domingo, noviembre 04, 2007

El falso meteorólogo

Todo empezó por necesidad. Dicen que la necesidad tiene cara de hereje y por qué habría de tener sólo la cara; por qué la herejía sería antes apariencia que existencia.
Desde mis primeras y dudosas letras, creo que algo me decía que allí, en la escritura, había algo por crear. Un mundo, claro, pero también la propia historia e identidad.
Recorrí el previsible camino del cómodo bachillerato y las fallidas opciones académicas. Escribí consabidos textos adolescentes y me gané la vida aquí y allá. Continué una escritura fragmentada, indecisa y oscilante entre el poema, el relato, la crónica y la canción. Escribí una novela, dos novelas, que en vano envié a concursos pese a la crítica favorable de los círculos íntimos. Muté al guión de cine con resultados análogos.
Pero no es relevante mi trayectoria literaria, pobre cuando no falsa. La historia se remonta a contrapelo y me divierten esas sinopsis biográficas de solapa que en verdad no dicen nada y todo el sentido está dado por la propia publicación; a partir de ella se inventa la improcedente biografía del autor; no había antes historia ni había autor.
Tampoco importa contar en qué yo andaba cuando, por azar, se me abrió la puerta del periodismo gráfico. Baste consignar que precisaba de un empleo para solventar mis gastos. Mi primer trabajo fue redactar el pronóstico meteorológico para el día posterior. A poco constaté que la fuente no poseía mayores certezas ni se regía por mayores rigores que los que dictaba mi imaginación. Todo pronóstico era un albur y la norma prescribía pronosticar tormenta en vísperas de Santa Rosa y ascenso de temperatura en tiempos de San Juan. Cuando, día por medio, la comunicación con el Servicio Meteorólogico resultaba imposible, optaba por delinear amenazantes nubarrones o despejar cielos primaverales conforme me dictara mi estado de ánimo y la fase de la estación. Debo de haberlo hecho conforme a las expectativas, ya que al poco tiempo se me propuso un pase a redactor. Lo acepté porque implicaba un incremento de mi magro salario, no hubo otra razón.
El jefe de redacción era un tipo duro, adusto y convencido de la relevancia de su rol social, un comunicador en el cabal sentido del término. Mi primera tarea consistió en entrevistar a un aburrido fulano que se pretendía autorizado a exponer sobre no sé qué cuestión. Me importaba un bledo lo que el tipo decía, pero le dediqué varias cómplices sonrisas y desgrabé hasta los silencios que el sujeto producía entre afirmación y afirmación. Luego, me serví una ginebra, encendí un cigarrillo y me dispuse a darle forma a la nota. Por momentos sospeché estar subvirtiendo lo que el sujeto sostenía, pero a mi juicio sonaba francamente mejor.
A la mañana siguiente entregué el trabajo. Mi jefe leyó de un tirón con las cejas fruncidas, apretó los labios y sacudió la cabeza en señal de aprobación. Se publicó sin modificaciones y yo esperé en vano durante largos días la llamada del fulano para denunciarme y acusarme de tergiversación. El tipo, finalmente, llamó. Habló con mi jefe y se deshizo en elogios para con mi labor.
A las dos semanas estalló una huelga ferroviaria y me asignaron la tarea de cubrir los aspectos humanos del conflicto. Son palabras de mi jefe: "aspectos humanos del conflicto". Anduve todo un día de aquí para allá, recorriendo estaciones y talleres sin hallar material de interés. En el sindicato, un empleado me cerró las puertas en la cara sin ningún argumento. Me senté en un bar y me asumí probablemente despedido.
Pensé y pensé en Chazarreta. Chazarreta era un personaje de una de mis fallidas novelas. Hombre del interior, padre de familia, activista sindical. Yo conocía a Chazarreta mejor de lo que conocía a nadie. Pedí otra ginebra, lo senté frente a mí y literalmente lo entrevisté. Y Chazarreta me respondió. Tuve la inútil precaución de referir a "un activista que opta por no revelar su nombre". La nota se resolvió con suficiencia, mi jefe volvió a balancear su cabeza de arriba hacia abajo e incluso sonrió, satisfecho.
Después vinieron crónicas que produje por completo en la intimidad de un ruidoso bar, en general casos policiales en los cuales una suscinta declaración abría numerosas puertas y caminos al ingreso de personajes de mi narrativa que actuaban por su cuenta e incluso me sorprendían. Resolvían por mí el testimonio de tan difícil captación.
Cuando se me indicó cubrir el doble asesinato de un legislador y su secretaria, el atronador silencio que rodeaba al crimen me obligó a poner a alguien a hablar.
El resto se conoce: diez días en tapa, conmoción nacional, repercusión mundial. En mis laureadas crónicas desfilaron todos los personajes de mis fallidas novelas. Volvió Chazarreta, esta vez como lacónico portero de un edificio vecino. Renunciaron dos ministros y otros seis funcionarios: habrán tenido sus razones.
No viví el Delfín de Plata como mi consagración profesional, quizás porque me importe un bledo la consagración profesional. Traté de usufructuar tal frágil éxito poniendo una de mis viejas novelas a consideración de una empresa editorial. La reescribí, es cierto, pues cuesta defender lo que uno fue pero no es. Tuve el honor de ser entrevistado por un joven emprendedor que ostentaba el cargo de algo así como Gerente Editorial.
-"La escritura es impecable -me dijo el tipo- pero la ficción no está vendiendo. ¿Por qué no escribe sobre la cuestión ésa del diputado? Ahí tiene material de sobra y el público está ávido de esas cosas".
Asentí, le solté un par de pelotudeces, lo saludé con mi mejor sonrisa y me comprometí a no sé qué. De todos modos, él me olvidó segundos después.
El famoso Delfín me catapultó a la categoría de redactor especial. Gano mucho más y escribo lo que quiero. De hecho, estoy publicando mis novelas por capítulos bajo el incierto rótulo de "columna de opinión" y, a veces, filtro a Chazarreta y a otros personajes en supuestas crónicas testimoniales.
Cambio nombres y circunstancias que es todo lo que se me reclama. Y ya ajeno a mis inicios meteorológicos, nunca hago referencia a la lluvia que va a caer.

5 comentarios:

Vitore

Seguramente hay más verdad en esos personajes creados y recreados por ti, que en cualquier personajillo de carne y hueso que no sabe ni quien lo ha creado ni si es de verdad ni que decir. Mis saludos cariñosos al camaleónico Chazarreta y a ti.

Grismar

Sinceramente no sé, ni supe estos días, qué comentar, más allá de lo impecable del relato (lo cual no es novedad). Creo que no sé qué decir porque cada vez que lo leí me quedó la misma sensación, una indecible tristeza. Un beso.

Anónimo

Vitore: Se agradecen sus saludos y sepa que soy tan de carne y hueso como usté, ferroviario para más datos. De camaleónico, nada: esas son puras mentiras que inventa Cinzcéu. Un apretón de manos.
Grismar: No se ponga triste. Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Vea lo positivo: el tipo dice que "gana mucho más y escribe lo que quiere". Ya lo quisiera un albañil como yo. Mis respetos.

Grismar

Chazarreta, disculpe, pero esa es una de las frases bellas más tonta que conozco. Obviamente la verdad nunca es triste, ni alegre, para eso estamos los humanos. Me sorprende que la nanófila Cristina no la haya usado en campaña para responder alguna de las acusaciones que se le hicieron. Y que escribe lo que quiere, es cierto, me recuerda un PPS que decía que no se debe desear lo que no se tiene, sino ser feliz con lo que tenemos. Mis disculpas, me atrapó un pensamiento negativo, pero ya lo convertí en positivo.

Anónimo

Grismar: Disculpe si la frase es tonta pero yo no soy responsable. A mí me escriben; en todo caso dígale a Cinzcéu. La dejo porque tengo que madrugar: así es la vida del obrero gráfico. Saludos.