma de decisión, la decisión corona un proceso que habría madurado hasta el punto de lo inevitable. Y si mi lectura es correcta, estoy de acuerdo con él.

Se trataría de la inversa de un motivo temático caro a la cinematografía: el policía a punto de retirarse que no es capaz de cancelar el compromiso y la pasión que aún lo ligan al oficio y rigen su vida. Recuerdo ahora Falling Down (Un día de furia, dirigida por Joel Schumacher) y The Pledge (El juramento, La promesa o Código de honor, obra maestra de Sean Penn) pero hay varias más. El tipo, concretamente, no concibe el retiro, no admite la situación, no puede retirarse y, por lo tanto, se hace cargo del nuevo caso y desafío.

Imagino que la lucha de Calderón ha sido otra, contraria. Estimo que ya se sentía un poco al margen hace un año, cuando anunció su retiro para junio, y que cedió a los argumentos de Juan Sebastián Verón y otros sin convencimiento cabal. Infiero que la semana pasada ha sufrido un fenómeno de iluminación, quizás una suerte de extrañamiento, esa sensación de estar fuera de toda caja. Tal vez durante una práctica -idéntica a las que protagonizó por décadas pero esta vez distinta- haya paseado la mirada a su alrededor y haya visto que todo seguía igual con la excepción de quien miraba. Como alguna vez ha señalado Alejandro Dolina respecto de una mítica reunión de ex compañeros de secundaria: el único que no estaba allí era él mismo.


Quizás esta semana Calderón haya sufrido ese pantallazo fugaz pero certero, casi fuera de todo tiempo, en el cual uno se pregunta qué carajo hace allí y se responde, fácil y rápido, desde la mayor obviedad: sobrar.

A otros les pasa, no respecto del fútbol, sino de la propia vida y las consecuencias son muy dolorosas y siempre irreversibles. Pero la decisión profesional de Calderón parece ser del orden del duelo largamente madurado, el extrañamiento respecto de eso que fue, la inconveniencia del sujeto de seguir sujeto a algo que, al fin, se terminó, como supo popularizar Vox Dei hace 40 años, cuando un pequeño José Luis comenzaba a latir en el vientre de su mamá.

Cuando el sentimiento de certeza es firme y claro, un Mundial de Clubes -o cualquier otra instancia institucional- deja de significar lo que supo significar y pasa a ser un evento al que uno sólo podría concurrir como un auténtico colado. Calderón se ha ganado extensamente su derecho a participar pero optó por la renuncia porque se considera afuera: se siente y evalúa un ex futbolista.


Lástima, porque yo soñaba una definición del Mundial de Clubes con gol suyo contra el Barça en el minuto ochenta y pico de la final. Y esa sí, su estación terminal, gloriosa, histórica, merecida. Pero Calderón decidió otra cosa: que su vida no es sólo fútbol ni espectáculo y que sus espacios y tiempos los maneja él, como quiere o como puede.

Tal vez su decisión de retiro sólo lo guarezca -y no me refiero, por supuesto, a resultado deportivo- de una fuerte lluvia que, él sospeche, le podría llegar a caer.


(*) En la foto: Salguerio (7), de frente, viene; Calderón (9), de espaldas, se va. C'est la vie.

viernes, octubre 16, 2009

Exabrupto

Exabrupto (de ex abrupto): 1. m. Salida de tono,
como dicho o
ademán inconveniente
e inesperado, manifestado con viveza.

DRAE

En las últimas horas este país generoso se ha partido, como le es caro y habitual, alrededor de un exabrupto específico que no es más que otro botón de muestra de las muchas salidas de tono, los dichos y ademanes, las obvias inconveniencias, los sorprendentes desvíos y las manifestaciones vivas (o avivadas) que ritman su breve y aparente historia. Como aborrezco de toda cosa nacionalista, supongo que otras regiones jugarán recursos comparables para el sostenimiento de alguna estructura identitaria pero, por estos lares, la cosa resulta ser así, y miles de miles toman partido a favor o en contra del síntoma como si tuviera alguna utilidad tomar partido por la fiebre en lugar de preguntarse por la enfermedad.
En las últimas horas dudé mucho acerca de qué escribir e incluso de si escribir, a la vez que leía decenas y decenas de otras lecturas. Por fin decidí publicar una reflexión de hace poco más de cinco años; previa a la fundación de este espacio que acaba de cumplir cuatro. Y no se los hemos festejado porque -parafraseando a Juan Sebastián Verón- tal vez no haya demasiado que festejar.

Respecto del Diego, el sujeto y el objeto
Nadie (que yo sepa) ha dicho algo inteligente sobre el problema Diego Maradona. Yo tampoco. Creo firmemente (no sólo en este caso) que una adicción jamás es el problema pero repetir esta pavada las 24 horas del día calma, tranquiliza, a quienes la repiten y a quienes la escuchan. Es decir, obtura.
A mí me parece que el problema central se llama Maradona y Maradona es un objeto social. Un objeto social muy particular que se ha construido durante más de tres décadas como por fuera de toda Ley: encanta que haya uno que no está sujeto, es imprescindible creer que lo hay.
"Durante más de tres décadas" no constituye un fallido de mi parte ni un error histórico ni una exageración retórica. Yo tomé conocimiento de Maradona-objeto hace 33 años, cuando una nota de El Gráfico sostuvo que un cebollita de 10 años (fotografía incluida) sería mejor futbolista que Pelé. Y hace 28, un emocionado compañero de secundaria llegó un lunes de octubre afirmando que "ayer debutó en primera el mejor jugador del mundo".
Yo no soy un investigador experto en la construcción social de Maradona pero presumo que tal objeto había comenzado a rodar mucho antes en el marco más acotado y más familiar de Villa Fiorito y La Paternal.
Hay, claro, un Diego-sujeto pero esa sujeción le importa tres pitos a nadie a lo ancho del planeta. Quizás a su padres, quizás a sus hijas, quizás a su ex-mujer, quizás a un par de amigos (si los tuviera). Quizás al propio Diego.
¿Pero quién desbarataría al sujeto agazapado tras semejante objeto? ¿Quién sería capaz de escucha en los intersticios que lo hablan? ¿Qué autoridad señalaría fallas en el discurso del Diego, del Diez, del D10s? Y no me refiero, por supuesto, a capacidad ni disposición profesional (de algunos profesionales, que obviamente nunca serán los activos productores de la tesis de "ese" problema ni del conductismo farmacológico) sino al lugar aparentemente sin salida al cual el objeto ha recluido al sujeto.
Hace unos días, alguien no ajeno al trabajo cotidiano con las operaciones de construcción social de éstos y otros objetos me preguntó si alguna vez había visto a Diego cara a cara, en vivo. Yo –confesé y confieso– nunca lo vi. "Yo sí –me dijo, no sin cierta emoción– y es impresionante…".
El sujeto que encarna ese objeto colectivo (y lo colectivo no lo excluye sino todo lo contrario), impresionante en su completud, brillo, magnitud, no puede escucharse ni ser escuchado. Oscila entre el discurso que engrosa y reviste el carácter mítico de su excepcionalidad y el acting out que, vedado de toda posiblidad de interpretación psicoanalítica, deviene en cambio interpretante de su personalidad incomparable y su idolatrada excentricidad.
Ahora la cosa empieza a cerrar. Diego ha sido "sedado" (curioso eufemismo que debe leerse como "drogado"… ¿no era ése el problema?), secuestrado, recluido contra su voluntad en una discutible institución de rehabilitación y entregado a "cuatro psiquiatras, un kinesiólogo y un enfermero especializado" (¿?), según sostenía hoy alguno de los movileros apostados en Ituzaingó con el objetivo de no discontinuar la necesaria construcción mediática del objeto.
Y ya la Psiquiatría, la Curatela y la Gran Puta Institucional empiezan a decir explícitamente (con una voz autorizada y refrendada por la Ley) lo que ya se venía diciendo en la tribuna, en la calle, en el café y en cuanto foro televisivo se tocara cualquier tema ("el Diego es de todos", etc.): hay que apropiárselo como objeto; hay que negarlo (seguirlo negando) como sujeto, incluso como sujeto de derecho.
Es posible que se lo termine declarando "inhábil" (de hecho, ya se lo estaría "re- habilitando"). Paradojal, cuando Diego es lo que es (objeto social) debido a que "su habilidad es de otro mundo". En rigor, tendría su lógica: una habilidad de otro mundo es pura inhabilidad en éste.
Un objeto es un objeto. No querer ni poder escuchar otra cosa (incluida la responsabilidad social de su construcción) es el mejor y más recto camino hacia la obturación de todas las preguntas. Todas, y no sólo las que eventualmente Diego tuviera para hacer.

Mis disculpas por traer una tan vieja reflexión mientras tantos otros producen nuevas y en tiempo récord, fundan sitios web, imprimen remeras y/o utilizan el síntoma para sostener una posición menos política que mítica. En todo caso, que continúen succionando el objeto -un modo entre otros de darle forma y volumen- y se hagan cargo de la lluvia que nos va a caer.

miércoles, septiembre 16, 2009

Deberías saber por qué

Mientras continúa el circo mediático y legislativo por la Ley de Medios, y se firman acuerdos mafiosos detrás de cámaras, unos pocos recuerdan que pasaron treinta y tres años.
Algunos de los asesinos ya murieron, de muerte natural e impunemente, otros aún esperan juicio. Las Abuelas continúan buscando, nadie ahonda demasiado en Honduras, siguen muriendo palestinos en manos de asesinos intocables, López no aparece, Maradona descansa, Obama se preocupa, Chávez se sigue riendo, los glaciares se derriten, Vocos Canesa habla, Cobos cansa, el campo resigna protagonismo, Del Potro se lo gana, Irak sigue lleno de marines, la gripe A es el enemigo y el guante de Michael Jackson cotiza en Bolsa.
Treinta y tres años después mucho cambió, y nada cambió. Ellos, como tantos más, tendrían hoy una buena vida, o no, pero, en todo caso, debería haber sido su decisión.
Muchos de aquellos que no lo permitieron aún están libres, muchos que los apoyaron aún son figuras públicas o sueñan en privado con volver. Lo que nunca podrán lograr es que olvidemos.






domingo, septiembre 06, 2009

La mano de dios

Anoche, como varios miles, me senté a ver el partido entre Argentina y Brasil, lo que en mí no es extraño, ya que soy básicamente futbolera, pero conozco a muchos que cumplieron con el ritual aunque el fútbol les importe un catzo. Obviamente porque es la selección, es Argentina y es Maradona.
Durante varios meses, in crescendo, asistimos a todos los circos posibles, si juegan en Rosario, quiénes, si Messi sí, si Diego llevará al Benjamín, infinitos análisis de probabilidades, de rendimientos individuales por si acaso, siempre atentos al gesto de Maradona, si estornudó, si dio la formación. Y el Diez jugando de humilde, de papá de sus jugadores, dando apoyo político. Hasta ahí, todo normal, no se podía esperar otra cosa ni de Maradona, ni de los medios. Posiblemente se podía esperar más de los que entraron a la cancha, sobre todo cuando son considerados semidioses (porque dios hay uno sólo y es el DT) y con lo que ganan por patear una pelota se podría evitar la muerte por desnutrición de miles de chicos. Pero, ok, no mezclo los tantos, esto es fútbol.
Y Brasil les pasó por encima, tranquilamente. Los análisis deportivos, tácticos, son miles, de hecho, millones, ya que cada uno tiene el propio, de qué sirvió cambiar el 3-4-3 por 4-4-2, por qué no Palermo, por qué correr a Verón a la derecha, por qué esa ¿defensa?...
Muchos prefieren darle la derecha a Maradona, y aceptar que tan mal no jugaron (verdad), que tuvieron la pelota los primeros 23 minutos (lástima que no hicieron nada con ella), y, de repente, todos se acordaron que era Brasil.

Aunque no hay mucho lugar, ni en mí ni en el blog, para gastar escritura en un análisis futbolístico (para eso está la charla de café) no pude evitar quedarme en una frase de Maradona en su conferencia de prensa post Brasil.
"Yo soy el responsable" dijo enfáticamente cuando se le preguntó si era él o los jugadores. Era un poco difícil responder otra cosa cuando el periodista formuló la pregunta con la introducción "vos siempre te hiciste responsable de todo...", pero aún así seguramente se haría cargo. Conozco muy pocos directores técnicos que se hayan animado a decir "qué voy a hacer con los troncos que tengo en el plantel", pero, además, a estos los eligió él.
De inmediato, como en directa relación con su responsabilidad, continuó diciendo que ya había hablado con Julio (Grondona), con Carlos (Bilardo), y que tenía que hablar con sus hijas. Que tenga que hablar con Grondona es más que obvio, que hable con Bilardo suena extraño, no quiso escucharlo desde el primer día, de hecho le molestó muchísimo tenerlo cerca, pero es miembro del cuerpo técnico, así que suena lógico. Pero ¿hablar con las hijas?. Nunca escuché a Sabella, a Bianchi, a Gareca o a cualquier técnico mencionar la charla con su familia como parte del discurso deportivo. A lo sumo alguna vez agradecen el banque, pero eso es todo.
Sin embargo es parte del ser Maradona, nunca fue él, sino sus padres, Claudia, Dalma y Giannina, el Kun y Benjamín. Siempre fue parte de su discurso, y si bien se mostró muy ofendido por la violación de su privacidad cuando aparecieron hijos, drogas y demás, él fue desde siempre quien se expuso como un clan. No un clan de poder, no un Kennedy, sino un clan que le da humanidad, que lo deja siempre un paso al costado de la crítica brutal.
Lo extraño entonces no es que Maradona diga que tiene que hablar con sus hijas como parte de la derrota sino que todos los demás pongan un manto de respetuoso silencio.
Por mucho menos he visto tribunas reclamando la cabeza de un técnico, pero es el Diego, el mejor jugador del mundo y de la historia (discutible, pero tema aparte), y al mismo tiempo el cebollita que nunca terminó de salir de Villa Fiorito. Es dios, patria y familia, el barrilete cósmico y Fidel. Como dicen algunos en voz baja, un pobre tipo que supo jugar al fútbol y la vida se lo llevó puesto. Como dicen otros, es Maradona, el intocable. Quizás tan intocable como Bianchi, con una diferencia, Bianchi es profesionalmente intocable, y su vida privada es su vida privada. Maradona no es un ex-jugador, técnico de la selección, Maradona es Maradona, y a Maradona siempre hay que darle otra oportunidad. ¿Quién le va a pegar a un tipo que dice que se hace cargo y tiene que enfrentar a sus hijas?.

En algún punto se parece a Charly, ¿qué no se le "perdona" cuando escuchás su música?. En sintonía los medios hablan de desilusión, tristeza, amargura, nadie de bronca, de ineptitud.
En definitiva, Maradona nunca termina de sorprender, pero jamás asombra. Construyó una imagen que siempre le permite caer parado, así nos olvidamos que cayó. Según la mayoría él no construyó esa imagen voluntaria y concientemente, sino que la vida lo fue llevando. Yo no estaría tan segura, al menos no que así sea en un 100%. De hecho en ese respeto al Diez no hay más que hipocresía, ya que se sustenta en creerlo incapaz de ser responsable de su vida.
Con una pequeña ayuda de los amigos es posible que la selección argentina llegue al Mundial, y si no es así, o si llega pero se queda a mitad de camino, no será culpa de Diego, en todo caso será de la vida de Diego, no de él.
Todos los triunfos son de Maradona, todos los fracasos de lo que esos triunfos le provocaron. Y siempre habrá otra oportunidad, porque todo se olvida. Todo menos el gol a los ingleses.
Esperemos que el miércoles no llueva.

lunes, agosto 03, 2009

El inquietante caso de unos comentarios raros

Hace unos diez días un tal Horacio insertó dos avisos en un espacio que este sitio -como tantísimos otros- ofrece al solo efecto de comentar sus artículos y no de pautar publicidad libre. Lo hizo en una vieja entrada intitulada "Google & Wikipedia again" y lo hizo con prescindencia de toda referencia al artículo e incluso con prescindencia de cualquier fórmula del tipo "buen día", "mirá vos" o "saludos".
Lo que Horacio hizo es copy&pastear las dos últimas entradas completas de su blog en ese panel de comentarios y nada más. Para más datos, ambas pegatinas aparecen registradas a la hora 09:31 del mismo día lo que indica un copy&pasteo muy veloz. Pero lo que incentivó mi curiosidad es la posible relación entre Horacio, sus temas, ese artículo y este sitio; relación que, a priori, suena traída de los pelos.
Mi primera hipótesis fue la de un soft que identifica determinadas palabras y replica, allí donde las halla, los últimos archivos de su ocasional cliente; un robot que recorre la web buscando ciertos términos y pega largos e impertinentes scripts cada vez que el sitio en cuestión habilita esa posibilidad. Después me puse a reflexionar e investigar un poquito y arribé a otras conclusiones, inestables, provisorias. Debo decir que los términos "mapuche" y "ranquel" me abrieron varias puertas y confirmaron apenas una parte de mi hipótesis original.
Horacio sería un vecino de Azul, el doctor Omar Horacio Alcántara para más datos, empeñado en vindicar la memoria del Capitán Rufino Solano y sus azares y afanes pampeanos allá por el siglo XIX. Me parece muy bien. ¿Pero cómo vendría a parar tal temática al panel de comentarios a un artículo sobre irreductibles diferencias entre Google y Wikipedia? En mi relativa estupidez sólo he hallado el tibio hilo de esos términos utilizados -en evidente función irónica- en mi viejo artículo que también aparecen en el sitio de Horacio y que habilitan alguna inferencia, siempre y cuando no se trate con un ser humano sino con una máquina lógica: "ranquel" y "mapuche". Para colmo, Miguel Dao, coleccionista e investigador -entre otras cosas- del ficcional tehuelche Patoruzú, duplica esos términos en su comentario y suma de hecho al inútil dato estadístico: en esa página se recurre por partida doble -en evidente función irónica- a los términos "mapuche" y "ranquel".
Horacio ha estado reproduciendo sus artículos -o recortes o refritos de ellos- como supuestos comentarios en sitios muy diversos y desde hace tiempo. Ha copy&pasteado aquí y allá como EL CHASQUE, EL CHASQUE MAPUCHE, Omar Alcántara, Omar Horacio Alcántara y Horacio Chans. Últimamente, durante una suerte de fiebre invernal, reincidió como Horacio y con enlace a un perfil cuyo acceso hoy no está habilitado. Siempre copy&pasteando de una, sin argumento acerca de cómo o por qué lo suyo sería pertinente a esas entradas particulares, por pertinente que fuere en otros espacios. A veces, reproduciendo como falsos comentarios ensayos de más de 8000 (ocho mil) palabras, es decir, de una extensión diez o doce veces mayor que la que suelen tener estas -ya un poco extensas- entradas. En todos los casos excepto uno, sin presentarse, saludar ni agregar palabra a esa pulsión mecánica por la neta transcripción.
Podría ser, entonces, quién sabe, que en su búsqueda infértil de "ranquel" y "mapuche", Horacio haya llegado hasta aquí y, sin leer absolutamente nada, haya decidido pegar sus últimos dos artículos como comentarios a una reflexión que critica de antemano su completa falta de criterio. Pero, claro, si no la hubo leído nunca lo pudo saber.
Aquella vieja entrada mencionaba -y de allí el "again" de su titulado- "un par de tópicos que ya tratamos por aquí: que Google es un robot estúpido y que Wikipedia es un copiador pelotudo".
Quizás, bien hechas las respectivas consultas, Google y Wikipedia nos revelen un dato más básico y más profundo que aquel por el que puntualmente se indaga: que búsquedas estúpidas y copias pelotudas no son más que las operaciones propias del hombre genérico, del sencillo e inocente ser humano, criaturita inerme bajo la lluvia que le va a caer.

sábado, julio 11, 2009

La Patagonia trágica, rebelde o kirchnerista

Es sábado a la madrugada y acabo de ver por Canal 7, la televisión pública según su indiscutible eslogan, el largometraje documental Querida Mara, cartas de un viaje por la Patagonia, emitido en el ciclo denominado Ficciones de lo real, nombre muy buen puesto, complejo, paradójico y reflexivo, hay que admitirlo. Agarré el film ya empezado pero igual puedo permitirme el comentario porque no soy un profesional de la crítica ni esto es una columna de espectáculos (aunque he leído y sufrido lo opuesto: un crítico profesional que llega tarde, lo confiesa y, no obstante, publica un juicio lapidario: en fin).
Querida Mara es obra del barilochense Carlos Echeverría -director y co-guionista entre otros rubros- y su fecha de producción resulta incierta. El film explicita un "octubre de 2008" lo cual es bastante precisión pero un medio chileno dice "2001, aunque el programa aparece como 2007" y la mayor base de datos mundial del discurso audiovisual en su entrada al director afirma 2009. No importa: ha de ser uno de esos laburos artesanales que insumen una trabajosa década y se van mostrando de a poco, cuando se va pudiendo.
Querida Mara tematiza las condiciones de vida y trabajo del obrero rural contemporáneo. La realización hace centro en un tal José Luis, proletario correntino de Curuzú Cuatiá, trabajador golondrina que migra miles de kilómetros para prestar servicio en el sur de este vasto, desértico y recontra puto país. José Luis es un muy buen y versátil obrero que, con igual eficiencia, esquila ovejas en la Patagonia o levanta paredes en Buenos Aires. Nunca puede levantar cabeza, visto la magnitud de la plusvalía que le extraen (esto lo digo yo, pero es obvio). En Curuzú Cuatiá no hace nada excepto hijos y relaciones amorosas, afectivas, familiares, amistosas, paternales, con su señora, su familia y sus vecinos, todos compañeros de clase: no hace nada excepto su vida.
Y hablando de clase, la película es buena no sólo porque está bastante bien hecha sino porque, en definitiva, resulta clasista en su desarrollo y cierre narrativos. José Luis sabe que es proletario y que eso lo distancia y diferencia de su contratista: cuando la convocatoria para una próxima esquila suena incierta -se comprueba promesa falsa- argumenta ante su mujer que el patrón defiende sus intereses: implícitamente, no los de José Luis y su prole, claro. Luego va a rezarle al Gauchito Gil en lugar de refundar la Internacional: y está bien porque es un film documental y no una instrucción bolchevique.
Digresiones o no tanto. El film me recordó dos experiencias de vida, muy distintas pero ambas patagónicas. La primera me rememoró una aproximación esencialmente romántica en su inocencia originaria pero frustradora de ilusiones y generadora de comprensiones hace allá tres décadas. Por entonces, me fui hasta General Roca -véase el nombrecito del pueblo- a fin de "trabajar" en la cosecha de la manzana. Las comillas significan la distancia entre fantasía y realidad, ni más ni menos. En General Roca pasé todo un día con dos peones muy parecidos al José Luis de Querida Mara que me enseñaron, con su mera práctica y su mejor disposición, un par de cosas: que yo no era para nada igual que ellos pero que me parecía más a ellos que a su patrón, el cual se parecía bastante al mío. Diferencias de grado que no son menores: salario sin vales, jornada laboral, cobertura médica, agua caliente, luz eléctrica, calefacción, una cama digna. Todas estas ignominias que sufría el peón rural en plena dictadura de los 70 (yo lo ví, che, no jodan) las sigue sufriendo el peón rural del siglo XXI según registra y dice Echeverría.
La segunda digresión es más digresiva. Hace unos 15 años ví en un bar universitario, centroestudiantil, un film acerca del único desaparecido en la ciudad de Bariloche: Juan: como si nada hubiera sucedido datada en 1987. Quise verla porque refería al único período de mi vida vivido en Bariloche (nunca más) en función de mi pertenencia a las Fuerzas Armadas (nunca más) debido a esa cosa degenerada que se llamaba servicio militar o colimba: período durante el cual uno perdía todos sus derechos y quedaba sometido al capricho de un bruto fascista, en general, enfermo mental. El documental me gustó por más que me decepcionara (pura demanda privada, obvio) en mostrar poco y nada a los hijos de mil puta que supe conocer en carne propia. ¿Por qué esta digresión? Porque Juan: como si nada hubiera sucedido es un buen laburo de hace dos décadas del mismísimo Echeverría: un tipo, parece, persistente y coherente respecto de un enfoque y una ética político- artística a lo largo de veinte años; y de una obsesión documentalista- regional. Es decir, un fenómeno medio raro visto el resto de lo que hay.
Buena parte de Querida Mara transcurre en el interior de la provincia de Santa Cruz, en estancias superexplotadoras de mano de obra durante la esquila, bajo condiciones laborales que no se subrayan con afán panfletario sino que se dejan leer a través de las imágenes documentadas y los dichos de patrones contratistas y peones estacionales. En ocasión de una visita a Puerto San Julián, aislada e indigna visita de los obreros a cierta lejana urbanidad, se hace explícita la referencia a la masacre perpetrada por el yrigoyenista (al menos en su fidelidad a su comandante político) Coronel Héctor Varela contra peones que se levantaron ante condiciones de trabajo iguales a las que hoy, otros peones, sufren en la misma región, bajo los mismos o análogos patrones.
En la televisión pública que ha puesto en el aire valorables envíos de muy diversa índole (y no es ironía), Querida Mara es un punto a favor de la difusión de ciertos trabajos que difícilmente pudieran llegar a un público masivo vía la televisión privatizada y regida por la pauta del rating.
Ahora bien, Canal 7 y Ficciones de lo real cierran sin hacerse algunas preguntas necesarias que me gustaría dejar aquí: ¿Quién gobernó Santa Cruz durante la última década del siglo pasado y parte de éste y, en apariencia (según muestra el documental), no cambió nada en las relaciones de superexplotación entre estancieros y peones rurales respecto de las últimas nueve décadas? ¿Y quién gobernó (a un mismo tiempo: personalmente la Nación y Santa Cruz a través de personeros) durante los últimos seis años sin que, en apariencia, haya habido algún cambio al respecto? ¿Puede un gobierno progresista y popular durante casi dos décadas de gestión refrendada cada vez por el voto masivo no imponer un digno estatuto del peón rural para la provincia e, incluso, no velar por el respeto de la ley nacional de contrato de trabajo? (un día hablaré del creciente trabajo en negro en la Administración Pública Nacional pero hoy priorizo al recontra jodido peón rural reducido a su pobre subsistencia).
En la televisión pública se acaba de decir lo que muchos ya sabíamos: sí, puede, y también puede versear con una incontrastable redistribución del ingreso y tantas otras mentiras. Entretanto, el peón golondrina migra para ser explotado hoy en la esquila y mañana en la construcción; es puro cuerpo laburante sin más derecho que el de, bajo el paraguas que le mienten, votar y esperar la inminente lluvia.

lunes, junio 22, 2009

Trompadas

Hace mucho tiempo que tenía ganas de publicar este viejo relato y siempre me resultaba demasiado extenso o demasiado derivante respecto de los hábitos retóricos, temáticos y enunciativos de este humilde medio. Hoy tengo una coartada mítica porque su escritura ha cumplido 15 años y nadie bien nacido podría oponerse a una injustificable pero instituída festividad de los 15.
Además, me cansé un poco de la cosa electoral e incluso de la cosa política, aunque la política jamás sea soslayable; también del compromiso con la actualidad social que quién sabe qué carajo signifique. Como en otras ocasiones, va el texto original sin cambio alguno: un cuentito y nada más.

Después del piñón que me comí casi sobre la campana, me había despatarrado en el banquito y estaba déle escupir sangre en el embudo mientras Don Tito me hablaba y me limpiaba la herida. Yo le decía a todo que sí, pero lo único que pensaba era en tragar más y más aire. Cuando oí el campanazo llamando al cuarto, salí de vuelta al medio boqueando como un pescado.
(Oíme lo que te digo: cuando después de un descanso te levantás más filtrado que cuando te fuiste a sentar, no va más. Y cuando no va más, no va más.)
De movida me mentalicé para aguantar todo el roun y, a decir verdad, también para ensuciar un poco la pelea. Mañas del box: tirarmelé encima, chaparlo del cogote, mantenerlo trabado. Cosas que uno aprende. A la segunda o tercera vez que tuvo que separarnos, el referí perdió la paciencia y se engranó. Me dí cuenta que me amenazaba por la cara de turro con que movía el dedito de arriba para abajo enfrente de mi nariz, pero no tengo idea de lo que decía porque el griterío era infernal y yo seguía medio boleado desde el roun anterior. Como la cosa venía mal parida, me recosté en las sogas, cerré bien la guardia, afirmé las piernas y traté de aguantar el chubasco.
El pendejo estaba hecho una furia y me quería rematar cuanto antes. Se me vino con una seguidilla de izquierda y derecha, izquierda y derecha, izquierda y derecha. Algunas pocas se las esquivaba y las demás morían todas contra los guantes o contra los brazos. Por ahí aflojaba un segundo, se paraba a tomar aire, y yo aprovechaba para tirarle unos ganchos al vacío que nunca le embocaba, pero le hacía ver al árbitro que todavía estaba entero.
Más que nada yo necesitaba cuidarme el hígado porque la cara, más arruinada ya no la podía tener. El ojo derecho lo tenía completamente cerrado y del izquierdo se me nublaba la visión por la sangre que me chorreaba de la ceja. Lo que se dice ver, mucho no veía, pero el otro tenía unos guantes azules -un azul eléctrico, medio fosforescente, lindos guantes-, cuestión que le distinguía bastante bien los puños, que de momento era lo que más me importaba. El problema era que no me diera abajo, en la zona hepática, porque ahí sí que se terminaba todo.
Aguanté bastante contra las cuerdas. Calculo que como un minuto. Debíamos estar cerca del rincón de él porque al lado de la oreja sentía a uno que gritaba:
-Dale que lo tenés, dale que lo tenés.
-Uno-dos, uno-dos.
-Sacá la izquierda, sacá la izquierda.
Entre los golpes y el quilombo, sentía el balero como un tambor. Hasta que en una de ésas se me abre un poco de encima y en cuanto saco uno de esos guantazos livianitos para hacer aspaviento, siento que lo toco y que da un paso atrás. Entonces no sé de adónde saqué fuerzas pero me le afirmé y le tiré una derecha en gancho y atrás un cros de izquierda y otro gancho de derecha. Lo ví medio desarmado -mirá vos, si hasta fichaba un poco mejor-, con la guardia demasiado baja y abierta. Entonces lo medí con la zurda y le saqué una derecha fuerte y cruzada. El tipo echó la cabeza para atrás, giró el cuerpo un cachito y me la esquivó por un pedo. Yo no sé cómo pude desequilibrarme así, pero con el envión me fui para adelante. Y ahí, mal plantado como estaba, me calzó un ápercat limpito en el medio de la pera. No demasiado fuerte, pero limpio, bien puesto. Justo acá. Sentí volar el protector y fui directo a la lona.
(Oíme bien una cosa: cuando largás cualquier golpe -ponele, en la media distancia-, siempre ahí, ¿ves?, nunca mal afirmado. Siempre plantadito al piso.)
Dicen que me paré como un resorte y me agarré de las sogas. La verdad es que yo no me acuerdo ni de la cuenta de protección ni de nada.
Qué cosa es el ser humano.
Yo estaba ahí, paradito adentro del cuadrilátero, y ¿sabés lo único que tenía en la cabeza?, la charla con Don Tito el día que vino a casa. En ese momento me vino patente toda esa situación, detalle por detalle.
Todavía me la acuerdo.

Yo cebaba despacito el último mate, miraba los palitos flotando entre las burbujas de agua, y Don Tito me dijo:
-Vos decidís, Negro. El que se va a morfar las ñapis sos vos. Pero yo en tu lugar no agarraría. Es demasiada pelea. No me lo tomés a mal, pero ya andás por los cuarenta. El pibe está invicto y tiene quince nocau. Está bien, ya sé que muchos eran paquetes que le pusieron enfrente, pero ojo al parche que no es ningún invento.
-Vea, Don Tito -dije yo sin sacar la vista del chorrito de agua que caía-, yo soy un profesional. Si hay plata, hay pelea.
-Ya sé que andás precisando la bolsa -dijo él-, pero pensalo. No hay tampoco tanta guita. Ahora que sos retador, vas a garpar el gasto del gimnasio y te van a quedar cuatro sopes.
Pegué una chupeteada larga que ya no tenía gusto a nada.
-Este mate se lavó -dije yo-, ¿le cambiamos la yerba?
-Por mí no, ya me voy -dijo él-. Por favor, atendeme lo que te estoy diciendo.
-Ya lo oí, Don Tito -dije yo-, y le dije que hay pelea.
El Viejo se paró, agarró la gorra y dijo medio entre dientes:
-Por qué carajo querés joderte la vida.
No sé de adónde, pero de golpe, me agarré una bronca terrible. Me paré de un salto sin soltar el mate y apuntandoló con la bombilla me le puse a gritar. Y creo que a medida que se lo decía, recién iba viendo clarito por qué tenía que pelear:
-Usted sabe cuándo me jodí yo la vida -le dije-. Cuando perdí el título. Cuando largué el gimnasio. Cuando se fue la Yoli con los chicos. Ahí me jodí la vida. ¿Sabe qué, Don Tito? Yo necesito la guita, es cierto, pero me cago en la guita. Lo que yo necesito es volver. Yo fui alguien. Gracias a usted, yo fui alguien. Nosotros llegamos a pelear en el Mádison, Don Tito. Nosotros ganamos en el Mádison. Y ahora ¿quién mierda soy? Un perejil. Eso soy: un perejil de cuarta. Usted sabe bien lo que fue mi vida. Tirar y esquivar trompadas. Desde los catorce años no hice más que tirar y esquivar trompadas. Levantarme a las cinco de la mañana y déle tirar y esquivar trompadas. No hice más nada. Y ahora, después de dos años de infierno, me aparece esta pelea ¿y usted quiere que no la agarre? Es mi oportunidad, Don Tito. Volver a entrenar, subir al ring, cachar esos mangos, pagar las deudas, buscar a la Yoli. ¿Qué más? Ser alguien, ¿me entiende? Dejesé de joder, Don Tito. Entrenemé y se acabó.
Don Tito me miraba serio y le daba vueltas a la gorra entre las manos.
-Yo te entiendo, Negrito -me dijo-, pero te tengo que ser franco. En tu lugar, yo no agarraría.
Se frenó un momento y mientras se enrollaba la bufanda en el cuello me dijo:
-Te van a cagar a palos. Pero si no hay remedio ya sabés en dónde verme.
-En el Boxing, mañana a las siete -le dije.
Don Tito se puso la gorra y caminó hasta la puerta.
-Don Tito -le dije.
Se paró en seco y me miró sin decirme nada. Le guiñé un ojo.
-Y no ando por los cuarenta -le dije-. Recién voy a cumplir treinta y nueve.

Y de ese recuerdo me despertó a medias un directo que me reventó la nariz y enseguida un cros de derecha en plena oreja. Empecé a sentir un griterío de locos, una ovación infernal que iba creciendo y creciendo. Y ya no fiché más nada que un montón de foquitos brillando en el techo, igual que esas luces en el Mádison, todas prendidas.
Y a un costadito, en el rinsai, hasta me pareció ver a la Yoli que aplaudía y lloraba.

Ésta es, además (y si no conté mal), mi firma centésima en este querido espacio. Entonces valga la contribución al redondeo de algún ciclo, fríamente numérico y previo a toda lluvia.