miércoles, octubre 26, 2005

Juego de seducción

Ir a tomar un café, o a sentarse a una plaza, para una mujer sola suele ser una incursión en un coto de caza. Las reglas de ese juego son tan poco claras y ambiguas que no hay posibilidades de evitarlo, excepto explicitando una y otra vez que sólo estamos tomando un café, o sentándonos en una plaza, solas, sin estar esperando a nadie, sin estar cuidando hijos, sin estar comprometidas, sin ser unas castradas amargadas y frígidas, sólo teníamos ganas de estar solas un rato. Un rato de una hora, un mes, un año o diez, hasta que decidamos lo contrario. Es nuestro derecho, aunque la sociedad de encargue de exigirnos a cada paso el deber de estar en pareja.
He conocido algunos hombres interesantes, pero pocos, demasiado pocos, despertaron asombro, sugestiva incertidumbre.
Lunes. 4:30 p.m. Observé el lugar rápidamente buscando una mesa aislada pero luminosa. La encontré junto a una pequeña ventana, pedí un café y puse sobre la mesita mi libro y los cigarrillos. Extrañamente para la hora y el lugar, había paz, música apenas perceptible, voces suaves, una suerte de quietud contagiosa.
Leí varias páginas cuando sentí a mi lado un movimiento y una presencia que se imponía en mi campo visual. Un hombre, no mayor de los 45 años, acercó una silla a mi mesa y se sentó.
"¿Qué lees?" preguntó. "Un libro" respondí volviendo a mi lectura con la esperanza de que la cortedad de la respuesta le explicara que tenía intenciones de estar sola y leer. Mientras decía "perfecto" sacaba de su bolso un libro, lo ponía sobre la mesa y comenzaba a leer.
No demostré el asombro que me había producido, y pocos minutos después estaba tan absorta en mi lectura como antes que él llegara.
Leímos por casi una hora, en un silencio sólo quebrado por un masculino "¿querés otro café?" y un femenino "¿me das fuego?".
Miré la hora, dije "me voy", me levanté buscando mi billetera. Dijo "dejá que yo pago", "no, gracias" respondí, pagué y comencé a irme.
Tres pasos más cerca de la puerta escuché a mi espalda un "flaca". Me di vuelta y lo miré. Con voz suave y profunda dijo "gracias". Lo miré interrogante. "No me gusta leer solo" agregó con una sonrisa. Sonreí y me fui.
Definitivamente ese día no iba a llover.

8 comentarios:

Don físico

Encantador! Me hubiese gustado ser ese hombre y observarte de a ratos espiando por sobre el libro y solo disfrutar del conjunto perfecto de tu presencia y la lectura compartida.
:D

C@rpe Diem

Delicioso Grismar ;) lo he disfrutado, un saludo!!

azzura

Cinzcéu

Encantador y delicioso.

oflodA

No sé si será más infrecuente encontrar un tipo como aquél o una mujer como vos. Tal vez lo más infrecuente sea la coincidencia en sí misma entre dos seres de tal especie.

(Apuesto que no espiaste por encima de tu libro. Y a propósito, ¿qué es lo que estabas leyendo?

Grismar

Un libro

oflodA

Deduzco, de la cortedad de tu respuesta, que tenés intenciones de no ser molestada (y acaso leer).

Perfecto!

(Así son los círculos: perfectos.)

El profanador

¿Por qué dejar ir a alguien que nos regala un instante de eso, por definición tan raro, que es el asombro?
Don Juan, el personaje de Castaneda, dice que de vez en cuando delante de un guerrero cae un centímetro cúbico de suerte, y que el guerrero debe estar atento para extender su mano y tomarlo. El mismo Don Juan dice en otro momento que cualquier acción o gesto puede ser un acto de poder si al hacerlo se uno lo concibe como un acto de poder.
¿Pensaste en algún momento en volver a la mesa y hablar un poco más? ¿Por qué decidiste no hacerlo?
Tal vez pensaste que nuestra expectativa siempre es opacada por la realidad, saber que en una de esas si volvías averiguarías que el asombro en realidad era un instante que había ocurrido sólo dentro tuyo y el extraño del libro en la mesa del café te decepcionaría ingresando en la costumbre, en lo ya visto o recorrido. A veces me ha pasado decidir querer dejar un asombro en eternos puntos suspensivos, pero no puedo evitar pensar que eso no es más que miedo a que un instante mágico pierda ese adjetivo y pase a ser no más que un instante.
Por otra parte he hecho eso de ir a leer o a escribir a una plaza o a un café pero me parece que uno cuando sale siempre lo hace como experiencia propiciatoria, ya que Afuera las probabilidades de que pase algo son mucho mayores que Adentro.
En cualquier caso, me pareció una linda crónica esto que escribiste, y más tarde hoy contestaré en Herodenado por qué una persona corre riesgo de dejar de ser superior cuando cae en la cuenta de que es superior.
Saludos.

red cetorca

segun este relato, si te queres levantar a una mina que esta leyendo, lo mejor es que no la interrumpas. Dejala que siga leyendo total, no te va a llevar el apunte.